Homilía – Novena a Nuestra Señora del Rosario
Día 4: «Construir la fraternidad – Ámense los unos a los otros»
Memoria de San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia
30 de septiembre de 2026
Queridos hermanos y hermanas: se cuenta que un señor tenía la costumbre de decir a todo el mundo: «¡Yo te doy mi palabra!». Un día, un amigo le respondió en broma: «No me des más tu palabra, porque ya me diste tantas que no sé cuál de todas vas a cumplir». Nos hace sonreír, pero también nos deja una pregunta: ¿cuánto vale hoy nuestra palabra? Antes se decía: «Te doy mi palabra», y eso bastaba. No hacía falta firmar tantos papeles. La palabra comprometía a la persona.
Hoy llegamos al final de septiembre, Mes de la Biblia, Mes de la Palabra de Dios. Y así como nos comprometemos cuando damos nuestra palabra, también nos comprometemos con la Palabra de Dios: a escucharla, recibirla, guardarla en el corazón y llevarla a la vida. Precisamente hoy, 30 de septiembre, celebramos la memoria de San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia, uno de los grandes estudiosos y servidores de la Sagrada Escritura.
Y justamente en este cuarto día de la Novena a Nuestra Señora del Rosario se nos propone «Construir la fraternidad», bajo el lema «Ámense los unos a los otros». Día 4 Construir la fraternidad.pdf Podemos hablar entonces de la palabra, de la Palabra y de la fraternidad. Porque tampoco la fraternidad se construye solamente con lindas palabras; se construye cuando nuestra palabra se convierte en obras.
San Jerónimo nació alrededor del año 347 en Estridón, en Dalmacia, y murió el 30 de septiembre del año 420, en Belén. Vivió unos 72 o 73 años. Recibió una sólida formación en Roma y dedicó gran parte de su vida al estudio y profundización de la Sagrada Escritura. Aprendió griego y hebreo y realizó un inmenso trabajo de traducción y revisión de los textos bíblicos al latín, estrechamente vinculado a la Vulgata. Para él la Biblia no era solamente un libro para estudiar, sino un encuentro con Cristo. De allí su conocida enseñanza: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo».
Y esto coincide de una manera muy hermosa con la primera lectura de hoy, de la segunda carta de san Pablo a Timoteo (2 Tim 3,14-17). Pablo le dice a Timoteo: «Desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras», y afirma que «toda la Escritura está inspirada por Dios», de manera que el hombre de Dios esté preparado «para hacer siempre el bien». La Palabra no termina en el libro: debe convertirse en vida y en obras.
Y sabemos que Jesús es la Palabra encarnada, el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Por eso san Pedro, cuando resume la vida de Jesús, dice que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38). La Palabra hecha carne pasó haciendo el bien y venciendo el mal. También nosotros, si verdaderamente escuchamos la Palabra, estamos llamados a pasar por esta vida haciendo el bien.
Podemos conocer muchos pasajes de la Biblia de memoria y, sin embargo, no permitir que transformen nuestra manera de vivir. Podemos escuchar la Palabra y continuar tratando mal al que está a nuestro lado. Por eso, comprometernos con la Palabra significa dejar que ella toque nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestra manera de hablar y nuestra manera de tratar a los demás.
El Salmo 118,9-14 nos hace rezar: «Enséñame, Señor, tus preceptos», y también: «Conservo tu palabra en mi corazón». Qué hermosa expresión: guardar la Palabra en el corazón. Podemos preguntarnos: ¿qué lugar tiene la Palabra de Dios en nuestras casas? ¿Abrimos alguna vez la Biblia en familia? ¿O solamente la escuchamos cuando venimos a Misa?
Y aquí encontramos en María el ejemplo más hermoso de una mujer bíblica: mujer de palabra y de la Palabra. Mujer de palabra, porque dio su sí a Dios: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), y permaneció fiel a ese sí en Nazaret, en Belén, en Caná, en los caminos de Jesús y al pie de la cruz. Y mujer de la Palabra, porque escuchó la Palabra de Dios, la acogió, creyó en ella, la guardó en su corazón y la hizo vida. También nosotros necesitamos recuperar el valor de la palabra dada: en el matrimonio, en la familia, en nuestra vocación, en nuestras promesas y compromisos. Que nuestro sí sea sí.
Podemos decir que María estuvo toda revestida de la Palabra de Dios. Ese fue su mejor atuendo, su vestido más hermoso. Y en ella ocurrió algo único: en su seno tomó carne Jesús, la Palabra encarnada, el Verbo de Dios hecho hombre. Ella no solamente escuchó la Palabra: llevó en sus entrañas a la Palabra hecha carne.
El Evangelio de hoy, según san Mateo (Mt 13,47-52), nos presenta la imagen de una red echada al mar que recoge peces de todas clases. Jesús nos habla finalmente del discernimiento y del juicio, pero esa imagen de la red también puede ayudarnos a pensar en la fraternidad. Una red está formada por muchos hilos. Un hilo solo no hace una red. Los hilos necesitan estar unidos. También nosotros somos diferentes, tenemos historias y maneras de pensar distintas, pero estamos llamados a vivir como hermanos.
La fraternidad no significa que todos tengamos que pensar de la misma manera. Significa que, aun siendo diferentes, podemos respetarnos, escucharnos, ayudarnos y caminar juntos. Podemos discrepar sin convertirnos en enemigos. Podemos pensar distinto sin destruir al otro. La fraternidad necesita vínculos, como la red necesita sus hilos unidos.
Y al final del mismo Evangelio (Mt 13,52), Jesús habla del escriba convertido en discípulo del Reino, que se parece al dueño de casa que saca de sus reservas «lo nuevo y lo viejo». También nosotros tenemos cosas antiguas y buenas que debemos conservar: la fe recibida de nuestros padres y abuelos, la oración en familia, el santo rosario, la solidaridad con el vecino, el respeto a los mayores y la preocupación por el enfermo y por quien pasa necesidad.
Pero también tenemos situaciones nuevas que nos desafían. Hoy podemos estar permanentemente conectados por las redes y, al mismo tiempo, cada vez más alejados unos de otros. Podemos comunicarnos con alguien que está a miles de kilómetros y no encontrar tiempo para escuchar al que vive bajo nuestro mismo techo. Tenemos muchos medios para comunicarnos, pero eso no significa necesariamente que tengamos más fraternidad.
Por eso construir la fraternidad comienza muchas veces por cosas pequeñas: escuchar al otro, visitar al enfermo, acompañar al que está solo, reconciliarnos, compartir con quien necesita, cumplir la palabra que hemos dado y dejar de lado una palabra hiriente o un resentimiento que llevamos guardado. Ahí la Palabra de Dios se convierte en vida.
Nuestra sociedad necesita esta fraternidad. Una familia dividida sufre; una comunidad dividida se debilita; una sociedad dividida encuentra mayores dificultades para buscar juntos el bien común. Necesitamos aprender a escuchar antes de juzgar, dialogar antes de agredir, compartir antes de acumular y perdonar antes de alimentar resentimientos.
Y volvemos nuestra mirada a María, Nuestra Señora del Rosario. También ella nos conduce siempre a su Hijo y nos llama a escuchar su Palabra, a convertir el corazón y a trabajar por la paz.
El pasado domingo 27 de septiembre, el Papa León XIV estuvo en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, durante su Viaje Apostólico a Francia. Allí volvió a hacer resonar la llamada de María: «¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!», una penitencia ofrecida también por los pecadores y «por un mundo que va mal». Esa llamada llega también a nuestra realidad que duele: los crímenes y homicidios, el desprecio a la dignidad de la vida humana, los conflictos y tantas heridas que nos hacemos unos a otros. Hay personas que viven en conflicto consigo mismas y terminan llevando ese conflicto a los demás, con dificultad para amar y también para recibir amor. Ante estas heridas no basta señalar con el dedo. También nosotros debemos golpearnos el pecho, pedir perdón, recomenzar y pedir al Señor la gracia de la conversión.
El Papa nos ha pedido además algo muy concreto para el mes de octubre: rezar el Santo Rosario por el fin de las guerras y por la paz, acompañando la oración con gestos de misericordia, diálogo y reconciliación. Qué hermoso que este llamado nos encuentre precisamente en la novena de Nuestra Señora del Rosario. Tomemos el Rosario en nuestras manos y pongamos en cada misterio a nuestros hogares, a nuestro Paraguay y a los pueblos que sufren la violencia y la guerra.
Esto tiene mucho que ver con la fraternidad. Es fácil pedir que cambie el mundo, que cambie nuestra sociedad, que cambien los demás. Pero la conversión comienza en mí. ¿Qué tengo que cambiar yo? ¿A quién debo perdonar? ¿Con quién necesito reconciliarme? ¿A quién debo escuchar mejor? ¿A quién puedo acercarme para hacerle el bien?
El Papa nos invita también a ser «misioneros de la esperanza». No misioneros del desaliento, de la queja o de la división, sino hombres y mujeres capaces de llevar esperanza. Eso también es construir fraternidad.
Al terminar hoy el Mes de la Biblia y continuar nuestra novena, podemos unir dos imágenes muy queridas para nosotros: la Biblia y el Rosario; la Palabra escuchada y la Palabra contemplada con María. Cuando rezamos el Rosario, María nos lleva de la mano a recorrer el Evangelio y a contemplar los misterios de la vida de su Hijo, Jesús, la Palabra encarnada.
Pidamos a Nuestra Señora del Rosario, mujer de palabra y de la Palabra, que también nosotros sepamos revestir nuestra vida con la Palabra de Dios. Que ese sea nuestro mejor atuendo: una vida revestida de la Palabra, que se manifiesta en obras de amor, fraternidad y servicio.
Y pidamos la intercesión de San Jerónimo, al concluir este Mes de la Biblia, para que la Sagrada Escritura no sea solamente un libro que tenemos en nuestra casa, sino Palabra que abrimos, escuchamos, guardamos en el corazón y hacemos vida.
Que la Palabra vaya tejiendo entre nosotros la red de la fraternidad. Que, como Jesús, podamos pasar por la vida haciendo el bien; y que María, Nuestra Señora del Rosario, nos ayude a ser verdaderamente mujeres y hombres de palabra, de la Palabra y constructores de fraternidad. Amén.
Card. Adalberto Martinez Flores.
30 de septiembre de 2026
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