Encuentro Regional de Cáritas del Cono Sur
Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Nuestra Señora de la Asunción
Queridos hermanos Obispos; queridos sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos; queridos directivos, secretarios ejecutivos, colaboradores y voluntarios de las Cáritas de nuestros países del Cono Sur; distinguidos representantes de Cáritas América Latina y el Caribe y de Cáritas Internationalis; apreciadas autoridades; queridos hermanos y hermanas:
Con inmensa alegría los recibo en esta Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Nuestra Señora de la Asunción, Iglesia Madre de esta Arquidiócesis. Sean todos cordialmente bienvenidos.
Nos reúne el Señor Resucitado. Antes de compartir experiencias, discernir desafíos y fortalecer la comunión entre nuestras Cáritas, nos reunimos alrededor del altar del Señor, porque la Eucaristía es la fuente y la cumbre de toda la vida de la Iglesia, y también el manantial del que brota toda auténtica acción caritativa. Sin Jesucristo Resucitado, nuestra solidaridad correría el riesgo de convertirse solamente en asistencia humana; con Él, en cambio, la caridad se transforma en testimonio del Evangelio, signo del Reino de Dios y anuncio de la esperanza que no defrauda.
La liturgia nos presenta hoy a Santa María Magdalena, una de las figuras más luminosas del Evangelio. Ella fue la primera testigo de la Resurrección y la primera enviada por Cristo para anunciarla a los Apóstoles. Por eso la Iglesia la honra con el hermoso título de «Apóstol de los Apóstoles».
Su misión nace del encuentro con Cristo vivo. Antes de anunciarlo, fue alcanzada por su misericordia; antes de ser enviada, aprendió a permanecer junto al Maestro.
El Evangelio nos muestra a María Magdalena permaneciendo junto al sepulcro cuando los demás ya habían regresado. Llora, busca y espera. San Gregorio Magno comenta que precisamente esa perseverancia fue la que la condujo al encuentro con el Resucitado. Primero buscó sin encontrar; perseveró en la búsqueda y finalmente encontró a Aquel que amaba. El santo Pontífice añade una enseñanza admirable: los santos deseos crecen con la espera; si desaparecen fácilmente, es señal de que todavía eran débiles.
¡Cuánto necesitamos aprender esta lección! Vivimos en una cultura de la inmediatez, donde fácilmente nos cansamos, abandonamos los ideales o perdemos la esperanza. María Magdalena nos enseña que quien persevera en el amor termina encontrándose con el Amor, que es Cristo.
Jesús le pregunta: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?» No le pregunta qué busca, sino a quién, porque el centro de nuestra fe no es una doctrina, una ideología o un proyecto, sino una Persona viva: Jesucristo Resucitado.
También nosotros conocemos las lágrimas. Son las lágrimas de las familias golpeadas por la pobreza, de quienes sufren enfermedad, desempleo, violencia, migración, soledad o exclusión. Son también las lágrimas de tantos pueblos que buscan justicia, paz y reconciliación. El Señor conoce cada una de esas lágrimas y ninguna le es indiferente.
Ser testigos de la Resurrección significa aprender a leer nuestra historia con los ojos de la fe. Muchas veces atribuimos los frutos de nuestro trabajo pastoral, de nuestras comunidades o de nuestras obras de caridad únicamente a nuestras capacidades, a la organización o a circunstancias favorables. Sin embargo, el creyente descubre algo mucho más profundo: es el Señor Resucitado quien abre caminos donde parecen no existir; es Él quien mueve las piedras de nuestros sepulcros; es Él quien sostiene la misión de la Iglesia y hace fecunda nuestra entrega.
Nada de lo que hacemos por el Reino se sostiene solamente en nuestras fuerzas. Todo es gracia. Todo es Providencia. Cuando aprendemos a reconocer la mano de Dios actuando discretamente en nuestra historia, renace la esperanza y desaparece la tentación de creernos protagonistas absolutos.
María Magdalena tiene delante al Señor, pero no lo reconoce; lo confunde con el jardinero. También nosotros esperamos, muchas veces, manifestaciones extraordinarias de Dios, mientras el Resucitado camina silenciosamente a nuestro lado.
Lo encontramos en la Palabra proclamada, en la Eucaristía celebrada, en el pobre, en el enfermo, en el migrante, en el anciano, en el niño vulnerable y en toda persona que necesita de nuestra cercanía. Lo reconocemos también cuando buscamos sinceramente cumplir la voluntad del Padre. Cada vez que rezamos: «Hágase tu voluntad», abrimos el corazón para descubrir que Cristo ya está actuando en nuestra vida.
Todo cambia cuando Jesús pronuncia una sola palabra: «¡María!». San Gregorio Magno comenta que primero la llamó «mujer», pero después la llamó por su nombre. Es como si le dijera: «Reconoce a Aquel que te conoce; tú me buscas porque antes Yo te he buscado.»
