HOMILÍA
Primer día del Novenario de Nuestra Señora de la Asunción
Miércoles de la XVIII Semana del Tiempo Durante el Año
Jer 31,1-7; Jer 31,10-13; Mt 15,21-28
Queridos hermanos y hermanas:
Con inmensa alegría iniciamos hoy el novenario en honor de Nuestra Señora de la Asunción, Patrona de nuestra Arquidiócesis, de nuestra ciudad capital y de la República del Paraguay.
Durante estos nueve días la Iglesia nos invita a preparar el corazón mediante la oración, la escucha de la Palabra de Dios, la conversión y la celebración de los sacramentos, para llegar con un espíritu renovado a la fiesta de nuestra Madre Santísima. Es un tiempo para volver a aprender de María cómo seguir más fielmente a Jesucristo.
Este año nuestro novenario tiene un significado especial. Celebramos los 75 años de la proclamación de Nuestra Señora de la Asunción como Patrona de la República del Paraguay, realizada por el papa Pío XII en 1951. Recordamos también que el 13 de agosto de ese mismo año fue proclamada Mariscala de las Fuerzas Armadas del Paraguay.
Este título debe entenderse en su verdadero sentido. No significa un rango militar ni un poder humano. La Iglesia, desde hace siglos, ha expresado su amor a María con numerosos títulos: Madre de la Iglesia, Reina de los Apóstoles, Reina de la Paz, Reina de los Ángeles y tantos otros que rezamos en las letanías del Santo Rosario. Del mismo modo, el título de Mariscala expresa el cariño y la gratitud de un pueblo hacia su Madre. El bastón de mando que sostiene no simboliza dominio, sino servicio. María nos enseña que la verdadera autoridad consiste en servir a Dios y a los hermanos.
Dentro de pocos días bendeciremos una nueva imagen de Nuestra Señora de la Asunción. Será una ocasión para renovar nuestra consagración filial y agradecer que nuestra ciudad haya nacido bajo el patrocinio de Santa María, llevando desde su fundación el nombre de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, desde donde partió la evangelización de esta región, razón por la cual nuestra capital es conocida como la Madre de Ciudades.
Pero este novenario es, sobre todo, una oportunidad para contemplar a María como la mujer más gloriosa de la historia de la salvación.
¿Y qué significa llamarla la más gloriosa? No porque haya buscado honores o poder, sino porque dejó que Dios obrara plenamente en ella. Su gloria nace de su humildad; su grandeza, de su servicio; su honor, de haber respondido: «He aquí la servidora del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
Cuando contemplamos el misterio de la Asunción contemplamos también el destino que Dios preparó para ella. La Iglesia proclama que María fue asunta en cuerpo y alma al cielo. La Toda Inmaculada no conoció la corrupción del sepulcro, porque participó plenamente de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. En ella contemplamos anticipadamente el destino que Dios quiere regalar a todos los que permanecen fieles a su Hijo.
Todo hijo procura parecerse a su madre. También nosotros, como hijos e hijas de María, estamos llamados a imitar su fe, su pureza de corazón, su humildad, su obediencia y su disponibilidad para servir.
La primera lectura, tomada del profeta Jeremías (31,1-7), nos ha regalado una de las frases más hermosas de toda la Biblia: «Yo te amé con un amor eterno; por eso te atraje con fidelidad» (Jer 31,3).
Estas palabras revelan el corazón de Dios. Él nunca abandona a su pueblo. Aun cuando Israel experimentó el destierro, el sufrimiento y la derrota, Dios permaneció fiel. Ese mismo amor eterno alcanzó de manera singular a María, elegida para ser la Madre del Salvador, y alcanza también hoy a cada uno de nosotros.
¡Qué necesario es escuchar nuevamente estas palabras en nuestro Paraguay! También nuestro pueblo necesita volver a descubrir que Dios no se cansa de amarnos, que nunca deja de buscarnos y que siempre abre un camino de esperanza.
El profeta anuncia además una restauración: Dios reconstruirá a su pueblo, devolverá la alegría y hará florecer nuevamente la vida. También nosotros necesitamos reconstruir nuestras familias, fortalecer la confianza entre nosotros, defender la vida, promover la justicia y poner nuevamente a Dios en el centro de nuestra existencia.
El salmo responsorial (Jer 31,10-13) responde con otra imagen llena de ternura: «El Señor nos cuidará como un pastor.» El pastor conoce a sus ovejas, busca a las que se pierden, cura a las heridas y carga sobre sus hombros a las más débiles.
María participa de esa solicitud maternal conduciéndonos siempre hacia Jesucristo, el Buen Pastor. Ella conoce también nuestros dolores. El salmo dice: «Yo cambiaré su duelo en alegría» (Jer 31,13). Cuántas personas llegan a este novenario con heridas profundas, preocupaciones familiares, enfermedades o dificultades económicas. María permaneció de pie junto a la cruz y, por eso mismo, comprende el sufrimiento de sus hijos y nos sostiene en la esperanza.
En el Evangelio según san Mateo (15,21-28) encontramos a otra mujer: la mujer cananea. Era extranjera y sufría por su hija enferma. Sin embargo, no perdió la esperanza. Perseveró en la oración hasta escuchar de labios de Jesús: «¡Mujer, qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» (Mt 15,28).
No es la única vez que Jesús se acerca a una mujer. Los Evangelios nos muestran continuamente cómo el Señor devuelve a la mujer la dignidad que muchas veces la sociedad le negaba. Dialoga con la samaritana, sana a la hemorroísa, consuela a la viuda de Naín, perdona a la mujer pecadora, acoge a Marta y María, salva a la mujer sorprendida en adulterio y, después de resucitar, se aparece primero a María Magdalena.
Jesús escucha a las mujeres, reconoce su fe, las sana, las llama por su nombre y les confía una misión. Y entre todas ellas resplandece María, la llena de gracia, la primera discípula y la Madre de la Iglesia. También hoy el Señor sigue escuchando el clamor de tantas madres, esposas, abuelas, consagradas y de tantas mujeres que sufren la pobreza, la violencia, la exclusión o la soledad. La Iglesia está llamada a defender siempre la dignidad de toda mujer.
Pero María no solamente nos invita a contemplarla; nos conduce siempre hacia su Hijo. Las últimas palabras que el Evangelio conserva de ella constituyen su testamento espiritual: «Hagan todo lo que Él les diga» (Jn 2,5).
Allí está el camino de la verdadera devoción mariana. Amar a María significa escuchar a Jesucristo y vivir su Evangelio.
¿Qué nos dice Jesús? Nos entrega su Palabra y nos enseña el camino de los mandamientos. No son una carga, sino un camino de libertad, de justicia y de amor. Cuando dejamos de hacer lo que Cristo nos dice, comienza la corrupción del corazón. Y toda corrupción social nace primero de una corrupción espiritual.
Cuando se deja de amar a Dios sobre todas las cosas, cuando se desprecia su Nombre, cuando se olvida el Día del Señor, cuando se falta al respeto a los padres, cuando se atenta contra la vida, contra la familia, cuando se roba, se miente, se codicia lo ajeno o se explota al más débil, el pecado termina destruyendo la dignidad de la persona y también la convivencia de la sociedad.
La corrupción no empieza en las instituciones; empieza en el corazón humano cuando deja de escuchar a Dios.
Por eso este novenario se celebra en el Año del Bien Común, bajo el lema: «Denles ustedes de comer» (Mt 14,16). Ese mandato de Jesús no se refiere solamente al pan material. Nos invita también a alimentar al hermano con justicia, verdad, solidaridad, honestidad, reconciliación y esperanza.
No podemos decir que amamos a María si permanecemos indiferentes ante los pobres, los enfermos, los ancianos, los niños, los pueblos indígenas, los migrantes, las víctimas de la violencia o quienes viven descartados por la sociedad. María fue de prisa a servir a Isabel; permaneció junto a la cruz; estuvo con los discípulos en Pentecostés. Toda su vida fue servicio.
Queridos hermanos, iniciemos este novenario con un corazón abierto a la gracia de Dios. Dejémonos amar por ese amor eterno del que nos habla Jeremías; dejémonos cuidar por el Buen Pastor del que canta el salmo; aprendamos de la fe perseverante de la mujer cananea; y hagamos nuestro el programa de vida que María nos dejó: «Hagan todo lo que Él les diga.»
Si vivimos la Palabra de Dios, si guardamos sus mandamientos y si servimos a nuestros hermanos, especialmente a los más pobres y vulnerables, estaremos honrando verdaderamente a Nuestra Señora de la Asunción.
Que ella, Madre del Paraguay, Patrona de nuestra República, Madre de Ciudades y Madre de la Iglesia, interceda por nosotros para que vivamos el Evangelio con fidelidad y construyamos una patria reconciliada, justa, solidaria y en paz.
05 de agosto de 2026
Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
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