La salud no puede quedar atrapada entre la crisis y el enredo de la desinformación

En torno a conflictos sensibles, como los reclamos y medidas de fuerza del sector salud, preocupa observar cómo han aumentado los recursos de descalificación y descrédito, especialmente en el ámbito digital.

Aparecen publicaciones repetidas, cuentas anónimas, mensajes coordinados, recortes fuera de contexto, titulares insinuantes, memes y comentarios destinados a instalar una determinada imagen de personas, gremios o instituciones.

Entre los recursos más frecuentes están la repetición masiva (spam o amplificación), la selección interesada de datos (cherry-picking), la descalificación personal (trolling o ataque ad hominem), las cuentas automatizadas (bots) y los perfiles que actúan coordinadamente (troll farms o granjas de trolls). También puede darse el hostigamiento colectivo (dogpiling) o la creación artificial de una apariencia de apoyo espontáneo (astroturfing).

A esto puede sumarse una comunicación defensiva y reactiva: en lugar de escuchar el reclamo y examinar su contenido, se responde de inmediato tratando de justificar la propia posición, desviar la atención o desacreditar a quien cuestiona. En el ámbito digital, esto puede convertirse en un verdadero contraataque narrativo.

Y no se trata únicamente de las redes sociales. Hoy existe una circulación permanente entre redes, portales, radios, televisión y diarios. Un contenido nacido en una red puede ser recogido por un medio tradicional y regresar luego a las redes con una apariencia de mayor legitimidad. También ocurre a la inversa.

Por eso necesitamos verificar, contextualizar y escuchar antes de reaccionar. El libro de los Proverbios lo expresa con sencillez: «Al necio le parece recto su camino, pero el sabio escucha el consejo» (Prov 12,15). Y Oseas advierte sobre las consecuencias de aquello que sembramos: «Siembran viento y cosecharán tempestades» (Os 8,7).

Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con determinadas medidas del personal de salud o con las respuestas de las autoridades. Eso forma parte de una sociedad plural. Lo que no deberíamos aceptar es que el debate sea sustituido por operaciones de descrédito, manipulación o ruido digital. Porque cuando se siembran sospechas, medias verdades y descalificaciones, esas tempestades terminan afectando no solo a quienes están en conflicto, sino también a la confianza de toda la sociedad.

Pero la cuestión de fondo es mucho más amplia. No estamos solamente ante una discusión salarial para los médicos. El problema comprende también las condiciones laborales, los recursos humanos, la disponibilidad de medicamentos, la infraestructura, los equipamientos, la organización de los servicios, la atención oportuna y digna y, en definitiva, la capacidad real del sistema para garantizar una salud integral para todos.

Por eso, más que respuestas fragmentarias, Paraguay necesita avanzar hacia una concertación nacional por la salud, entendida como la voluntad de construir un proyecto común que involucre a las estructuras del Estado, a los trabajadores de la salud, a las instituciones especializadas y a la ciudadanía.

La salud debe ser asumida como una verdadera política de Estado, más allá de gobiernos, períodos electorales o administraciones circunstanciales. Un proyecto común exige planificación de largo plazo, cumplimiento de las leyes existentes, prioridades claras, recursos suficientes y la capacidad de sostener acuerdos aun en medio de diferencias legítimas.

No puede recaer exclusivamente sobre un ministerio ni sobre un solo poder público la responsabilidad de afrontar una crisis de esta magnitud. El Estado paraguayo, a través de sus instituciones y de los tres poderes dentro de sus respectivas competencias, debe contribuir a construir respuestas estables, transparentes y sostenibles.

Todavía no es tarde. Es posible encontrar acuerdos sobre cuánto necesita invertir el país, cuáles son las prioridades sanitarias y cómo administrar responsablemente los recursos para que lleguen efectivamente a quienes los necesitan.

El papa León XIV, en Magnifica Humanitas, señala que trabajar juntos por el bien de todos significa contar con un proyecto compartido, capaz de construirse mediante el diálogo aun cuando existan diferencias de intereses y posiciones. Ese proceso debe conducir a una base de consenso y a un verdadero «proyecto para todos» (Magnifica Humanitas, numeral 62).

En el numeral 63, el Papa subraya también la responsabilidad del Estado de favorecer la cohesión social, armonizar legítimos intereses y evitar que la vida pública quede atrapada en cálculos de corto plazo, enfrentamientos o polarizaciones estériles.

Esta enseñanza ilumina especialmente nuestra realidad sanitaria. Paraguay necesita que la salud sea asumida como un proyecto para todos, no como una respuesta coyuntural de un gobierno ni como una disputa entre sectores. Debe convertirse en un verdadero proyecto común de nación, capaz de reunir a las estructuras del Estado, a los trabajadores de la salud, a las instituciones especializadas y a la ciudadanía en torno al bien común.

La salud integral es un derecho humano fundamental y un bien común. Un pueblo que no puede cuidar adecuadamente la salud de su gente es un pueblo herido; pero una nación que es capaz de escucharse, concertar y poner la dignidad humana en el centro todavía puede sanar sus heridas y construir esperanza.

Corresponde a toda la ciudadanía contribuir a un debate responsable, exigir transparencia, defender la verdad y reclamar que las estructuras del Estado cumplan su misión de garantizar este derecho fundamental.

Que la verdad prevalezca sobre la desinformación, el diálogo sobre la confrontación y el bien común sobre los intereses particulares.

1 de septiembre de 2026

OFICINA DE COMUNICACIÓN Y PRENSA DEL ARZOBISPADO