VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís
Querido fray San Francisco, queremos expresarte nuestro profundo agradecimiento por llegar hasta nosotros a través de tus reliquias, que hoy se hacen presencia viva entre nosotros. Ellas nos hablan silenciosamente de tus estigmas, de tu despojo total, de tu entrega radical, abrazando los sufrimientos de Cristo.
En esas llagas, impresas y selladas en tu propia carne, como huesos ensangrentados, floreció una vida nueva. Tus estigmas dolorosos fueron ofrecidos como reparación por los pecados, también por los pecados dentro de la Iglesia. Y con tu vida fuiste sostén y ayuda para reconstruir la Iglesia, que en su tiempo se encontraba derruida, herida y necesitada de ser restaurada.
El año pasado, durante el tiempo del cónclave, con unos amigos tuvimos la gracia de peregrinar a Asís y de visitar el Santuario de la Expoliación, donde se recuerda el despojo total de San Francisco.
En ese mismo santuario tuvimos la gracia de celebrar la Santa Misa, y allí reposan también los restos del beato Carlo Acutis, joven profundamente enamorado de la Eucaristía y admirador del espíritu de pobreza y radicalidad evangélica de San Francisco.
Allí se nos recuerda aquel momento decisivo en la vida de Francisco, cuando, ante su padre Pedro Bernardone y ante el obispo Guido II, se despojó de sus vestiduras, devolviéndolas a su padre, y proclamó: “De ahora en adelante ya no diré: padre mío, Pedro Bernardone, sino: Padre nuestro que estás en el cielo.”
En ese gesto radical, Francisco expresó su total adhesión al Evangelio, abrazando a la Hermana pobreza, despojándose no sólo de sus bienes, sino también de todo apego a sí mismo. Quedó desnudo ante Dios y ante los hombres, como signo de libertad interior y de confianza absoluta en la Providencia.
Luego, el obispo lo cubrió con su manto, signo de la acogida de la Iglesia, y desde entonces Francisco vistió una túnica pobre y sencilla, ceñida con un cordón, signo de penitencia y fraternidad.
Ese despojo nos habla hoy con fuerza: desnudos venimos al mundo y desnudos partimos de él (cf. Job 1,21). Sólo quien se vacía de sí mismo puede llenarse de Dios.
Francisco tomó al pie de la letra el mandato de Jesús: “No lleven oro, ni plata, ni alforja…” (cf. Mt 10,9-10), y así, viviendo en pobreza, se hizo hermano de todos, descubriendo el rostro de Cristo en cada persona, especialmente en los más pobres.
Él se llamaba a sí mismo “el menor”, y de allí el nombre de su Orden: los Hermanos Menores. No buscaba ser llamado padre, sino hermano. Sin embargo, la Iglesia y el pueblo cristiano lo reconocieron con diversos títulos, entre ellos “Padre Francisco” y también “el Seráfico Padre”, por su ardiente amor a Dios. Y nos preguntamos: ¿aceptaría él ese nombre? Probablemente no, porque su deseo más profundo era ser el menor de todos y reflejar únicamente la gloria de Dios.
Su humildad fue auténtica y profunda. Encarnó las palabras de Jesús: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Su vida fue un espejo del Evangelio.
Hoy, ante tus reliquias, querido San Francisco, presentes aquí en Paraguay, junto a la memoria de nuestros grandes misioneros franciscanos, como Fray Luis de Bolaños y Fray Juan Bernardo, te pedimos: enséñanos a despojarnos de todo lo que no es Dios, a vivir la pobreza evangélica como libertad interior, a reconstruir la Iglesia con santidad de vida y a reconocer a Cristo en cada hermano.
Y que, como tú, podamos abrazar la cruz con amor, para que también en nuestras heridas florezca la vida nueva de la Pascua.
07 de abril de 2026
+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
Mensaje | 800 años del tránsito de San Francisco
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