Lecturas: Cantar de los Cantares 8,6-7; Salmo 123; Romanos 8,31-39; Mateo 10,28-33.

Queridos hermanos y hermanas: con inmensa alegría celebramos hoy la fiesta patronal de Santa Librada. Al reunirnos en torno al altar del Señor damos gracias por el testimonio de esta joven mártir, cuyo amor a Jesucristo fue más fuerte que el miedo, más fuerte que las amenazas y más fuerte que la misma muerte. Su vida nos recuerda que la santidad no es un privilegio reservado para unos pocos; es la vocación de todos los bautizados. Todos estamos llamados a caminar según la voluntad de Dios, porque la voluntad de Dios siempre nos conduce al amor, a la libertad y a la vida plena.

La primera lectura proclama una de las expresiones más hermosas de toda la Sagrada Escritura: «Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor». Ese fue el amor que sostuvo a Santa Librada. No fue un sentimiento pasajero, sino un amor firme, capaz de permanecer fiel aun en medio de las pruebas. Cuando el amor nace de Dios, ninguna tormenta logra apagarlo.

San Pablo fortalece todavía más esta esperanza cuando pregunta: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la espada podrán apartarnos de Él. Esa fue la fuerza de los mártires y sigue siendo la fuerza de tantos cristianos que hoy continúan dando testimonio del Evangelio en medio de grandes dificultades.

El Evangelio nos presenta tres veces la misma invitación de Jesús: «No tengan miedo.» El miedo muchas veces nos paraliza y nos hace pensar solamente en nosotros mismos. Pero el Señor nos recuerda que estamos en las manos del Padre y concluye diciendo: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre.» Declararnos por Cristo significa vivir como Él vivió: defendiendo la verdad, amando a los pobres, levantando al caído, reconciliando a los hermanos y construyendo la paz.

La tradición cristiana nos presenta a Santa Librada como una joven princesa cuyo padre, un rey poderoso, había dispuesto para ella un matrimonio por conveniencia. Pero ella ya había entregado su corazón a Jesucristo, el verdadero Rey de su vida y del universo. Permaneció fiel a su consagración y prefirió obedecer a Dios antes que a los hombres. Fue incomprendida, rechazada y perseguida. Según la antigua tradición, murió crucificada por mantenerse fiel a Cristo. Allí donde muchos vieron una derrota, Dios hizo resplandecer la victoria del amor. Su verdadera libertad consistió en permanecer fiel a la voluntad de Dios.

Al contemplar hoy a Santa Librada, no podemos dejar de pensar en tantas mujeres que siguen siendo crucificadas en nuestro tiempo. Son mujeres víctimas de la violencia doméstica, del maltrato, de la discriminación, de la explotación y del desprecio. Son mujeres que sufren el drama del feminicidio, del abuso y de tantas formas de intolerancia que hieren profundamente su dignidad. El dolor de Santa Librada sigue resonando en el clamor de tantas mujeres que esperan justicia, respeto y protección.

Entre esas heridas sobresale también el gravísimo delito de la trata de personas. La corrupción y la codicia llevan a verdaderas organizaciones criminales a traficar con vidas humanas, especialmente con mujeres y niñas, tratándolas como mercancías para explotarlas y abusar de ellas. Es una forma moderna de esclavitud que clama al cielo. Ninguna persona puede ser comprada ni vendida, porque toda vida humana pertenece únicamente a Dios y posee una dignidad inviolable al haber sido creada a su imagen y semejanza.

La Iglesia no puede permanecer indiferente frente a estas realidades. Declararnos por Cristo significa también defender la dignidad de toda persona humana, proteger a los más vulnerables y denunciar toda forma de violencia, explotación, corrupción y abuso. Allí donde una mujer recupera su dignidad, toda la sociedad se fortalece; allí donde una mujer es humillada, toda la humanidad queda herida.

La voluntad de Dios consiste en entrar en sintonía con Él. Pensemos en una gran orquesta o en el hermoso coro que hoy anima esta celebración. Antes de un concierto hay muchas horas de ensayo. Las cuerdas deben afinarse para vibrar al unísono; las voces necesitan preparación para encontrar una misma armonía. Si cada músico interpreta la obra por su cuenta, desaparece la belleza y solo queda el ruido.

Lo mismo sucede con nuestra vida. Cada persona tiene su propia historia, su sensibilidad y su manera de pensar. Por eso aparecen diferencias en las familias, en las comunidades y en la sociedad. El Evangelio nos invita a vivir en concordia. Esta palabra proviene del latín concordia: cum, “con”, y cor, cordis, “corazón”. La concordia significa tener los corazones unidos. No consiste en pensar todos exactamente igual, sino en buscar juntos la verdad, el bien y la voluntad de Dios.

Cuando un coro concuerda, todas las voces diferentes encuentran una sola armonía. Cuando una orquesta concuerda, cada instrumento aporta su riqueza para formar una única melodía. En cambio, cuando aparece la discordancia, cada uno quiere imponerse sobre el otro y todo termina en confusión. De ahí proviene también la palabra discordia: corazones separados. Allí donde reina el orgullo, el resentimiento, la mentira y el odio, el maligno encuentra espacio para dividir. Cristo, en cambio, vino para reconciliar, reunir y hacer de todos nosotros una sola familia. El cristiano está llamado a ser siempre sembrador de concordia.

El primer lugar donde aprendemos esa concordia es el matrimonio y la familia. Allí comienza la gran escuela del amor. El esposo y la esposa están llamados a afinar cada día sus corazones para entrar en sintonía con el amor de Dios. La armonía del hogar no nace espontáneamente; se construye con diálogo, paciencia, perdón, respeto y oración. Cuando Cristo ocupa el centro del matrimonio, las diferencias dejan de dividir y comienzan a enriquecer la vida familiar.

De ese amor brotan los hijos, don precioso confiado por Dios a sus padres. Los niños y las niñas no son propiedad de nadie; son un regalo del Señor. Han sido confiados a nosotros para ser protegidos, educados y amados. Ningún niño debe experimentar violencia donde debería encontrar ternura. Ningún hijo debe ser humillado donde tendría que descubrir el rostro amoroso de Dios a través de sus padres.

Cuando el amor desaparece del hogar comienzan las verdaderas crucifixiones de nuestro tiempo. Se crucifica la dignidad de la esposa cuando es maltratada; la dignidad del esposo cuando desaparece el respeto; la dignidad de los hijos cuando son abandonados o utilizados. La familia cristiana está llamada a ser una verdadera Iglesia doméstica, donde todos aprendan a servir y donde la autoridad nunca signifique dominar, sino amar.

También el deporte nos deja una enseñanza profundamente cristiana. Ningún equipo llega a ser campeón sin entrenamiento, disciplina y esfuerzo compartido. Hay que practicar mucho para armonizar los pases, comprender los movimientos de los compañeros y jugar como un verdadero equipo. Todos buscan un mismo objetivo: hacer un buen partido, marcar goles y alcanzar la victoria.

En la vida también estamos llamados a jugar en equipo. Los verdaderos goles son los gestos de amor, de honestidad, de servicio y de solidaridad que hacen crecer a toda la comunidad. Pero también existen los goles en contra. Nos hacemos goles en contra cuando dejamos de jugar limpio, cuando ponemos zancadillas para impedir que otro progrese, cuando recurrimos a la mentira, cuando simulamos situaciones inexistentes para sacar ventaja o cuando la corrupción entra en nuestras decisiones. Y el peor de todos los goles en contra aparece cuando permitimos que la violencia, la ira, el resentimiento y la venganza ocupen el lugar del diálogo y del perdón. Allí pierde toda la sociedad.

Esta comunidad parroquial ha comprendido muy bien ese espíritu. Con oración, sacrificio, generosidad y trabajo constante han levantado este hermoso templo, ladrillo sobre ladrillo. Pero la obra más importante no son solamente estas paredes. El verdadero milagro ha sido construir una comunidad viva, una familia de familias. Han agrandado no solo la casa de Dios, sino también los corazones de quienes forman esta parroquia.

Que Santa Librada siga intercediendo por esta comunidad para que sea siempre una casa hospitalaria, donde todos sean acogidos; una casa solidaria, donde nadie quede abandonado; una casa misionera, que anuncie con alegría el Evangelio; y una casa sinodal, donde aprendamos a caminar juntos, construyendo concordia y buscando siempre la voluntad de Dios.

Pidamos al Señor, por intercesión de Santa Librada, la gracia de no tener miedo de declararnos por Cristo; de vivir con un solo corazón; de defender siempre la dignidad de toda persona humana; de proteger a las mujeres, a los niños y a los más vulnerables; de jugar limpio en la vida y de hacer de nuestra existencia una hermosa sinfonía dirigida por el Espíritu Santo, para que el mundo descubra, a través de nosotros, la belleza del amor de Dios

 

Luque, 20 de julio de 2026

Card. Adalberto Martinez Flores

Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción