Vigilia de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi)

Lecturas: Dt 8, 2-3.14-16; Sal 147; 1 Co 10, 16-17; Jn 6, 51-58

1. Queridos hermanos y hermanas: hoy celebramos con profunda alegría la solemnidad del Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo. En este Año del Bien Común resuenan con fuerza las palabras de Jesús: «Denles ustedes de comer» (Lc 9,13). Esta invitación no se refiere solamente al alimento material, sino también al alimento espiritual que sostiene la vida de las personas y de los pueblos. Cristo sigue alimentando a su Iglesia con el Pan de Vida y sigue enviándonos a alimentar a nuestros hermanos con el pan material, con la esperanza, con la solidaridad y con el amor.

2. Esta solemnidad nos conduce al Jueves Santo. San Juan nos dice que Jesús, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Durante la Última Cena lavó los pies de sus discípulos, enseñándoles que la verdadera autoridad es servicio. El Maestro se hizo servidor. Allí dejó también el mandamiento nuevo del amor recíproco. La mesa compartida se convirtió en signo de reconciliación, fraternidad y servicio mutuo. No puede haber verdadera Eucaristía sin amor al hermano, sin reconciliación y sin el deseo de construir comunión.

3. En aquella misma cena ocurrió el gran milagro que hoy celebramos. Jesús tomó el pan y dijo: «Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo»; tomó el cáliz y dijo: «Beban todos de él, porque esta es mi Sangre»; y añadió: «Hagan esto en memoria mía» (cf. Mt 26,26-28; Lc 22,19). De este modo instituyó la Eucaristía y el sacerdocio ministerial para que este memorial de amor permaneciera vivo en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Cristo se parte y se reparte para quedarse con nosotros. La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana, centro de la vida de la Iglesia y de toda auténtica misión evangelizadora.

4. La primera lectura nos recuerda cómo Dios alimentó a Israel durante cuarenta años en el desierto. El Señor les dio el maná para enseñarles que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Aquel maná era una figura del verdadero Pan bajado del cielo. Jesús mismo lo revela en el Evangelio cuando afirma: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51). Y añade: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Recibimos al mismo Cristo vivo y resucitado, que se entrega por amor para darnos vida eterna.

5. La hermosa secuencia de Corpus Christi desarrolla esta fe de la Iglesia. Allí proclamamos que «el pan se convierte en carne y lo que antes era vino queda convertido en sangre». También escuchamos que Cristo es «pan de los hijos» y «comida de viajeros». Somos peregrinos en esta tierra. Caminamos entre alegrías y dificultades, entre esperanzas y desafíos. Por eso necesitamos alimentarnos con el Pan Vivo bajado del cielo para no desfallecer en el camino.

6. Esta fiesta también nos invita a mirar la realidad de nuestro mundo. Existen profundas desigualdades en el acceso a los alimentos. Mientras muchas familias tienen dificultades para llevar el pan cotidiano a sus mesas, otras viven en la abundancia e incluso desperdician alimentos que podrían aliviar el hambre de tantos hermanos. Hay mesas vacías y mesas donde sobra comida. Hay niños que se acuestan con hambre mientras en otros lugares se desechan alimentos o se destinan grandes cantidades a otros mercados, cuando todavía muchas familias carecen de lo necesario para una alimentación digna. Esta realidad interpela nuestra conciencia y nos recuerda que la Eucaristía nos llama a compartir, a ser solidarios y a trabajar para que nadie quede excluido de la mesa de la dignidad ni del pan cotidiano.

7. Pero existen también otras hambres que afectan profundamente al ser humano. Hambre de paz en medio de las guerras y enfrentamientos; hambre de verdad en tiempos de manipulación y desinformación; hambre de justicia ante tantas desigualdades; hambre de respeto a la vida humana y a su dignidad; hambre de fraternidad en sociedades divididas; hambre de esperanza frente al desaliento; hambre de sentido de la vida; y hambre de Dios en medio de una creciente indiferencia religiosa. Cristo, Pan Vivo bajado del cielo, viene a responder a estas hambres profundas del corazón humano.

8. Hoy contemplamos también con preocupación el sufrimiento de tantos pueblos. Nuestra hermana República de Bolivia atraviesa momentos difíciles debido a conflictos sociales que afectan especialmente a las familias más vulnerables. Valoramos los gestos de solidaridad y la ayuda humanitaria que desde nuestro país se está haciendo llegar a través de la Secretaría de Emergencia Nacional y de la Fuerza Aérea Paraguaya, mediante el envío de víveres, alimentos no perecederos y otros insumos destinados a aliviar las necesidades más urgentes de las poblaciones afectadas. La solidaridad entre las naciones es una expresión concreta del amor al prójimo que nace de la Eucaristía y nos recuerda que todos formamos parte de una misma familia humana.

9. Mañana, 7 de junio, se estarán realizando las internas de los partidos y movimientos políticos con miras a las elecciones municipales previstas para el próximo mes de octubre de este año. Esta circunstancia nos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre la responsabilidad ciudadana y el compromiso con el bien común. Queremos recordar que la primera elección no se realiza en las urnas. La primera elección se realiza en el corazón. Es la opción fundamental por Dios, por sus valores y por su Reino. Esta reflexión vale para todos los ciudadanos, pero de manera especial para quienes aspiran a funciones y cargos públicos y para los equipos que los acompañan.

10. Quienes creen en Dios y profesan una fe religiosa están llamados a realizar una auténtica opción por Él, que se traduce necesariamente en una opción por el prójimo, especialmente por los más vulnerables. Esta exigencia evangélica interpela de manera particular a quienes desean asumir responsabilidades públicas al servicio de la comunidad. Amar a Dios implica comprometerse con los hombres y mujeres concretos que habitan nuestras ciudades y comunidades. Significa trabajar para mejorar las condiciones de vida de las familias, promover el trabajo digno, facilitar el acceso a la salud, a la educación, a la vivienda, a la tierra propia y a las oportunidades necesarias para el desarrollo humano integral.

11. El ejercicio del voto constituye una responsabilidad moral y cívica que no debe tomarse a la ligera. Estamos llamados a ejercer un voto consciente, libre y responsable, buscando el bien común por encima de intereses particulares. Más allá de los colores partidarios, conviene preguntarnos quiénes son las personas más aptas para responder a las necesidades reales de nuestras ciudades y municipios. Las conciencias no se compran ni se venden, y los votos no deberían negociarse a cambio de dinero, prebendas, favores, regalos o beneficios particulares. El voto es una expresión de libertad, de responsabilidad y de compromiso con el futuro de la comunidad.

12. Jesús nos enseña que el mandamiento principal es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mt 22,37). Y añade inmediatamente: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). Estos dos mandamientos son inseparables. El amor a Dios se verifica en el amor al prójimo. Por eso, la auténtica política no debe entenderse como una búsqueda de privilegios o de poder para beneficio propio, sino como una noble vocación de servicio. Quienes resulten elegidos no deberían acceder a espacios para servirse del poder, sino a espacios desde los cuales puedan poder servir mejor, por encargo y por el voto de la ciudadanía que ha depositado en ellos su confianza. Más que espacios de poder, son espacios de servicio; más que privilegios, son responsabilidades; más que una oportunidad de protagonismo personal, son una misión orientada a promover el bienestar de todos, especialmente de los más pobres, vulnerables y olvidados.

13. Por eso, la Eucaristía no puede separarse de la caridad. Tampoco puede separarse de la vida privada ni de la vida pública. La Eucaristía tiene una profunda dimensión social y está llamada a impregnar todos los ámbitos de nuestra existencia. El mismo Jesús que se nos entrega en el altar sale a nuestro encuentro en los más necesitados. Él nos recuerda: «Tuve hambre y me dieron de comer» (Mt 25,35). No podemos celebrar el Sacramento del Amor y permanecer indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. La Eucaristía nos impulsa a buscar el bien común, a promover la justicia y a fortalecer la solidaridad.

14. San Juan Pablo II, durante su visita al Paraguay, alentó a los cristianos a comprometerse activamente en la construcción de una sociedad más justa y más humana. La fe no puede quedar encerrada únicamente dentro de los templos. Alimentados con el Pan de Vida, estamos llamados a ser testigos de Cristo en la familia, en el trabajo, en la educación, en la cultura, en la economía, en los medios de comunicación y también en el compromiso ciudadano. La Eucaristía no nos aleja del mundo; nos envía al mundo para transformarlo con la fuerza del Evangelio y para buscar siempre el bien común.

15. San Pablo nos recuerda en la segunda lectura: «El cáliz de bendición que bendecimos nos une a la sangre de Cristo, y el pan que partimos nos une al cuerpo de Cristo». Y añade: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,16-17). La Eucaristía construye comunión. Nos hace Iglesia. Nos recuerda que nadie se salva solo. Cada misa nos llama a superar divisiones, egoísmos e indiferencias para caminar juntos como hermanos.

16. La procesión de Corpus Christi expresa precisamente esta verdad. Cristo sale a nuestras calles, a nuestros barrios y comunidades. Sale al encuentro de la vida concreta de las personas. Sale a bendecir nuestras familias, nuestros lugares de trabajo, nuestras escuelas, hospitales y hogares. Sale para recordarnos que Dios no abandona a su pueblo y que continúa caminando con nosotros en medio de la historia. Que al acompañar hoy al Señor en esta procesión renovemos también nuestro compromiso de ser presencia de Cristo en medio de nuestra sociedad, llevando esperanza, reconciliación y solidaridad a todos nuestros hermanos.

17. Que la Santísima Virgen María, mujer eucarística, nos enseñe a recibir a Jesús con la misma fe y disponibilidad con que ella lo recibió en su seno. Y que, alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sepamos convertirnos también nosotros en pan partido y compartido para nuestros hermanos, especialmente para los más pobres y vulnerables. Que esta celebración de Corpus Christi renueve nuestro amor a la Santa Misa, a la adoración eucarística y al compromiso concreto con el bien común, para que nunca falte el Pan de Vida en nuestros altares ni el pan cotidiano en la mesa de nuestras familias.

Amén.

Asunción, 06 de junio del 2026


Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo de la Arquidiócesis de Asunción