El Cardenal presidió Eucaristía en la Basílica de San Giovanni a Porta Latina en vísperas de la Solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo, y el Día del Papa

Compartimos la Prédica del Cardenal Adalberto Martínez Flores, Arzobispo de Asunción, en la misa que ofició en la mañana de hoy domingo en Basílica de San Giovanni a Porta Latina (San Juan en la Puerta Latina), Roma. Participaron la embajadora ante la Santa Sede, Romina Elisabeth Taboada, y fieles de la comunidad paraguaya.

HOMILÍA

XIII Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

28 de junio de 2026

Basílica de San Juan en la Puerta Latina

Vigilia de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo

1. Queridos hermanos y hermanas:

Con alegría celebramos este XIII Domingo del Tiempo Ordinario, en vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Ante todo, deseo saludar y agradecer al padre July Francis Laiju, rector de esta querida Basílica de San Giovanni a Porta Latina, quien nos acoge con tanta fraternidad. Esta basílica ocupa un lugar especial en mi corazón porque el Papa Francisco, durante el Consistorio de 2022, me la confió como iglesia titular: un signo de la comunión especial que todo cardenal comparte con la Iglesia de Roma y con el Sucesor de Pedro.

Hoy recordamos también con gratitud al Beato Antonio Rosmini, en el 171.º aniversario de su tránsito a la vida eterna. Sus reliquias, situadas junto al altar, nos recuerdan el testimonio de un hombre que amó profundamente a Cristo, a la Iglesia y al Sucesor de Pedro, viviendo una vida dedicada a la búsqueda de la verdad y a la caridad.

2. Mañana, toda la Iglesia celebrará la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo. Celebramos también el «Día del Papa», pues el ministerio confiado por Cristo al apóstol Pedro continúa hoy en sus sucesores. El Papa León XIV ejerce el carisma petrino: confirmar a los hermanos en la fe, salvaguardar la unidad de la Iglesia universal y presidir en la caridad a todo el Pueblo de Dios.

Mañana tendrá lugar también la tradicional colecta del Óbolo de San Pedro; esta representa no solo una contribución económica, sino un signo tangible de nuestra comunión con el Sucesor de Pedro y de nuestra participación en su misión universal y en su caridad hacia los pobres.

3. En esta Eucaristía, deseamos ante todo unirnos a las intenciones del Santo Padre. Oramos con él por el don de la paz —tan profundamente anhelado y, sin embargo, aún herido por guerras que siguen causando muerte, destrucción y sufrimiento en muchas partes del mundo. Durante el reciente Consistorio Extraordinario, el Papa expresó esta preocupación con firmeza, exhortando a toda la Iglesia a convertirse en instrumento de reconciliación y de paz.

Oramos también por todas las poblaciones afectadas por desastres naturales. En particular, encomendamos al Señor al pueblo de Venezuela —especialmente a Caracas, La Guaira y las regiones devastadas por el reciente terremoto. El Santo Padre manifestó de inmediato su cercanía espiritual y, a través de la Limosnería Apostólica, dispuso una ayuda humanitaria inicial para apoyar a las poblaciones afectadas. En este gesto reconocemos la caridad tangible del Sucesor de Pedro, quien lleva en su corazón los sufrimientos de los pueblos y desea que toda la Iglesia permanezca cerca de quienes sufren.

4. Los días 26 y 27 de junio participamos en el Consistorio Extraordinario convocado por el Papa León XIV. Como cardenales —principales colaboradores del Sucesor de Pedro— acudimos desde los cinco continentes para orar, escuchar, reflexionar y discernir junto al Santo Padre. Fue una verdadera experiencia de comunión eclesial.

Abordamos temas fundamentales para la vida de la Iglesia: el anuncio del Evangelio en el mundo contemporáneo; la guerra y la paz; la reciente encíclica sobre la dignidad humana y la cultura del cuidado; el camino de la sinodalidad; la formación de sacerdotes, personas consagradas y laicos; la transmisión de la fe a las nuevas generaciones; y el fortalecimiento de la comunión eclesial. El Santo Padre escuchó atentamente cada intervención y nos animó a caminar juntos, dejándonos guiar por el Espíritu Santo.

5. El Evangelio proclamado hoy arroja luz sobre todo lo que hemos vivido. Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Esto no significa amar menos a la propia familia, sino más bien poner a Cristo en primer lugar. Cuando Jesús está en el centro de nuestra vida, todo lo demás cobra su debido orden.

6. El Señor también nos invita al desapego. Al comienzo de su ministerio público, llamó a Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Eran pescadores: hombres sencillos que vivían de su trabajo. Jesús pasó y los invitó a dejar atrás sus redes, su barca y su seguridad. Desde ese momento, ya no serían pescadores de peces, sino pescadores de hombres.

Hoy también el Señor pasa y nos pregunta: ¿qué redes debemos dejar atrás? ¿Y qué ataduras interiores nos impiden seguirle con libertad? Quizás sea el apego a los bienes materiales, el deseo de éxito, prestigio y poder, el miedo al cambio, la comodidad de una vida demasiado tranquila, el orgullo o el individualismo.

Pero Jesús no nos pide simplemente que dejemos atrás nuestras redes. También nos invita a echar redes nuevas: las redes de la fe, la esperanza, la caridad, la misericordia y el anuncio del Evangelio. Con ellas, estamos llamados a atraer a las personas no hacia nosotros mismos, sino hacia Cristo.

El Papa Benedicto XVI solía decir que primero debemos dejarnos cautivar por Cristo. Solo aquellos cautivados por la belleza del Señor pueden compartir la alegría del Evangelio con los demás. Seguir a Cristo no significa perder algo, sino encontrarlo todo.

7. La primera lectura nos presenta a la mujer de Sunem, quien reconoce a Eliseo como un hombre de Dios y le abre las puertas de su hogar. Su hospitalidad se convierte en una bendición. Del mismo modo, estamos llamados a acoger a Cristo en las personas que Él pone en nuestro camino. Jesús mismo nos dice: «Quien a vosotros acoge, a mí me acoge». Incluso un simple vaso de agua dado en su nombre no quedará sin recompensa.

8. San Pablo nos recuerda que, mediante el Bautismo, hemos muerto con Cristo al pecado para resucitar con Él a una vida nueva. Cada día estamos llamados a renovar nuestro Bautismo, dejándonos transformar por la gracia para convertirnos en hombres y mujeres nuevos: testigos creíbles del Evangelio.

9. Regreso de este Consistorio con una esperanza renovada. He visto una Iglesia viva, unida en torno al Sucesor de Pedro, deseosa de escuchar al Espíritu Santo y de afrontar con valentía los desafíos de nuestro tiempo.

En vísperas de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, renovemos nuestro afecto y comunión con el Papa. Unámonos a su oración incesante por la paz mundial, para que callen las armas y prevalezcan el diálogo, la reconciliación y la fraternidad entre los pueblos.

Contemplemos también su caridad tangible. Ante la tragedia en Venezuela, el Santo Padre quiso que la Iglesia estuviera presente de inmediato mediante la oración y la ayuda humanitaria enviada a través de la LimosneríaApostólica. Nosotros también deseamos unirnos a este acto de caridad mediante nuestras oraciones, nuestra solidaridad y la generosidad de la ofrenda del Óbolo de San Pedro.

Por último, pidamos al Señor la gracia de poner siempre a Cristo en primer lugar en nuestras vidas, de dejar atrás nuestras redes y desatar nuestros nudos interiores, para que podamos llegar a ser —como Pedro y los demás Apóstoles— auténticos pescadores de hombres y testigos gozosos de la esperanza que nace del encuentro con Jesucristo.

Amen.

Card. Adalberto Martínez

San Juan en Puerta Latina

28 de junio 2026