Peregrinación de Monaguillos en homenaje a san Roque González de Santa Cruz en el 450.º aniversario de su nacimiento

Catedral Metropolitana de Asunción Domingo 16 de agosto de 2026

1. Queridos niños y niñas; queridos monaguillos y monaguillas; sacerdotes, padres de familia, catequistas y hermanos todos:

2. ¡Qué alegría recibirlos en la Catedral Metropolitana para celebrar el Primer Encuentro de Monaguillos de nuestra Arquidiócesis! Sean todos muy bienvenidos. Han peregrinado desde la Plaza de Armas acompañando la reliquia de san Roque González de Santa Cruz y han venido acompañados por sus padres y familiares, sus sacerdotes y sus comunidades parroquiales. Hoy nos reunimos como una gran familia alrededor del altar del Señor.

3. Hoy, esta Catedral dedicada a Nuestra Señora de la Asunción los recibe con mucho amor y alegría, como los recibe nuestra Madre, la Virgen María. En la casa de Dios hay lugar para todos los pueblos, todas las familias y todos los niños.

4. La primera lectura nos presenta una hermosa promesa de Dios: «Los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración», porque «mi templo será casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7). Dios abre las puertas de su casa y acoge a todos los que se acercan a Él.

5. Este encuentro tiene un motivo muy especial: conmemoramos los 450 años del nacimiento de san Roque González, primer santo paraguayo. Él también fue un niño de esta ciudad de Asunción. Creció en una familia numerosa, hablando la lengua guaraní y conociendo desde pequeño la cultura y el corazón de nuestro pueblo. La tradición cuenta que, siendo joven, invitaba a sus amigos a retirarse con él para orar.

6. Aquel niño asunceno llegó a ser sacerdote, misionero y defensor de los pueblos indígenas. Entregó enteramente su vida a Cristo y al anuncio del Evangelio. Su testimonio nos enseña que el camino de la santidad puede comenzar desde la niñez, mediante la oración, la amistad con Jesús y el servicio a los demás.

7. Queridos monaguillos, quiero agradecerles porque han respondido con alegría a esta hermosa vocación de servir a Jesús y a su Iglesia. Ustedes saben lo que significa ser monaguillo: no consiste solamente en ponerse el alba o conocer los movimientos de la celebración. Cuando llevan la cruz, sostienen los cirios, acercan el pan y el vino o ayudan al sacerdote, prestan un verdadero servicio a Jesús y a toda la comunidad. Permanezcan cerca del altar, crezcan en la amistad con el Señor y aprendan de Él a servir también en sus familias, en la escuela y junto a quienes necesitan ayuda.

8. El Evangelio nos presenta a una mujer cananea, perteneciente a otro pueblo, cuya hija sufría mucho y estaba «terriblemente atormentada por un demonio». Su madre acudió a Jesús y le suplicó: «¡Señor, ayúdame!». Aunque Jesús puso a prueba su fe hablándole del pan de los hijos y de los perritos, ella no se ofendió ni se desanimó. Con humildad y confianza respondió: «Sí, Señor. Pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos» (Mt 15,26-27). Aquella madre confiaba en que incluso una migaja del amor de Jesús bastaría para sanar a su hija. El Señor reconoció su fe: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!», y en aquel mismo instante la niña quedó curada.

9. Jesús nos muestra que ningún niño queda fuera del amor de Dios. Ninguno debe ser rechazado, olvidado ni considerado menos importante. La fe perseverante de aquella madre nos llama a escuchar el clamor de tantos padres y familiares que hoy piden por la vida, la salud y la dignidad de sus hijos.

10. Hoy, 16 de agosto, conmemoramos en Paraguay el Día del Niño. En esta fecha se cumplen 157 años de la batalla de Acosta Ñu, ocurrida el 16 de agosto de 1869. Recordamos a los niños mártires que fueron llevados a aquella lucha encarnizada y perdieron la vida en medio de la guerra. Desde su memoria levantamos nuestra voz: ¡No más guerras, no más muerte de inocentes!

11. Sin embargo, hoy existen otras guerras igualmente crueles y cruentas, en las que nuestros niños continúan siendo víctimas. Muchos sufren pobreza, hambre, malnutrición, falta de acceso a la salud y a la educación, trabajo infantil y carencia de un techo digno. Otros padecen todo tipo de violencia, especialmente violencia familiar: maltrato físico y psicológico, abuso sexual, explotación, trata, abandono, infanticidios y desapariciones. También hay niños que carecen de una identidad plenamente reconocida y de la debida protección del Estado.

12. Frente a estas dolorosas realidades resuenan con más fuerza las palabras de Jesús: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan» (Mt 19,14). Con estas palabras, Jesús nos demuestra cuánto ama, valora y acoge a los niños. También nos enseña que nadie debe obstaculizar su crecimiento ni hacerles daño; por el contrario, todos debemos acompañarlos, cuidarlos y proteger su vida y su dignidad.

13. Todos los niños tienen derechos que debemos respetar y proteger: derecho al pan, a la salud, a la educación y a un techo digno; derecho a una familia que los abrigue, cuide y acompañe; derecho a la vida desde el vientre materno, a nacer y a formarse integralmente como personas. No podemos ofrecerles solamente las migajas de estos derechos, sino todo lo necesario para que crezcan con dignidad, amor y esperanza.

14. Detrás de estas situaciones hay rostros concretos, historias y sufrimientos que no podemos ignorar. Con dolor constatamos que muchas agresiones ocurren dentro del propio entorno familiar, precisamente allí donde los niños deberían sentirse más seguros, amados y protegidos.

15. Frente a estas amenazas, los adultos estamos llamados a librar la gran batalla por la vida y la dignidad de cada niño. Esta misión exige prevenir, escuchar, acompañar, denunciar responsablemente y actuar con decisión ante cualquier hecho que atente contra su integridad corporal, afectiva y espiritual.

16. La familia, la Iglesia, la escuela, el Estado y toda la sociedad debemos trabajar unidos para ofrecer ambientes sanos y seguros. Como la mujer cananea, tenemos que convertirnos en la voz de los niños que no pueden defenderse. Que cada uno encuentre en su familia el hogar acogedor donde pueda «crecer en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (cf. Lc 2,52), rodeado del cariño, el cuidado y la presencia de los suyos.

17. Queridos monaguillos: permanezcan cerca del altar, donde Jesús se entrega por nosotros como Pan de Vida. Él no quiere ofrecerles solamente migajas, sino la plenitud de su amistad, su Palabra, su perdón y su propia vida. Dejen que Él alimente sus corazones para que crezcan como buenos cristianos y ciudadanos honestos.

18. Quizás entre ustedes se encuentre algún futuro sacerdote, religioso o religiosa. Pero todos, cualquiera sea la vocación que reciban, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesús, capaces de construir un Paraguay más justo, fraterno, solidario y en paz.

19. La Virgen María está muy feliz con ustedes porque han venido a peregrinar todos juntos. Que Ella los acompañe para que perseveren con alegría como monaguillos en nuestras parroquias y capillas. Que, junto con sus sacerdotes, sus familias y sus comunidades, encuentren siempre ambientes sanos y seguros donde puedan crecer en la fe, en el servicio y en la santidad. Que san Roque González de Santa Cruz los acompañe y los ayude a servir con alegría, generosidad y fidelidad.

Asunción, 16 de agosto de 2026.

Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción