HOMILÍA

XIX Domingo del Tiempo Ordinario

Quinto día del Novenario de Nuestra Señora de la Asunción

LEMA: «CON MARÍA Y LA CRUZ, PROTAGONISTAS DEL BIEN COMÚN».

TEMA: «EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN».

Lecturas: 1 Re 19,9a.11-13a; Sal 84; Rom 9,1-5; Mt 14,22-33

Queridos hermanos y hermanas; queridos jóvenes: con inmensa alegría les recibimos en esta peregrinación arquidiocesana. Han venido desde las ocho ciudades que conforman nuestra Arquidiócesis, desde las parroquias, movimientos, comunidades, catequesis de confirmación, colegios católicos y universidades. Llegan como peregrinos de esperanza, trayendo su fe, sus sueños, sus preocupaciones y su deseo de construir un Paraguay mejor.

Este es un año especial para nuestra Arquidiócesis: después de dieciocho años recibimos nuevamente la Cruz Peregrina Nacional de los Jóvenes y celebramos el Año del Bien Común. En este quinto día del Novenario, dedicado al cuidado de la Casa Común, escuchamos la voz de los jóvenes y renovamos el compromiso expresado en nuestro lema: «Con María y la Cruz, protagonistas del Bien Común».

María camina con ustedes. Ella nos conduce siempre hacia Jesús y nos enseña a permanecer junto a la Cruz. La Cruz Peregrina que hoy los acompaña no es un adorno: es el signo del amor de Cristo, que asumió nuestros dolores y entregó su vida por nosotros. Con María y abrazados a la Cruz de su Hijo, estamos llamados a llevar esperanza allí donde existen sufrimiento, soledad y abandono.

Hoy, 9 de agosto, recordamos a santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein. Como lo expresa su nombre religioso, ella también llevó su CRUZ hasta el final. Nació en una familia judía, fue una brillante filósofa y una buscadora incansable de la verdad. A los treinta años recibió el bautismo y, más tarde, ingresó en el Carmelo. Perseguida por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, murió el 9 de agosto de 1942, a los cincuenta años, en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Al ser llevada junto con su hermana Rosa, dijo: «Ven, vamos por nuestro pueblo». Así unió su vida al sacrificio de Cristo y al sufrimiento de su pueblo.

La Palabra de Dios nos sitúa hoy en medio de una tormenta. Los discípulos se encuentran en la barca, lejos de la costa, sacudidos por las olas y con el viento en contra. Es de noche y tienen miedo. Esta barca representa, en cierto modo, la vida de cada persona, de nuestras familias, de la Iglesia y de toda la sociedad.

El Evangelio no oculta la fuerza de la tormenta. Las olas golpean la barca y el viento contrario dificulta avanzar. También nosotros encontramos vientos contrarios: conflictos familiares, violencia, desigualdad, corrupción, adicciones, falta de oportunidades y destrucción de la naturaleza. Entre las dolorosas tormentas que nos han sacudido como cuerpo social en la sociedad paraguaya, nos conmueve profundamente el feminicidio de la joven Roselyn, de apenas catorce años. Su muerte hiere a su familia y a toda nuestra sociedad. Existen, además, tormentas interiores que muchas veces nadie ve: soledad, ansiedad, tristeza, baja autoestima, presión social, heridas afectivas y miedo ante el futuro.

En medio de la tormenta, Jesús se acerca caminando sobre el agua. Los discípulos creen ver un fantasma y se llenan de temor, pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no teman!» Jesús no permanece distante ni abandona a sus discípulos. Se acerca precisamente cuando la noche es más oscura y cuando la barca parece más frágil.

Queridos jóvenes: Jesús también se acerca a la barca de sus vidas. En medio de sus dudas, luchas y tormentas interiores, Él les repite: «¡Ánimo, soy yo, no teman!» Tal vez la tormenta no desaparezca inmediatamente, pero su presencia nos da la fuerza para no rendirnos. Cristo no siempre nos evita atravesar las aguas difíciles, pero nunca permite que las atravesemos solos.

Pedro le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». Jesús responde: «Ven». Pedro baja de la barca y comienza a caminar, pero, al sentir la violencia del viento, tiene miedo y empieza a hundirse. Entonces grita: «Señor, sálvame». Jesús extiende inmediatamente su mano y lo sostiene.

Esa mano extendida de Jesús es también la familia que escucha, el amigo que acompaña, la comunidad que acoge, el sacerdote, el catequista, el educador o el profesional que ayuda. Pedir ayuda no es una señal de debilidad, sino un acto de confianza. Nadie debe enfrentar solo sus tormentas interiores. Como Iglesia, debemos convertirnos en la mano de Cristo que se extiende sin demora.

La primera lectura nos presenta al profeta Elías, que espera el paso de Dios. El Señor no estaba en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el rumor de una brisa suave. Dios también se manifiesta en gestos pequeños y silenciosos: una palabra de aliento, una visita, una oración, una escucha paciente o una ayuda ofrecida a tiempo.

Existen entre nosotros pequeños profetas, muchas veces invisibles: jóvenes que estudian y trabajan con honestidad; que cuidan a sus familias; que acompañan a un compañero que atraviesa una tormenta; que sirven en sus comunidades; que protegen la creación y no se dejan arrastrar por la violencia, las adicciones ni la corrupción. Tal vez sus nombres no aparezcan en los medios, pero Dios conoce el bien que realizan silenciosamente.

A veces, los jóvenes expresan sus dolores de maneras que los adultos no comprendemos inmediatamente. Sus silencios, preguntas, cambios y reclamos son, en cierto modo, pequeños profetas interiores, muchas veces invisibles, que nos advierten que algo necesita atención, escucha y acompañamiento.

También debemos prestar especial atención a las adicciones, que pueden convertirse en fuertes tormentas interiores, encadenar la libertad, destruir los vínculos familiares y apagar los sueños de nuestros jóvenes. Frente a ellas, nadie debe quedar solo: necesitamos prevención, cercanía, acompañamiento y caminos concretos de recuperación.

Por eso, necesitamos una Iglesia que escuche. No basta hablarles a los jóvenes; debemos hablar con ellos, reconocer sus inquietudes y abrir espacios donde puedan participar verdaderamente. Ellos no son únicamente el futuro: son una fuerza viva y necesaria en el presente, capaces de acompañar a otros jóvenes, prevenir las adicciones y ayudar a reconstruir el tejido social de nuestro país.

El feminicidio de Roselyn y los demás crímenes contra niños, adolescentes y jóvenes nos afectan profundamente porque hieren el cuerpo social e interpelan al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Cuando un niño, un adolescente o un joven sufre, todo el cuerpo sufre. Como sociedad y como Iglesia, debemos fortalecer la prevención y crear ambientes seguros donde toda vida sea respetada, cuidada y protegida.

El cuidado de la Casa Común, tema de este quinto día del Novenario, no significa solamente proteger los árboles, los ríos, los animales o el aire. Significa también cuidar la casa humana: la familia, la escuela, el barrio, la comunidad y la nación. No podemos hablar del cuidado de la creación mientras una vida sea despreciada, explotada o abandonada.

Pedro pudo caminar sobre las aguas mientras mantuvo la mirada puesta en Jesús; comenzó a hundirse cuando miró solamente la fuerza del viento. Esto no significa ignorar los problemas, sino afrontarlos sin perder de vista al Señor. La fe no hace desaparecer mágicamente las tormentas, pero nos permite atravesarlas con esperanza, sostenidos por la mano de Cristo y por la comunidad.

El Paraguay necesita la fuerza, la energía, la creatividad y el liderazgo de sus jóvenes. Necesita jóvenes que no se resignen ante la corrupción, la violencia, la desigualdad ni la destrucción de la naturaleza; jóvenes capaces de organizarse, participar, influir positivamente en la vida de los demás y proponer soluciones desde sus familias, centros de estudio, parroquias, barrios y comunidades.

Ustedes son parte fundamental de la reconstrucción del tejido social de nuestro país, especialmente de ese tejido tan importante que constituyen los propios jóvenes. Cuando un joven escucha a otro, acompaña al que está solo, defiende al débil, cuida el ambiente, rechaza la corrupción y trabaja por la paz, comienza a reparar ese tejido herido. Cada gesto de fraternidad fortalece a toda la comunidad.

El Evangelio termina con Jesús y Pedro subiendo a la barca. Entonces el viento se calma y los discípulos confiesan: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios». La tormenta se convierte así en un camino de fe. Aquello que parecía llevarlos al hundimiento termina ayudándolos a reconocer más profundamente quién es Jesús.

Queridos jóvenes: cuando una tormenta exterior o interior agite sus vidas, no dejen de mirar a Cristo. Si sienten que comienzan a hundirse, griten como Pedro: «Señor, sálvame». Busquen ayuda, hablen con personas de confianza y permitan que la familia, la Iglesia y la comunidad los acompañen. La mano de Jesús permanece siempre extendida.

Que Nuestra Señora de la Asunción, Madre y Patrona del Paraguay, acompañe a estos jóvenes peregrinos y nos enseñe a escuchar a Jesús y a hacer lo que Él nos diga.

Que, con María y la Cruz, afrontemos unidos las tormentas, cuidemos la Casa Común, reconstruyamos el tejido social y seamos verdaderos protagonistas del Bien Común. Y que, al sentir la fuerza del viento, escuchemos siempre la voz de Cristo: «¡Ánimo, soy yo, no teman!»

09 de agosto de 2026

Card. Adalberto Martinez Flores

Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción