Queridos hermanos y hermanas:
Durante estos días del novenario nos hemos preparado para celebrar la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. Agradecemos a todos los celebrantes que, en cada jornada, nos han iluminado con la Palabra que la liturgia nos proponía. Cada predicación ha sido como una tesela —una pequeña pieza que, unida a otras, forma un mosaico—. Sin embargo, por más que contemplemos la belleza de este mosaico, nunca terminaremos de describir plenamente el perfil humano y celestial de la Virgen María: mujer humilde de nuestra tierra y Madre gloriosa elevada al cielo.
Ella misma, la Virgen Santa, es como un hermoso mosaico de la Palabra de Dios. Cada palabra escuchada, acogida y vivida fue como una tesela que fue formando toda su existencia. María se dejó revestir completamente por la Palabra: esa fue su mejor vestidura y su más bello atavío. Por eso aparece en el Apocalipsis revestida de sol, porque primero se dejó iluminar y transformar enteramente por Dios. En ella, la Palabra se hizo fe, obediencia, servicio y vida.
San Juan Damasceno, llamado así porque nació en Damasco —la actual capital de Siria, situada en Oriente Medio—, vivió aproximadamente entre los años 675 y 749. Fue monje, sacerdote y un gran teólogo. Hace aproximadamente 1.277 años ya hablaba y predicaba sobre la Asunción de la Virgen María, recogiendo lo que la antigua tradición de la Iglesia creía, enseñaba y celebraba acerca de su gloriosa elevación en cuerpo y alma a los cielos.
San Juan Damasceno se preguntaba: «¿Cómo puede la corrupción apoderarse de un cuerpo que es fuente de la vida?». Y afirmaba que era conveniente que aquella que llevó en su seno al Creador habitara para siempre en las moradas celestiales. Con un lenguaje lleno de belleza, imagina a Cristo recibiendo a su Madre y diciéndole: «Ven a mi descanso, bendita Madre mía; levántate, ven, amiga mía, la más hermosa de las mujeres».
La Asunción es el encuentro definitivo entre la Madre y el Hijo. Aquella que recibió a Jesús en sus brazos en Belén es ahora recibida por Él en la gloria del cielo. Aquella que permaneció fiel junto a la cruz participa plenamente de la victoria de su Hijo sobre el pecado y la muerte.
El papa Francisco, al meditar las lecturas que hoy hemos escuchado, nos propone tres palabras: lucha, resurrección y esperanza.
La primera palabra es lucha. El Apocalipsis nos presenta a la Mujer revestida de sol y, frente a ella, al enorme dragón que pretende devorar a su hijo (cf. Ap 12,1-6). Esta imagen representa la lucha entre el bien y el mal, entre el proyecto de Dios y todas las fuerzas que destruyen, oprimen y atropellan la dignidad humana.
María Santísima no contempla esta lucha desde lejos. Como Madre de Cristo y de la Iglesia, permanece junto a sus hijos y acompaña especialmente a quienes sufren los males que golpean a nuestro país: los niños y jóvenes violentados y abusados; las víctimas de la trata de personas; quienes son utilizados para el provecho de otros; los campesinos y los pueblos indígenas expulsados de sus propias tierras; los enfermos que padecen grandes dolores en el cuerpo y en el alma; y quienes viven oprimidos por injusticias que claman al cielo.
María está junto a las familias que buscan refugio, consuelo y justicia, pero muchas veces solamente encuentran puertas cerradas, respuestas tardías y una dolorosa indiferencia. No podemos permanecer indiferentes, porque cuando una persona es humillada, utilizada o abandonada, toda nuestra sociedad resulta herida.
Ante estas realidades, debemos apostar siempre por el diálogo sincero y respetuoso, especialmente cuando existen diferencias. No podemos quedarnos solamente en la indignación ni permitir que esta se transforme en enfrentamiento, desprecio o violencia. No basta con indignarnos ante las injusticias o las grandes discordias; es necesario comprometernos, dialogar y actuar juntos para transformarlas.
Podemos comenzar diariamente en nuestras familias, comunidades, lugares de trabajo y allí donde nos encontremos. La concordia y la paz se construyen mediante gestos cotidianos de escucha, respeto, perdón y servicio. Dialogar no significa renunciar a la verdad ni guardar silencio ante el mal; significa buscar juntos caminos de justicia y trabajar para superar las causas del sufrimiento.
La segunda palabra es resurrección. San Pablo proclama que Cristo resucitó como primicia de quienes habían muerto (cf. 1 Co 15,20). El papa Francisco nos recuerda que la Asunción de María solamente puede comprenderse a la luz de la resurrección de Cristo. Jesús entró definitivamente en la vida eterna con la humanidad que había recibido de María; y ella, que permaneció unida a su Hijo durante toda su vida y junto a la cruz, fue atraída por Él a la gloria del cielo.
Aquí volvemos a las palabras de san Juan Damasceno: no podía quedar sometido a la corrupción el cuerpo de aquella que había llevado en su seno al Autor de la vida. Era conveniente que la Madre fuera llevada hasta el Hijo y habitara en las moradas celestiales. La antigua enseñanza de san Juan Damasceno y la reflexión del papa Francisco se encuentran en una misma certeza: la Asunción de María nace de la victoria pascual de Cristo.
María es la primera de los redimidos y en ella contemplamos anticipadamente el destino que Dios prepara para nosotros. Su Asunción nos enseña que nuestro cuerpo, nuestra historia, nuestros esfuerzos y sufrimientos están llamados a ser transformados por Dios. No caminamos hacia la nada: caminamos hacia la vida plena en la casa del Padre.
La tercera palabra es esperanza. El Magníficat, proclamado por María en el Evangelio según san Lucas (cf. Lc 1,46-55), es el canto de la esperanza de los pequeños y de los humildes. María reconoce su pequeñez: «Ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48). No se atribuye ningún mérito, sino que reconoce que todo es gracia: «El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas» (Lc 1,49).
Dios miró la humildad de María y, por medio de ella, realizó maravillas. Eligió a una joven sencilla de Nazaret para que fuera la Madre de su Hijo. Así nos muestra que realiza sus obras más grandes por medio de quienes se reconocen pequeños, confían en Él y se ponen a su servicio.
Pero el Magníficat anuncia también las maravillas que Dios quiere realizar en la historia: «Dispersa a los soberbios de corazón, destrona a los potentados y exalta a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide sin nada» (Lc 1,51-53).
Estas palabras tienen una profunda dimensión social. Dios escucha el clamor de los pobres, defiende la dignidad de los pequeños y cuestiona a quienes utilizan el poder para su propio beneficio. Por eso, no podemos celebrar la Asunción mirando solamente hacia el cielo y olvidándonos de los dolores de la tierra.
El cántico de María nos interpela ante el hambre, la falta de medicamentos, la desigualdad, la corrupción, la violencia y la ausencia de oportunidades. Nos invita a preguntarnos si nuestras decisiones y nuestras instituciones están verdaderamente al servicio del pueblo, principalmente de los más vulnerables. El poder, según el Evangelio, no es privilegio ni dominio: es responsabilidad y servicio.
María no propone enfrentar a unos contra otros. Ella anuncia la justicia de Dios, que restaura la fraternidad, corrige las desigualdades y devuelve su dignidad a quienes han sido postergados. Su Magníficat nos llama a construir una sociedad en la que nadie sea abandonado, donde los bienes lleguen a todos y las autoridades trabajen con honestidad por el bien común.
La Asunción nos recuerda que el mal, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra. La última palabra pertenece a Dios, y esa palabra es vida, justicia, resurrección y gloria. Como enseñaba el papa Francisco: «No se dejen robar la esperanza».
Pidamos a la Nuestra Señora de Asunción que nos enseñe a luchar sin desanimarnos, a creer firmemente en la resurrección de Cristo y a conservar viva la esperanza. Que acompañe a nuestra Iglesia, proteja a nuestras familias y ayude a todo el pueblo paraguayo a vivir en fraternidad, justicia, concordia y paz.
Asunción, 15 de agosto de 2026.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
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