HOMILÍA
Celebración de Santa Rosa de Lima
XXI Domingo del Tiempo Ordinario
Patrona de la Policía Nacional y santa patrona de nuestra Capellanía
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos con mucha alegría a Santa Rosa de Lima, patrona de la Policía Nacional, santa patrona de nuestra Capellanía y primera santa de América. Este año nuestra celebración tiene además un motivo especial de acción de gracias: conmemoramos los 440 años de su nacimiento. Santa Rosa nació en Lima el 20 de abril de 1586 y murió en la misma ciudad el 24 de agosto de 1617, con apenas 31 años. Una existencia breve dejó una huella profunda en la Iglesia y en todo nuestro continente. Después de más de cuatro siglos, su vida continúa hablándonos con mucha actualidad.
El Evangelio que acabamos de escuchar (Mt 16,13-20) nos presenta una pregunta que está en el corazón de nuestra fe. Jesús pregunta primero a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Después dirige la pregunta personalmente a ellos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,15). Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Esta es una verdadera profesión de fe, y Jesús le hace comprender que esa respuesta es también un don de Dios: «Esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos» (Mt 16,17).
También nosotros hacemos nuestra profesión de fe. Cada domingo rezamos el Credo y decimos: «Creo en un solo Señor, Jesucristo». Pero profesar la fe no consiste solamente en pronunciar unas palabras. No basta decir que somos cristianos si nuestra manera de vivir no es coherente con Aquel en quien creemos. La fe que confesamos con nuestros labios debe manifestarse en nuestras decisiones, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones, en la manera de ejercer una responsabilidad y en la forma en que tratamos a los demás. La pregunta de Jesús —«¿quién dicen que soy yo?»— no la respondemos solamente durante la Misa: la respondemos todos los días. Nuestra vida termina diciendo en quién creemos.
Y esto mismo sucede con nuestra devoción a Santa Rosa como patrona de la Policía Nacional. Santa Rosa fue una mujer que confesó con su vida su amor a Jesucristo. Cristo fue el centro de su existencia: lo buscó en la oración, lo contempló en la cruz, lo recibió en la Eucaristía y aprendió a reconocerlo en los pobres, los enfermos y las personas necesitadas. Por eso tenerla como patrona significa mucho más que invocar su protección. Una patrona es también un modelo que nos señala un camino.
Santa Rosa fue una mujer real, de carne y hueso. Vivió en una familia, conoció dificultades y sufrimientos, tuvo talentos, luchas interiores y decisiones que tomar. No fue religiosa en el sentido de una monja que viviera dentro de un convento. Fue una laica consagrada, terciaria dominica, y abrazó el carisma de Santo Domingo de Guzmán y de la Orden de Predicadores: la oración, la contemplación, el amor a la verdad, la caridad y la preocupación por la salvación de sus hermanos.
¿Y cómo predicó Santa Rosa? Predicó con su vida, con su ejemplo y con su testimonio de cristiana.Santo Domingo había comprendido que predicar no consiste solamente en pronunciar sermones. De él se decía que hablaba siempre con Dios o de Dios. Santa Rosa vivió también ese espíritu. En la Lima de comienzos del siglo XVII había pobreza, enfermedad y muchas personas necesitadas. Rosa se inclinó hacia ellas y en su propia casa preparó un espacio para recibir y atender a pobres y enfermos. Su cercanía, su compasión y su servicio hicieron creíble aquello que profesaba. Hay predicaciones que se hacen desde el púlpito y hay predicaciones que se hacen inclinándose ante una persona herida.
Aquí comprendemos mejor qué significa que Santa Rosa sea patrona de la Policía Nacional. Los santos han sido también como centinelas y guardianes de sus hermanos, especialmente de los más vulnerables. Santa Rosa supo descubrir dónde había una persona herida, pobre, enferma, abandonada o necesitada de protección. La misión de la Policía Nacional tiene también mucho de centinela: preservar el orden y la seguridad, proteger la vida, la integridad y los bienes de las personas, prevenir el peligro y acudir allí donde alguien necesita protección. El buen policía está llamado, de alguna manera, a ser guardián de sus hermanos, especialmente de los más vulnerables.
La primera lectura nos ofrece una hermosa imagen para comprender esta responsabilidad. Dios dice acerca de Eleacín: «Será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá», y añade: «Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro» (Is 22,21-22). En el Evangelio vuelve a aparecer la misma imagen cuando Jesús dice a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», y le confía «las llaves del Reino de los cielos» (Mt 16,18-19). La llave representa autoridad, pero también responsabilidad y servicio. Eleacín recibe autoridad para cuidar; Pedro recibe las llaves para servir a la Iglesia. Toda autoridad confiada por Dios y por la sociedad debe ejercerse para servir y proteger.
También nuestros policías reciben una responsabilidad. De alguna manera, la sociedad coloca una llave en sus manos: la confianza para custodiar, proteger y servir. Y aquí aparece una imagen muy cercana a la vida policial: el uniforme. El uniforme identifica al policía, expresa una pertenencia, una misión y una responsabilidad. Quien lo lleva sabe que representa una institución llamada a servir a la sociedad.
Para el policía cristiano esta imagen adquiere un significado todavía más profundo. San Pablo dice: «Todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo» (Gal 3,27). Podemos decir entonces que, antes del uniforme policial, por nuestro bautismo hemos sido revestidos de Cristo. Santa Rosa vivió toda su existencia procurando identificarse con Jesucristo. Por eso, el uniforme exterior que expresa el servicio a la Patria debe ir acompañado por una vida coherente con la fe que profesamos. El uniforme identifica al policía; Cristo debe identificar al cristiano.
Sabemos que muchísimos hombres y mujeres de nuestra Policía Nacional han honrado y siguen honrando ese uniforme, cumpliendo su deber con honestidad, sacrificio y espíritu de servicio. Algunos incluso han arriesgado o entregado su vida protegiendo la de los demás. A ellos expresamos nuestro reconocimiento y gratitud. Pero también debemos reconocer que otros han manchado ese uniforme con malas acciones o conductas deshonestas. Cuando un policía cae en la corrupción, abusa de su autoridad, maltrata a una persona o utiliza para beneficio propio la responsabilidad recibida para servir, hiere la confianza de la ciudadanía y afecta también el buen nombre de tantos camaradas que cumplen dignamente su misión.
Por eso esta celebración de Santa Rosa es también una invitación a honrar el uniforme con la propia vida: ejercer la autoridad sin atropellar, tener firmeza sin perder humanidad, hacer cumplir la ley respetando la dignidad de cada persona, rechazar la corrupción, proteger al inocente, acompañar a la víctima y cuidar especialmente al débil y al vulnerable. Esto se vive también dentro de la institución: en el trato con los camaradas, en el respeto y la obediencia debida a los superiores, y en el modo en que los superiores ejercen su autoridad y cuidan a quienes les han sido confiados.
La segunda lectura nos lleva al fundamento de todo esto. San Pablo exclama: «¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios!», y concluye: «Todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por Él y todo está orientado hacia Él» (Rom 11,33.36). Santa Rosa comprendió esta verdad. Su juventud, sus talentos, su oración, su trabajo, su capacidad de amar y también sus sufrimientos podían convertirse en ofrenda a Dios. Los santos no son personas para admirar solamente desde lejos; son seres humanos que nos muestran hasta dónde puede llegar la gracia de Dios cuando encuentra un corazón disponible.
Santa Rosa murió con apenas 31 años, pero aquella vida breve terminó iluminando a todo un continente y después de más de cuatro siglos continúa predicando. Predica a nuestra Policía Nacional, a nuestra Capellanía, a nuestras familias y a cada uno de nosotros. Nos recuerda que la fe debe convertirse en vida, que la oración debe convertirse en servicio y que el amor a Cristo debe conducirnos hacia nuestros hermanos.
Pidamos especialmente por nuestros hermanos y hermanas de la Policía Nacional. Que Santa Rosa los acompañe y proteja en su delicada misión; que los ayude a ser buenos centinelas y guardianes de nuestro pueblo, especialmente de los más vulnerables; que bendiga a sus familias, fortalezca la fraternidad entre camaradas, ilumine a quienes ejercen responsabilidades de mando y acompañe a todos los que diariamente cumplen su deber al servicio de la ciudadanía.
Que nuestra fe pueda reconocerse en nuestras obras y que nuestra vida, como la de Santa Rosa, sea también una predicación del Evangelio. Santa Rosa de Lima, patrona de la Policía Nacional, santa patrona de nuestra Capellanía y primera santa de América, ruega por nosotros.
Asunción, 23 de agosto de 2026.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
Administrador Apostólico del Obispado la FFAA y la Policía Nacional
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