SANTA MISA
HOMILÍA 

Domingo de Buen Pastor.

Comenzamos con el Salmo 23 —“El Señor es mi pastor, nada me faltará”— donde reconocemos a Jesús como el Buen Pastor, aquel que nos guía por el camino de la vida. No es un pastor distante; camina con su rebaño, va delante de él, lo acompaña, lo busca cuando se pierde, no lo abandona jamás. Él nos conoce por nombre, como dice el Evangelio: llama a sus ovejas por su nombre; y resuena también aquella palabra entrañable del Señor: Te he llamado por tu nombre, tú me perteneces.Nos conoce personalmente, con amor único e irrepetible. Aun cuando atravesemos cañadas oscuras, su vara y su cayado nos sostienen, porque su presencia es nuestra seguridad.

Este Buen Pastor tiene el rostro de Jesús que, como contemplamos especialmente en la Última Cena, nos amó hasta el extremo, dando la vida por su rebaño. No ama con palabras solamente, sino entregándose. Su amor tiene la medida de la cruz.

Y hoy el mismo Jesús nos dice: Yo soy la puerta. Él es la puerta: Jesús nacido en el portal de Belén, en el refugio de una cueva, donde nace el Niño Dios para ser nuestro refugio y amparo; Aquel que pasó por esta tierra haciendo siempre el bien. Su Corazón abierto es puerta de misericordia; Corazón misericordioso que nos llama a entrar de amor en el Amor, en el misterio mismo de Dios.

Como san Juan en la Última Cena, también nosotros estamos invitados a recostarnos en el pecho del Señor para escuchar los latidos del amor, los latidos de Dios, el palpitar de ese Corazón que ama hasta el extremo. Allí, junto al Corazón de Cristo, aprendemos el misterio del amor que salva.

Y ese Corazón traspasado en la cruz, del que brotaron sangre y agua, nos muestra que la puerta por la que entramos a la vida es la misericordia. Por sus llagas hemos sido curados; por su amor hemos sido redimidos; por su Corazón abierto somos introducidos en la vida abundante que el Buen Pastor vino a ofrecernos.

Entrar por esa puerta es entrar en la lógica del Evangelio, en la comunión con Dios, en el camino del bien común Denles ustedes de comer, en una vida reconciliada. Es dejarnos pastorear por Aquel que nos conoce por nombre y nos ama personalmente.

El Evangelio nos pone también ante un contraste muy concreto. Jesús no sólo se revela como el Buen Pastor y la Puerta; habla también de los ladrones y bandidos, de aquellos que no entran por la puerta del redil sino que buscan otros caminos. Son quienes pretenden acercarse al rebaño no por el camino de la verdad y del servicio, sino por senderos de interés, dominio o manipulación. No buscan a las ovejas por amor, sino por provecho.

Son aquellos que despiertan confianza para después esquilar las ovejas, aprovecharse de ellas, cargarlas en vez de aliviarlas. Pastores que usan a las personas en vez de servirlas. Unos quitan vida; Cristo la da en abundancia. Unos dispersan; Cristo reúne. Unos hieren; Cristo sana.

Contemplamos a Cristo como el Inocente sufriente, que carga con nuestros pecados y sube al madero de la cruz. Él pasó por el juicio, por la cruz y por el sepulcro. El Pastor se hizo Cordero por sus ovejas.

Los falsos pastores cargan a otros con sufrimientos; Cristo carga sobre sí nuestros sufrimientos para salvarnos. El mal pastor explota; el Buen Pastor se entrega. Seguir al Buen Pastor es reconocer su voz que conduce a la verdad, a la libertad y a la vida.

Que hoy, contemplando al Buen Pastor, podamos decir: Señor, llévanos a tu Corazón; haznos entrar por la puerta de tu amor, para vivir en tus pastos eternos.

Hoy recordamos con gratitud a quienes serán ordenados diáconos: Luis Javier Pérez Restrepo, Samuel Fernando Proaño Herrera y Guillermo Hernán Alonzo Sanabria, don para la Iglesia.

Jesús es el Diácono por excelencia, Siervo de los siervos; no vino a ser servido sino a servir. En la Última Cena el Señor se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos. El Maestro se hace servidor. Jesús no sólo nos lava los pies; nos ha lavado y purificado el corazón con la sangre y el agua de su costado abierto.

El diaconado nace del servicio humilde y del sacrificio redentor. El diácono transparenta el rostro de Cristo servidor.

Queridos ordenandos, sean diáconos según el corazón de Cristo: servidores de la Palabra, del altar y de los pobres; hombres de comunión, cercanía y misericordia. Que en ustedes el pueblo pueda reconocer algo del Cristo que se ciñe la toalla del servicio, del Pastor que busca a la oveja perdida y del Siervo que entrega la vida por sus hermanos.

Recordamos hoy muy especialmente a las familias en su día, primer redil donde aprendemos a escuchar la voz del Señor, primer santuario donde se custodia la vida y primera escuela donde se aprende a amar, perdonar y compartir.

La familia desarrolla una función de formación humana insustituible; padres y madres están llamados a ser buenos pastores que guían a sus hijos, los cuidan, los corrigen con amor y les dan la leche buena de la Palabra, alimentándolos con la fe y el Evangelio.

El testimonio de los padres educa a los hijos en el respeto de la dignidad humana, en los valores éticos y morales; allí se aprende a honrar a Dios, a ejercer la libertad con responsabilidad y a comprender que la vida se realiza en el don de sí.

La familia es también cuna de vocaciones, donde nacen y maduran las primeras llamadas al amor, al servicio, al matrimonio cristiano, al sacerdocio y a la vida consagrada. Hoy oramos muy especialmente por las vocaciones sacerdotales, diaconales y a la vida consagrada. .

Defender la familia es defender la persona, la vida y el futuro de los pueblos. En este Año del Bien Común Denles ustedes de comerreconocemos que en la familia se aprende a compartir el pan, a vivir la solidaridad y a construir fraternidad.

Oramos por las familias paraguayas, por aquellas fortalecidas en el amor y también por las que atraviesan pruebas y sufrimientos. Que el Buen Pastor las sostenga y haga florecer en ellas la reconciliación, la esperanza y la paz.

Que María, Madre y Reina de las familias, acompañe nuestros hogares y los haga verdaderas iglesias domésticas.

Recordamos hoy, 26 de abril, Día del Periodista, y expresamos gratitud por quienes tienen la noble misión de comunicar, informar y servir a la verdad. Que su palabra contribuya a la justicia, a la paz social y a una convivencia más fraterna.

Recordamos también con aprecio a las secretarias en su día, agradeciendo una vocación de servicio muchas veces silenciosa, pero indispensable. Con dedicación, orden y discreción sostienen cotidianamente tantas tareas y hacen posible, con paciencia y responsabilidad, el buen funcionamiento de nuestras comunidades e instituciones.

Volvemos la mirada a la Virgen María, venerada como Madre del Buen Pastor, que acompaña al rebaño y lo conduce a Jesús. En ella contemplamos la ternura materna que reúne, consuela y guía.

Ella conoce como nadie el corazón del Buen Pastor y nos enseña a escuchar su voz y seguir sus huellas. Ella nos conduce siempre a Cristo, puerta de la salvación y Pastor de nuestras almas.

Le confiamos a ella a nuestros obispos, nuevos diáconos, familias paraguayas, a los periodistas y a las secretarias, a quienes recordamos con gratitud en su día, y a todo el pueblo fiel. Que María, Madre del Buen Pastor, nos cobije bajo su manto y nos enseñe a vivir como un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Santa María, Madre del Buen Pastor, acompáñanos con tu ternura maternal; enséñanos a escuchar los latidos del Corazón de tu Hijo, a seguir su voz, a entrar por la puerta de su misericordia y a caminar juntos construyendo el bien común. Y cuando atravesemos cañadas oscuras, llévanos a los pastos eternos del Reino. Amén.

26 de abril de 2026

+ Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano