Clausura de la Semana Nacional de la CONFERPAR

Tema: La vocación desde la Palabra de Dios. Volver al primer amor.

Queridos hermanos y hermanas de la vida consagrada: con inmensa alegría celebramos esta Eucaristía que culmina la Semana Nacional de la CONFERPAR. Hoy hemos reflexionado sobre «La vocación desde la Palabra de Dios» y sobre la invitación a «Volver al primer amor». En el fondo, ambas expresiones nos conducen a una misma realidad: volver a aquel instante de gracia en que, por primera vez, respiramos un sorbo de aire fresco que nos hizo presentir la eternidad. Fue el momento en que Jesucristo salió a nuestro encuentro, pronunció nuestro nombre y sació la sed más profunda de nuestro corazón: la sed de sentido para nuestra vida, de verdad, de amor, de felicidad y de plenitud. Allí comprendimos que valía la pena dejarlo todo para seguirlo. Ese instante no pertenece solamente al pasado; permanece vivo cada vez que volvemos a Cristo, porque Él sigue siendo la fuente que renueva nuestra vocación, fortalece nuestra fidelidad y reaviva la alegría del primer amor.

La Providencia ha querido que este camino concluya precisamente en la memoria de San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia. La tradición franciscana cuenta que, siendo todavía un niño gravemente enfermo, su madre lo llevó ante san Francisco de Asís para pedir su oración. Al verlo recuperado, Francisco habría exclamado: «¡Oh, buona ventura!», es decir: «¡Qué hermosa esperanza! ¡Qué hermoso futuro le espera!». Aquellas palabras fueron conservadas como un signo providencial. Años más tarde, aquel niño, Juan de Fidanza, descubrió que el Señor lo llamaba a seguir a Jesucristo según el carisma de san Francisco. No siguió simplemente a Francisco; siguió a Cristo por el camino que el Espíritu Santo había inspirado al Poverello de Asís. Llegó a ser uno de los grandes doctores de la Iglesia porque comprendió que toda sabiduría comienza en el Evangelio y conduce siempre al Evangelio.

También nuestra vocación tiene una historia semejante. Dios comenzó a llamarnos mucho antes de que nosotros fuéramos conscientes de ello. Tal vez por medio de nuestros padres, de un catequista, de un sacerdote, de una religiosa, de una comunidad o de una experiencia de servicio. La vocación nunca nace de la casualidad; nace de la providencia. Dios va escribiendo nuestra historia con paciencia hasta que un día comprendemos que Él pronuncia nuestro nombre y nos invita a seguirlo.

 La primera lectura nos presenta a san Pablo de rodillas delante del Padre. Es una imagen profundamente elocuente. El gran Apóstol no comienza actuando; comienza orando. Y su oración no pide éxito, prestigio o reconocimiento. Ruega para que Cristo habite en nuestros corazones por la fe y para que el hombre interior sea fortalecido por el Espíritu Santo. Qué importante resulta esta enseñanza para nuestro tiempo. Podemos multiplicar actividades, organizar programas, planificar proyectos y asumir nuevas responsabilidades; pero si Cristo deja de habitar en nuestro corazón, todo pierde sentido. La misión se vuelve una carga, el servicio una rutina, la fraternidad se debilita y la vocación corre el riesgo de apagarse.

San Pablo continúa diciendo que debemos estar arraigados y edificados en el amor. Un árbol permanece firme porque sus raíces son profundas; una casa resiste porque está construida sobre roca. También nuestra vocación necesita raíces: la Palabra de Dios, la oración cotidiana, la Eucaristía, la fraternidad y la fidelidad al carisma recibido. Cuando esas raíces se debilitan, la vocación se resiente; cuando se fortalecen, la misión florece incluso en medio de las dificultades.

El Apóstol añade una expresión extraordinaria: «Que puedan conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento.» El amor de Cristo no se aprende solamente estudiando; se conoce viviéndolo. San Buenaventura, uno de los hombres más sabios de su tiempo, repetía que el verdadero conocimiento nace del amor. Se puede saber mucho sobre Dios y, sin embargo, no haberlo encontrado todavía. En cambio, quien ama profundamente a Cristo comienza a comprender lo que ningún libro puede enseñar.

Toda vocación nace de una Palabra. Abraham escuchó: «Sal de tu tierra». Samuel respondió: «Habla, Señor, que tu servidor escucha». Isaías dijo: «Aquí estoy, envíame». María respondió: «Hágase en mí según tu palabra». Pedro dejó las redes cuando Jesús lo llamó. Ninguno se llamó a sí mismo. Siempre fue Dios quien dio el primer paso. Jesús mismo lo recuerda en el Evangelio de san Juan: «No son ustedes los que me eligieron a mí; soy yo quien los elegí a ustedes» (Jn 15,16). Y el apóstol san Juan resume toda la historia de la vocación con una afirmación luminosa: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

 El Evangelio nos recuerda que tenemos un solo Maestro: Cristo. Todos los demás somos discípulos. Jesús corrige la tentación permanente de buscar honores y nos propone el camino del servicio: «El mayor entre ustedes será el servidor.» También San Buenaventura, siendo uno de los hombres más sabios de su tiempo, comprendió que la verdadera grandeza consiste en servir. La autoridad en la Iglesia nace de la humildad y encuentra su plenitud en la entrega.

