SANTA MISA

HOMILÍA

III DOMIMGO DE ADVIENTO (Gaudete)

CATEDRAL METROPOLITANA

«Dios mismo viene a salvarnos»

Queridos hermanos y hermanas,

Este tercer domingo de Adviento se llama Gaudete, que significa “alégrense”. Y quizás lo primero que nos surge es una pregunta sincera: ¿cómo hablar de alegría en un mundo tan herido como el nuestro? Con guerras, violencias, injusticias, cansancio emocional, frustraciones personales y espirituales, la Palabra de Dios hoy no nos invita a una alegría superficial, sino a una alegría que nace en medio de la realidad, incluso cuando esa realidad se parece más a un desierto que a un jardín.

El profeta Isaías nos anuncia algo sorprendente: el desierto florecerá. No dice que el desierto desaparece ni que todo se vuelve fácil. Dice que Dios entra ahí, en lo seco, en lo que parecía sin futuro, y lo transforma desde dentro. El Adviento nos recuerda que Dios no espera condiciones ideales para venir: viene al desierto, viene a la noche.

Muchos conocemos esa noche. Hay noches personales: cuando uno está cansado de luchar, cuando la fe se enfría, cuando parece que rezar no sirve, cuando la vida duele y no vemos salida. Y hay también noches colectivas, que atraviesan pueblos enteros y parecen no terminar.

Jesús mismo pasó por esa noche. En la cruz gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Ese grito no es falta de fe; es el grito de quien sufre hasta el fondo. Es el clamor de toda la humanidad herida.

Y, sin embargo, en esa misma hora sucede algo decisivo: el velo del templo se rasga. Como si Dios mismo dijera: ya no hay muros, ya no hay distancia. El grito de Jesús no queda encerrado en la derrota: desde la cruz, el Señor de los señores, aparentemente derrotado, se revela misteriosamente victorioso. La noche no es el final; es el umbral por donde Dios hace pasar la salvación.

Ese grito sigue resonando hoy en nuestro mundo. Resuena en Sudán, donde desde hace tiempo el país vive una grave tragedia humanitaria causada por la guerra interna. Millones de personas han sido obligadas a abandonar sus hogares; familias enteras sobreviven sin alimentos suficientes, sin atención médica y sin seguridad. Niños y mujeres son los más golpeados por el desplazamiento, el hambre y la violencia.

Resuena también en Nigeria, especialmente en algunas regiones del norte y del centro del país, donde persisten situaciones de violencia e inseguridad. Grupos armados y bandas criminales atacan comunidades y realizan secuestros masivos, incluso de estudiantes en escuelas, arrancándolos de sus familias y dejando a padres y madres en una angustia constante por el paradero de sus hijos.

Y no hace falta ir tan lejos: también hay noches aquí, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra propia historia personal. Momentos en los que sentimos que Dios está lejos o calla. Pero la fe cristiana nos dice algo muy fuerte: Dios no abandona en la noche. A veces, cuando más calla, más está obrando en silencio.

La carta de Santiago nos habla de la paciencia del sembrador. El que siembra no ve el fruto enseguida. La semilla trabaja bajo tierra, en silencio. Nadie la ve, pero está viva. Así es la fe cuando atravesamos momentos difíciles: parece escondida, pero no está muerta.

En este camino nos ilumina también Pablo de Tarso, quien cuenta él mismo su experiencia: «Mientras iba de camino y me acercaba a Damasco, hacia el mediodía, una gran luz venida del cielo me envolvió de repente. Caí a tierra y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Yo respondí: “¿Quién eres, Señor?”. Y Él me dijo: “Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues”» (cf. Hch 22,6-8). Pablo queda ciego, pero es justamente allí donde comienza a ver de verdad.

Aquello que él creía combatir en nombre de la verdad, era la Verdad misma que lo estaba buscando a él. En la noche de su ceguera, Dios le abrió los ojos del corazón y transformó su vida para siempre.

El Evangelio nos presenta a Juan el Bautista, una voz que grita en el desierto. Y esa voz que grita en el desierto es también la Palabra que grita y nos habla en el desierto de nuestro propio corazón, llamándonos a la conversión, a enderezar los caminos y a preparar la venida del Señor.

Jesús nos da una imagen muy clara para entender todo esto: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos» (cf. Jn 15,1-5). Separados de Él, nos secamos. Unidos a Él, la vida vuelve a circular.

Permanecer en Cristo no significa sentir cosas lindas todo el tiempo. Permanecer es no cortar la relación cuando llegan las dudas; es seguir rezando aunque no sientas nada; es volver a la Palabra cuando estás perdido; es dejarte acompañar por la comunidad; es elegir el amor cuando sería más fácil cerrarse.

Cuya fiesta celebramos hoy, 14 de diciembre, San Juan de la Cruz. Fue sacerdote carmelita, místico y doctor de la Iglesia. Conoció cárceles injustas, enfermedades y humillaciones. Él habló de la “noche oscura”, no como castigo de Dios, sino como un tiempo donde se cae lo superficial y queda lo esencial. Para él, la noche no es ausencia definitiva de Dios, sino otra forma de su presencia.

San Juan de la Cruz lo expresó con una frase sencilla y exigente: «Donde no hay amor, pon amor, y sacarás amor». No es ingenuidad, es una decisión profunda nacida de quien atravesó la noche y salió a la luz.

Hermanos y hermanas, en este domingo de la alegría no negamos la noche, pero creemos algo más fuerte: la noche no tiene la última palabra. Dios viene. El desierto puede florecer. Y aun cuando todo parece seco, si permanecemos en Cristo, la vida vuelve a circular.

Amén.

Asunción, 14 de diciembre de 2025.

Adalberto Card.  Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano de Asunción