1. Queridos hermanos y hermanas de la vida consagrada: con inmensa alegría les doy la más cordial bienvenida a la Arquidiócesis de la Santísima Asunción, que hoy tiene la dicha de recibirlos para celebrar la 67.ª Semana Nacional de la Vida Consagrada. Saludo con especial afecto a todos los religiosos y religiosas que han llegado desde las distintas diócesis, vicariatos apostólicos y comunidades de nuestro querido Paraguay. Sabemos que muchos han recorrido largas distancias para estar aquí, y ese esfuerzo constituye un verdadero testimonio de comunión, de fraternidad y de amor a la Iglesia. Siéntanse verdaderamente en su casa. Los recibimos con el corazón abierto y con el deseo de que estos días sean una auténtica experiencia de encuentro con el Señor, de fraternidad, de oración, de fe y de esperanza.

2. El lema que nos convoca este año nos invita a fortalecer una auténtica cultura vocacional. Cuando hablamos de cultura, nos referimos a un modo de vivir y de relacionarnos. Por eso, una cultura vocacional es un ambiente donde cada persona puede escuchar la voz de Dios y responder con generosidad a su llamado. Las vocaciones nacen allí donde se vive el Evangelio con alegría, donde hay comunidades fraternas y testigos creíbles del amor de Dios. Ninguno de nosotros está aquí porque sea perfecto, sino porque un día fue alcanzado por el amor misericordioso del Señor.

3. Hoy, 14 de julio, la Iglesia celebra la fiesta de san Camilo de Lelis (1550-1614), patrono universal de los enfermos, de los hospitales y de los trabajadores sanitarios. La Providencia ha querido que iniciemos este encuentro bajo el ejemplo de este gran santo de la caridad. Nacido en Italia, tuvo una juventud marcada por una vida desordenada. Fue soldado, conoció la dureza de la guerra y llegó a hacerse esclavo del juego, perdiendo muchas veces cuanto poseía. Sin embargo, la misericordia de Dios salió a su encuentro y transformó profundamente su corazón. Dejó atrás la espada del soldado para abrazar la cruz del servidor; cambió las armas de la guerra por las armas de la misericordia. Comprendió que el Señor no lo llamaba porque fuera perfecto, sino porque lo amaba. Descubrió en cada enfermo el rostro de Cristo y fundó la Orden de los Ministros de los Enfermos, conocidos como los Camilos, quienes hicieron del servicio a los más frágiles un verdadero camino de santidad.

4. San Camilo caminó toda su vida con dificultad por una herida en una de sus piernas que nunca cicatrizó del todo. Sin embargo, esa herida no lo detuvo; por el contrario, le enseñó a abrazar las heridas de los demás. Su propia fragilidad se convirtió en un puente hacia el sufrimiento ajeno y en una verdadera escuela de misericordia. Comprendió que las heridas, cuando se viven desde la fe, pueden transformarse en fuente de compasión y de servicio.

5. Su ejemplo tiene una resonancia muy especial para nosotros. En el Paraguay sabemos que la salud sigue siendo uno de los grandes desafíos de nuestro pueblo. No hablamos solamente de la salud física, sino también de la salud espiritual, mental, emocional, familiar y social. Por eso damos gracias a Dios por tantas congregaciones religiosas que, desde sus propios carismas, trabajan silenciosamente por la salud integral de las personas, sirviendo en hospitales, hogares, escuelas, parroquias, comunidades indígenas, centros de rehabilitación y tantos otros espacios donde la vida necesita ser acogida, cuidada y promovida. Allí donde un religioso o una religiosa escucha, acompaña, educa, consuela o devuelve esperanza, continúa la obra sanadora de Jesucristo.

6. San Camilo repetía con frecuencia a sus hermanos: «Más corazón en esas manos.» Con esta expresión quería enseñarles que no basta tener manos para trabajar; es necesario tener un corazón para amar. Las manos pueden servir, cuidar y aliviar el dolor, pero solo un corazón lleno del amor de Cristo puede hacerlo con ternura, compasión y respeto por la dignidad de cada persona. Por eso quería que cada enfermo sintiera que, detrás de aquellas manos, latía el mismo corazón misericordioso de Jesús.

También nosotros hagamos nuestra esa invitación: más corazón en nuestras manos; más corazón en nuestra mirada; más corazón en nuestra sonrisa; más corazón en nuestras palabras; más corazón en nuestra escucha; más corazón en el trato fraterno y en cada saludo que compartamos durante estos días. San Camilo fue un auténtico testigo de la cultura de la ternura y del buen trato. Que esta Semana Nacional sea también una escuela donde aprendamos a cuidarnos unos a otros con la delicadeza del Evangelio, porque las vocaciones nacen allí donde una persona se siente acogida, respetada, escuchada y amada.

7. Queridos hermanos y hermanas, que durante estos días renovemos la alegría del primer llamado y volvamos a escuchar la voz del Señor que sigue diciendo a cada uno: «Sígueme.» Que nuestra fraternidad, nuestra oración y nuestro servicio sean el mejor anuncio vocacional para las nuevas generaciones. Si vivimos con alegría nuestra consagración, estaremos sembrando esperanza y despertando en muchos jóvenes el deseo de responder generosamente a la llamada de Dios.

8. Confiemos esta Semana Nacional de la Vida Consagrada a la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y modelo de toda vocación. Que ella nos enseñe a responder cada día con un corazón disponible, generoso y fiel, para seguir construyendo una Iglesia donde florezcan nuevas vocaciones al servicio del Reino de Dios.

9. Sean todos nuevamente muy bienvenidos. Que el Señor bendiga abundantemente este encuentro y haga de estos días un tiempo fecundo de fraternidad, de oración, de fe, de esperanza y de renovado entusiasmo en el seguimiento de Jesucristo. Que san Camilo de Lelis interceda por nosotros para que, con un corazón transformado por la misericordia de Dios, sepamos reconocer y servir a Cristo presente en cada hermano y hermana.

Muchas gracias.

 

Asunción, 14 de julio de 2026

Cardenal Adalberto Martinez Flores

Arzobispo Metropolitano