 Durante estos días han querido reflexionar sobre la vocación desde la Palabra de Dios y sobre la renovación espiritual y vocacional. Han escuchado los testimonios de jóvenes provenientes de colegios, parroquias y universidades, quienes, con sus preguntas, búsquedas y esperanzas, les han recordado que el Espíritu Santo continúa actuando en las nuevas generaciones. También han compartido momentos de oración, reflexión bíblica, diálogo, conversación en el Espíritu e intercongregacionalidad, renovando el compromiso de fortalecer una auténtica cultura vocacional en nuestras familias, parroquias, comunidades educativas, diócesis y comunidades religiosas.

 Una auténtica cultura vocacional exige también una auténtica cultura del cuidado. Allí donde Dios llama, la Iglesia está llamada a custodiar. Por eso, nuestras congregaciones, comunidades religiosas, parroquias, colegios, casas de formación y todas nuestras obras apostólicas deben ser siempre espacios seguros, donde cada persona pueda crecer en la fe con libertad, confianza y dignidad. Estamos llamados a ser custodios unos de otros, especialmente de los niños, adolescentes, jóvenes y adultos vulnerables. Este compromiso no puede quedarse solo en las buenas intenciones. Es necesario conocer, asumir y poner en práctica con responsabilidad los protocolos de protección, las Líneas Guía y los códigos de conducta que la Iglesia nos ofrece. Proteger no es una tarea añadida a la misión; es parte de la misión evangelizadora. Una comunidad que anuncia el Evangelio debe ser también una comunidad que cuida, protege y genera confianza. Allí donde un niño, un adolescente o un joven se siente verdaderamente seguro, también puede abrir su corazón para escuchar la voz de Dios y responder con libertad a su llamada.

 Los jóvenes no esperan únicamente respuestas; buscan testigos. Necesitan encontrar hombres y mujeres cuya vida refleje la alegría del Evangelio. Cuando un joven descubre una comunidad donde se vive con autenticidad el seguimiento de Cristo, comienza a preguntarse si también él o ella puede recorrer ese mismo camino. La mejor pastoral vocacional sigue siendo una vida plenamente enamorada del Señor.

Damos gracias por la inmensa riqueza que la vida consagrada ha regalado a la Iglesia del Paraguay. Cuántos religiosos y religiosas han anunciado el Evangelio, educado generaciones, cuidado enfermos, acompañado a los más pobres y sostenido la fe de nuestro pueblo. Esa historia no pertenece únicamente al pasado. Dios quiere seguir escribiéndola con nuevas vocaciones, nuevos carismas y nuevos misioneros que anuncien el Evangelio con la alegría de los primeros discípulos.

Queridos hermanos y hermanas, quisiera concluir volviendo a aquella expresión de san Francisco de Asís: «¡Oh, buona ventura!». Aquellas palabras dirigidas al pequeño Juan de Fidanza fueron un anuncio de esperanza. Hoy quisiera repetirlas para toda la Iglesia que peregrina en el Paraguay: ¡Oh, buona ventura! ¡Qué hermoso futuro prepara Dios para su Iglesia! No perdamos nunca la esperanza. Si permanecemos fieles a la Palabra de Dios, si volvemos siempre a aquel instante de gracia en que Cristo dio sentido a nuestra vida y si vivimos con alegría el carisma que el Espíritu Santo ha confiado a cada uno de nuestros institutos, el Señor seguirá haciendo maravillas.

Jesucristo nos dejó una promesa que sostiene nuestra esperanza: «No los dejaré huérfanos» (Jn 14,18). Tampoco dejará huérfana a su Iglesia de vocaciones. El Espíritu Santo seguirá llamando a jóvenes generosos al sacerdocio, a la vida consagrada, a la misión y a los diversos carismas que enriquecen al Pueblo de Dios. A nosotros nos corresponde preparar el terreno con nuestro testimonio, sembrar con fidelidad, acompañar con paciencia y orar sin descanso. La cosecha pertenece al Señor. Por eso, al concluir esta Eucaristía, podemos mirar el futuro con serenidad y repetir con la misma confianza de san Francisco: ¡Oh, buona ventura! Sí, el Señor prepara un futuro promisorio para su Iglesia. Él no dejará de suscitar hombres y mujeres que, sedientos de infinito, respiren ese aire nuevo del Espíritu, encuentren en Cristo el sentido pleno de la vida y respondan con generosidad a su llamada en los diversos carismas que enriquecen a la Iglesia. Que María, Madre de las Vocaciones, sostenga nuestra esperanza y haga florecer una nueva primavera vocacional en el Paraguay. Amén.

Asunción, 15 de julio de 2026

Card. Adalberto Martinez Flores

Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción