Novenario en honor de San Lorenzo

Tema: “Garantizar tierra, techo y trabajo”

1. Queridos hermanos y hermanas, me alegra volver una vez más para celebrar la Santa Misa con todos ustedes en esta querida Iglesia Catedral de San Lorenzo, en el marco del novenario en honor de nuestro santo patrono. Este año mi alegría ha sido aún mayor, porque el pasado 9 de julio la Diócesis de San Lorenzo culminó la celebración del Jubileo por los veinticinco años de su creación. Damos gracias al Señor por estos veinticinco años de abundantes frutos: por las vocaciones, por las parroquias y comunidades, por el generoso ministerio de los sacerdotes y diáconos, por la vida consagrada y por tantos fieles laicos que han hecho crecer esta Iglesia con espíritu misionero y evangelizador.

2. Quiero invitar también a toda la comunidad a elevar una oración por nuestro querido Obispo, Mons. Joaquín Hermes Robledo Romero, para que el Señor continúe fortaleciendo su salud. Mientras guarda estos días de necesario reposo en su hogar, que le conceda un pronto y pleno restablecimiento.

3. En este tercer día de nuestro novenario en honor de San Lorenzo, que iniciamos con la celebración de esta Eucaristía, reflexionamos sobre un tema de gran actualidad: garantizar tierra, techo y trabajo. Son tres bienes fundamentales para la vida de toda persona y de toda familia. A la luz del Evangelio y del ejemplo de San Lorenzo, descubriremos que trabajar por estos bienes es también una expresión concreta de la fe y de la caridad cristiana.

4. También a nosotros, que vivimos estos días de oración en honor de San Lorenzo, el profeta Isaías nos dirige hoy una invitación llena de esperanza: «Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; vengan y coman.» El Señor nos llama a acercarnos a Él con nuestras alegrías, preocupaciones, cansancios y esperanzas. Nos invita a escuchar su Palabra, a renovar nuestra alianza con Él y a descubrir que solo Dios puede colmar la sed más profunda del corazón humano. Quien acoge esta invitación del Señor encuentra la fuerza para seguir caminando con fe, esperanza y caridad.

5. El salmo responsorial nos hace proclamar con confianza: «Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores.» Dios nunca abandona a sus hijos. Él sigue abriendo su mano para sostenernos con su providencia. Pero también quiere servirse de nuestras manos. Quien participa de la Eucaristía está llamado a abrir sus manos para compartir el pan cotidiano, la solidaridad, la cercanía y la esperanza con quienes más lo necesitan.

6. En la segunda lectura, san Pablo nos llena de consuelo al afirmar que nada podrá separarnos del amor de Cristo: ni el hambre, ni la angustia, ni la persecución, ni las dificultades de la vida. Ese amor sostiene a tantas familias que luchan cada día por salir adelante y nos impulsa a convertirnos también nosotros en instrumentos del amor de Dios. Quien experimenta el amor de Cristo aprende también a amar, a servir y a compartir con alegría.

7. El Evangelio nos presenta una escena profundamente conmovedora. Jesús ve a la multitud que lo ha seguido y se compadece de ella. Cura a los enfermos y, cuando llega la tarde, los discípulos le dicen: «Despide a la gente para que vaya a comprar algo de comer». Pero Jesús responde con una frase que sigue resonando hoy en la Iglesia: «Denles ustedes de comer.» No les pide que se desentiendan del problema, sino que se hagan responsables del hambre y de las necesidades de sus hermanos.

8. Los discípulos responden que solo tienen cinco panes y dos peces. Humanamente parece muy poco para tanta gente. Pero Jesús toma esos panes y esos peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, los parte y los entrega a los discípulos para que los distribuyan. Todos comieron hasta saciarse y todavía sobraron doce canastos. El Señor nos enseña que, cuando ponemos con generosidad en sus manos lo poco que tenemos, Él lo multiplica para el bien de todos.

9. Este Evangelio nos conduce naturalmente a la Eucaristía, que estamos celebrando. En cada Santa Misa, Cristo vuelve a tomar el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se nos entrega como alimento de vida. De la Eucaristía nace la fuerza para amar, servir y compartir. No podemos separar el altar de la vida ni la comunión con Cristo del compromiso con nuestros hermanos.

10. En este camino contemplamos también a San Lorenzo, diácono y mártir de la Iglesia de Roma. Como diácono tenía una doble misión inseparable: servir en el altar y servir a los pobres. Comprendió que el mismo Cristo que adoraba en la Eucaristía salía a su encuentro en el pobre, en el enfermo, en la viuda, en el huérfano y en toda persona necesitada. Los tesoros de la Iglesia.

11. Precisamente por ese amor a Cristo y por su compromiso con los pobres, San Lorenzo fue condenado a muerte y entregó su vida como mártir. Su caridad no fue solamente una obra de solidaridad, sino una expresión concreta de su fe. Comprendió que servir a los más necesitados era servir al mismo Cristo. Por eso su testimonio sigue siendo un llamado para toda la Iglesia a vivir una fe que se traduzca en obras de amor, de justicia y de servicio.

12. El tema que hoy nos propone este novenario —garantizar tierra, techo y trabajo— nace del mismo Evangelio. Cuando Jesús dice: «Denles ustedes de comer», nos enseña que toda persona merece vivir con la dignidad de hijo e hija de Dios. Son tres bienes fundamentales para que las personas y las familias puedan vivir con dignidad, crecer en paz y mirar el futuro con esperanza.

13. En nuestro país se vienen realizando importantes esfuerzos para responder a estas necesidades. Valoramos el compromiso de tantas organizaciones sociales, de la Iglesia y de miles de voluntarios que acompañan a familias en situación de vulnerabilidad. También reconocemos los esfuerzos que viene realizando el Estado, a través de distintos programas habitacionales y de promoción del empleo. Son pasos importantes que merecen ser fortalecidos, porque todavía muchas familias esperan acceder a una tierra segura, a un techo digno y a un trabajo estable.

14. Pensemos especialmente en tantas familias que viven en territorios sociales, muchas de ellas con una tenencia precaria de la tierra y en viviendas que aún no reúnen las condiciones necesarias para una vida digna. Pensemos también en tantos jóvenes que desean trabajar y no encuentran oportunidades, y en quienes se ven obligados a emigrar dejando a sus familias para buscar un futuro mejor. El mandato del Señor, «Denles ustedes de comer», interpela nuestra conciencia y nos llama a promover políticas públicas cada vez más eficaces que garanticen el acceso a la tierra, al techo y al trabajo digno. Es una tarea que compromete al Estado, a los gobiernos locales, al sector privado, a las organizaciones sociales, a la Iglesia y a toda la sociedad. Solo una auténtica alianza entre todos permitirá construir un país donde cada persona y cada familia viva con la dignidad que Dios quiere para sus hijos.

15. Sin embargo, cuando hablamos de tierra, techo y trabajo, debemos ir todavía más al fondo. Todo ello tiene sentido porque está al servicio de la dignidad de la persona humana. Cada hombre y cada mujer han sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso, defender la dignidad humana significa cuidar integralmente a la persona: su vida, su salud, su educación, su libertad, su familia, su trabajo y su desarrollo espiritual. La persona humana debe ser siempre el centro y el fin de toda acción social, económica y política; nunca un medio ni un instrumento.

16. Entre las heridas más dolorosas de nuestro tiempo están las adicciones, especialmente la drogadicción, la violencia, la trata de personas y toda forma de explotación. Nos preocupan también las nuevas formas de esclavitud que degradan la dignidad humana. Nos duelen los abusos contra niños, niñas y adolescentes, que en no pocos casos ocurren incluso dentro del propio entorno familiar. Toda forma de violencia contra los más pequeños es una grave ofensa a su dignidad y un pecado que clama al cielo.

17. La familia está llamada a ser el primer espacio donde se protege, se educa y se ama a los hijos. Los padres son los primeros e irrenunciables educadores de sus hijos. Es la primera escuela de valores, de fe y de respeto por la vida. Al mismo tiempo, toda la sociedad tiene el deber de velar por los niños y adolescentes. Ante cualquier sospecha de abuso, explotación o violencia, no podemos permanecer indiferentes; proteger a los más vulnerables es una responsabilidad de todos.

18. También queremos recordar a quienes sufren la enfermedad, la soledad, la pobreza, el abandono o la falta de oportunidades. Nadie debe sentirse descartado. Una sociedad verdaderamente humana se construye cuando pone en el centro a la persona, especialmente a quien más necesita ser acompañado. La Iglesia quiere ser una casa donde nadie se sienta excluido y seguirá anunciando el Evangelio mientras tiende la mano a quienes más sufren, porque en ellos reconoce el rostro de Cristo.

19. Al acercarnos al altar para participar de la Eucaristía, pidamos al Señor que transforme también nuestro corazón. Que aprendamos de San Lorenzo a unir inseparablemente el amor a Cristo con el servicio a los pobres; que sepamos compartir los dones que Dios nos concede y comprometernos para que cada vez menos personas carezcan de tierra, de techo, de trabajo, de educación, de salud y de esperanza.

20. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, y San Lorenzo, nuestro santo patrono, intercedan por esta querida diócesis, por su Obispo, por sus sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y fieles laicos, para que sigamos siendo una Iglesia que celebra con alegría la Eucaristía y la convierte en vida, construyendo una sociedad donde reine la justicia, la fraternidad y la paz.

Amén.

San Lorenzo, 02 de agosto de 2026

Card. Adalberto Martinez Flores

Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción