La venerada Espada de San Miguel Arcángel viene al Paraguay desde Monte Sant’Angelo, en el sur de Italia, en la región de Apulia (Puglia), sobre el promontorio del Gargano, a unos 400 kilómetros de Roma. Allí se encuentra el antiquísimo Santuario de San Miguel Arcángel y su Sagrada Gruta, lugar de peregrinación desde hace más de quince siglos. La atención pastoral del Santuario está confiada a la Congregación de San Miguel Arcángel, cuyos religiosos son conocidos como los Padres Miguelitas.

Monte Sant’Angelo es uno de los grandes lugares de peregrinación de la cristiandad. Desde allí la devoción a San Miguel se difundió por Occidente, y el Santuario forma parte del conjunto de lugares longobardos reconocido como Patrimonio Mundial por la UNESCO. Su importancia no es solamente religiosa: constituye también un valioso patrimonio histórico, artístico y cultural de Italia y de Europa.

A través de los siglos, santos, pontífices y numerosos peregrinos han subido al Gargano para venerar a San Miguel. Entre ellos se recuerda a san Francisco de Asís, quien, según la tradición, llegó hasta la entrada de la Sagrada Gruta y, sintiéndose indigno de entrar, permaneció allí en oración; y a san Juan Pablo II, que peregrinó al Santuario en 1987 e invocó la protección de San Miguel sobre la Iglesia.

A unos 25 kilómetros de Monte Sant’Angelo se encuentra la ciudad de San Giovanni Rotondo, donde reposan y son venerados los restos de san Pío de Pietrelcina. El Padre Pío profesaba una profunda devoción a San Miguel y, en 1917, peregrinó personalmente a la Sagrada Gruta de Monte Sant’Angelo, donde oró y celebró la Santa Misa.

Desde este lugar cargado de historia y espiritualidad llega ahora al Paraguay la venerada Espada. Su visita constituye un acontecimiento excepcional: por primera vez en la historia, según ha anunciado oficialmente el Santuario, la Espada saldrá de Italia para visitar nuestro país del 9 al 19 de octubre de 2026.

La visita adquiere además un significado especial porque en 2026 los Padres Miguelitas celebran 50 años de presencia misionera en el Paraguay. Llegados desde Polonia en 1976, iniciaron su servicio pastoral en la diócesis de Villarrica, y aquella misión abrió también la presencia de la Congregación en América Latina. Medio siglo después, la llegada de la Espada acompaña esta acción de gracias por cincuenta años de evangelización y servicio.

El valor de la Espada

¿Cuál es el verdadero valor de esta Espada? Tiene un indudable valor histórico y cultural, porque está vinculada a la tradición secular de uno de los grandes santuarios cristianos de Europa. Pero para el creyente su valor más profundo es espiritual y simbólico. No se la venera por el metal del cual está hecha ni como un objeto dotado de poderes propios, sino por aquello que representa.

Cada 29 de septiembre, solemnidad de San Miguel, se celebra en Monte Sant’Angelo el tradicional Rito de la Espada. La Espada es retirada de la imagen del Arcángel y llevada solemnemente en procesión. Así, un objeto material se ha convertido, a través de los siglos, en parte de la memoria religiosa y cultural de un pueblo.

La Espada en la Sagrada Escritura

La Biblia nos ofrece la clave para comprender este símbolo. San Pablo habla de «la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (Ef 6,17), después de advertir que «nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso» (Ef 6,12). El enemigo, por tanto, no es el hermano: el combate cristiano es contra el pecado y contra todo aquello que destruye al ser humano.

La Carta a los Hebreos proclama: «La Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de doble filo» (Heb 4,12). Es una Palabra que penetra hasta lo profundo y discierne las intenciones del corazón. Antes de señalar el mal que existe fuera de nosotros, esta espada nos invita a examinar nuestra propia conciencia.

El Apocalipsis completa la imagen: «Se trabó una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón» (Ap 12,7). El dragón representa el mal. Por eso el arte cristiano ha representado tantas veces a San Miguel con la espada en la mano y el mal vencido bajo sus pies.

«¿Quién como Dios?»

Hay tres rasgos de San Miguel que hoy pueden ayudarnos especialmente. Su mismo nombre —Mika’el— significa «¿Quién como Dios?», recordándonos que ningún poder puede ocupar el lugar de Dios. La Sagrada Escritura nos lo presenta como defensor del pueblo de Dios y combatiente frente al mal (Dn 10,13; 12,1; Ap 12,7). Y la tradición cristiana lo representa con dos signos muy expresivos: en una mano lleva la espada y en la otra, la balanza. La espada representa el combate contra el mal; la balanza, la justicia y el recto discernimiento.

También nosotros estamos llamados a empuñar espiritualmente esa espada: cortar con el pecado, la mentira, la corrupción y todo aquello que destruye la fraternidad; y a tener presente la balanza de la justicia, reconociendo y defendiendo la dignidad de cada persona. Así podremos abrir surcos y sembrar en nuestra comunidad las semillas del bien común.

La Espada no está dirigida contra personas. Nos llama a combatir aquello que hiere la dignidad humana: la injusticia, el abuso, la violencia, la corrupción, el odio y la indiferencia. Y ese combate comienza en el propio corazón.

León XIII: «Defiéndenos en el combate»

Esta espiritualidad encuentra una expresión muy conocida en la oración a San Miguel del papa León XIII: «San Miguel Arcángel, defiéndenos en el combate; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio».

La expresión latina defende nos in proelio —«defiéndenos en el combate»— ayuda a comprender el símbolo. No se trata de buscar enemigos entre las personas. Es el combate espiritual contra el mal y contra aquello que puede instalarse también dentro de nosotros: egoísmo, mentira, soberbia, resentimiento, indiferencia y pecado.

Así, la oración de León XIII y la Espada se iluminan mutuamente: una nos hace rezar «defiéndenos en el combate»; la otra nos recuerda cuál debe ser nuestra espada: «la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (Ef 6,17).

La espada levantada y la espada envainada

Italia conserva otra imagen profundamente expresiva de San Miguel. Sobre Castel Sant’Angelo, en Roma, el Arcángel aparece envainando su espada. Según una antigua tradición vinculada al papa Gregorio Magno y a la peste del año 590, ese gesto fue interpretado como anuncio del término de aquella calamidad.

Las dos imágenes se complementan admirablemente: en Monte Sant’Angelo, Miguel sostiene la espada del combate contra el mal; en Castel Sant’Angelo, Miguel envaina la espada cuando llega la paz. El combate no es un fin en sí mismo. Su horizonte último es la paz.

Un símbolo entre los grandes símbolos cristianos

El cristianismo está lleno de signos materiales que conducen hacia realidades espirituales. La cruz, instrumento de muerte, se convirtió en signo de salvación; el agua del Bautismo expresa vida nueva; el aceite, fortaleza y consagración; la luz, a Cristo que vence las tinieblas; las llaves de Pedro, la misión confiada por Cristo; y el báculo, el servicio del pastor.

También la Espada de San Miguel pertenece a este lenguaje. No nos detenemos en el objeto: el signo nos lleva hacia una realidad mayor. Nos habla de la Palabra de Dios, del discernimiento, de la justicia, de la protección del débil y del compromiso con el bien.

No es un amuleto

Es importante decirlo con claridad pastoral: la Espada no es un amuleto ni un objeto mágico. La fe cristiana no atribuye al objeto un poder autónomo. Su veneración debe conducirnos hacia Dios, hacia la oración, la conversión y una vida comprometida con el bien.

Ante ella podemos preguntarnos: ¿qué debo combatir dentro de mí?, ¿qué debo cambiar?, ¿a quién debo perdonar?, ¿qué injusticia puedo ayudar a reparar?, ¿a quién debo proteger?, ¿qué puedo hacer para construir la paz? Allí comienza el verdadero significado pastoral de este signo.

Patrimonio y fe viva

Monte Sant’Angelo reúne dos dimensiones inseparables. Existe un patrimonio material: la Gruta, las piedras, la arquitectura, las obras de arte y los testimonios conservados durante siglos. Pero existe también un patrimonio vivo, constituido por generaciones de peregrinos, oraciones, celebraciones y tradiciones transmitidas de padres a hijos.

Por eso, cuando la Espada cruza el océano, no viaja solamente una pieza histórica: viaja también una memoria. Italia comparte con Paraguay un signo de su patrimonio religioso y cultural, y Paraguay lo recibe como expresión de fraternidad, oración y esperanza.

Una espada que cruza el océano para hablar de paz

Hay algo profundamente hermoso en este acontecimiento: una espada cruza el océano, no para declarar una guerra, sino para anunciar la paz.

La espada levantada nos recuerda que no podemos permanecer indiferentes ante el mal. La Sagrada Escritura nos enseña que nuestra espada es la Palabra de Dios. La balanza nos recuerda que la paz necesita justicia. León XIII nos habla del combate espiritual. Y San Miguel, envainando la espada en Castel Sant’Angelo, nos señala finalmente el horizonte hacia el cual debe conducir todo auténtico combate cristiano: la justicia, la reconciliación y la paz.

Cuando contemplemos la Espada de San Miguel en Paraguay, escuchemos también la pregunta que el Arcángel lleva en su propio nombre: «¿Quién como Dios?». Que San Miguel nos ayude a combatir el mal haciendo el bien; a responder a la mentira con la verdad; a la corrupción con la honestidad; al abuso con el cuidado; a proteger al débil y a trabajar por la justicia sin caer en la venganza.

Que la Espada de San Miguel sea entre nosotros una espada de la Palabra y no de violencia; de justicia y no de venganza; de protección y no de amenaza. Que la balanza nos recuerde el deber de obrar con justicia y respetar la dignidad de cada persona. Y que finalmente la espada pueda volver a la vaina, porque la reconciliación haya abierto sus caminos y la paz haya encontrado morada entre nosotros.

San Miguel Arcángel, defiéndenos en el combate.
¿Quién como Dios? Nadie como Dios.