También nosotros somos conocidos y reconocidos, amados personalmente por Dios. Él llama a cada uno por su nombre, conoce nuestras luchas, nuestras heridas y nuestras esperanzas. No somos una multitud anónima; somos hijos amados, llamados a vivir en comunión con Él.
Las lágrimas de María Magdalena no desaparecen ni se agotan; son transformadas por el encuentro con el Resucitado. Y esas lágrimas parecen fusionarse con a las lágrimas silenciosas de la Santsima Virgen María. Son lágrimas distintas, pero nacidas da la misma fuente, el amor a Jesucristo. María, la Madre, lloró al pie de la cruz; María Magdalena lloró junto al sepulcro. En ambas las lágrimas se abrazan, dolor y la esperanza, la cruz y la Resurrección, el Viernes Santo y la mañana de Pascua.
También nuestras lágrimas surgen para transformarnos y transformarse. Cuando brotan de un corazón que ama y confía en Dios, dejan de ser únicamente expresión de dolor para convertirse en un manantial de esperanza. El Resucitado no desprecia nuestras lágrimas; las recoge, las ilumina y les da un sentido nuevo. Allí donde el mundo contempla fracaso y oscuridad, Cristo hace florecer la vida nueva. También las lágrimas de nuestros pueblos pueden convertirse en semillas de esperanza cuando se encuentran con La Esperanza Resucitada. Ninguna lágrima derramada por amor se pierde. La última palabra nunca la tiene la muerte; la última palabra siempre pertenece al Señor Resucitado.
Entonces Jesús le dice: «Ve y anuncia a mis hermanos.» El encuentro con Cristo siempre conduce a la misión. María Magdalena no anuncia una teoría; anuncia una experiencia: «¡He visto al Señor!»
Ésta sigue siendo la misión de toda la Iglesia. No anunciar simplemente una doctrina, sino una Persona viva. A veces somos testigos de la Resurrección compartiendo la alegría del Evangelio; otras veces lo somos cargando la cruz con esperanza. También podemos ser testigos encarnados de la cruz de Cristo y en medio de nuestros sufrimientos, descubrir que el Señor Resucitado abre caminos nuevos y fortalece nuestra esperanza.
Los santos son los grandes testigos de la Resurrección. En ellos contemplamos cómo la Pascua transforma una vida y la convierte en un signo de esperanza para el mundo. Entre nosotros, en Paraguay, resplandece de manera especial la Beata María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga. Como María Magdalena, tuvo un encuentro profundo con Jesucristo que cambió toda su existencia. Ese encuentro la impulsó a una entrega generosa en la Acción Católica, al servicio de los jóvenes, de las familias, de los enfermos y de los más necesitados. Su amor al Señor se convirtió en servicio concreto, sensibilidad frente al sufrimiento y compromiso con la evangelización. Ella nos recuerda que quien encuentra al Resucitado nunca se encierra en sí mismo, sino que sale al encuentro de los hermanos.
Queridos hermanos de Cáritas: ésta es también la identidad más profunda de su misión. Cáritas no es simplemente una organización de asistencia; es la expresión organizada de la caridad de la Iglesia. Su servicio nace del encuentro con Cristo Resucitado y encuentra en la Eucaristía su fuente permanente.
Providencialmente, en Paraguay estamos viviendo el Año del Bien Común, iluminados por la palabra de Jesús: «Denles ustedes de comer» (Mc 6,37). Este mandato expresa admirablemente la esencia de la Eucaristía. Cristo toma el pan, lo bendice, lo parte y lo entrega; luego invita a sus discípulos a hacer lo mismo. Quien participa del Pan de Vida no puede permanecer indiferente ante el hambre de pan, de justicia, de dignidad, de trabajo, de paz y de esperanza que padecen tantos hermanos. La Eucaristía prolonga su fuerza en la caridad, y la caridad encuentra en la Eucaristía su fuente y su culmen. Allí aprendemos que el bien común no es una idea abstracta, sino el fruto del amor compartido, de la concordia y del servicio que pone la dignidad de toda persona en el centro.
Nuestros pueblos conocen demasiadas veces las cenizas de la desesperanza. Pero cuando se tejen redes de fraternidad, cuando se defiende la dignidad de los pobres, cuando se acompaña a quienes sufren, cuando se cuida la casa común y se promueve el desarrollo humano integral, el Resucitado sigue moviendo las piedras de tantos sepulcros.
Pidamos hoy a Santa María Magdalena que nos enseñe a buscar siempre al Señor con perseverancia; a la Santísima Virgen María, que transforme nuestras lágrimas en esperanza pascual;
Que el Señor Resucitado pronuncie también nuestro nombre y nos envíe desde esta Eucaristía a vivir el mandato que resume la misión de la Iglesia: «Denles ustedes de comer.» Y que, como María Magdalena, podamos anunciar con la vida más que con las palabras:
«¡He visto al Señor!»
Asunción, 22 de julio de 2026
Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
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