Queridos hermanos y hermanas: la Palabra de Dios nos conduce hoy a una de las experiencias más difíciles y, al mismo tiempo, más liberadoras de la vida cristiana: perdonar y pedir perdón. Todos alguna vez hemos sido heridos y también, aunque nos cueste reconocerlo, hemos herido a otros. Necesitamos aprender ambas cosas: ofrecer el perdón y tener la humildad de pedirlo.

2. Pedro pregunta a Jesús: Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?(Mt 18,21). Jesús responde: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete(Mt 18,22). Es decir, no lleves una contabilidad del perdón. La misericordia no funciona con una calculadora.

3. Incluso la palabra perdonar nos ayuda a comprenderlo. Procede del latín perdonare, relacionado con donare, que significa daro conceder, y con un prefijo que refuerza esa acción. Perdonar es, de algún modo, dar plenamente, conceder un don. Y esto encaja muy bien con la parábola de Jesús: hay una deuda enorme y alguien decide no seguir cobrándola (Mt 18,23-27). El perdón es un don que se ofrece.

4. Ya la primera lectura nos advierte sobre el rencor y la ira (Eclo 27,33), y nos pide: Piensa en tu fin y deja de odiar(Eclo 28,6). El resentimiento puede parecernos una forma de justicia, pero termina convirtiéndose en una cárcel. Creemos que castigamos al otro y, sin darnos cuenta, somos nosotros quienes seguimos cargando el peso.

5. Jesús mismo nos dio el ejemplo desde la cátedra de la Cruz. Mientras lo crucificaban, oró: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen(Lc 23,34). Por eso perdonar no significa que no haya dolor. A veces cuesta lágrimas, tiempo, lucha interior y mucha gracia de Dios.

6. En nuestro modo sencillo de hablar podemos decir: Che ndaikatúi aperdona, yo no puedo perdonar. Tal vez sea verdad: solos no podemos. Pero entonces podemos agregar: “Ñandejára, chepytyvõna, Señor, ayúdame. El perdón cristiano no nace solamente de nuestra fuerza, sino de dejar que Dios trabaje en nuestro corazón.

7. Debemos aclarar algo importante: perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien. No significa ocultar un delito, silenciar a una víctima, encubrir un abuso ni pedir a alguien que vuelva a ponerse en peligro. Cuando ha habido violencia, abuso, explotación o una grave humillación, hacen falta verdad, protección, justicia y, cuando corresponda, reparación.

8. Por eso justicia y perdón no son enemigos. La justicia dice: Lo que ocurrió estuvo mal y debe afrontarse. La venganza dice: Quiero que sufras como yo sufrí”. El cristiano puede decir: Quiero justicia, pero no quiero vivir odiando. El perdón nunca puede convertirse en una excusa para la impunidad.

9. Pensemos en algo muy cercano: la vida matrimonial. Una infidelidad puede romper profundamente la confianza. Algunas parejas consiguen, con mucho esfuerzo, reconstruir su relación; otras no logran superar la herida y terminan separándose. Y muchas veces las consecuencias alcanzan también a los hijos, que quedan en medio de discusiones, reproches y silencios.

10. Pero no toda infidelidad consiste solamente en una relación con otra persona. También se puede ser infiel a la confianza, a la palabra dada y a las responsabilidades asumidas. Uno puede desentenderse de la casa, de los hijos o de las necesidades del otro. Puede estar físicamente presente y, sin embargo, vivir afectivamente ausente.

11. Hoy también aparece el celular. Tenemos aquella conocida polca paraguaya: Chemoprovléma che celular. Nos hace sonreír, pero detrás del humor hay una realidad. Mensajes escondidos, conversaciones borradas, secretos o una atención permanente a la pantalla pueden ir levantando paredes entre dos personas. A veces el problema no es el celular: el celular simplemente termina mostrando lo que ya estaba mal en la relación.

12. Y también hay faltas pequeñas, pero repetidas: no colaborar, dejar siempre al otro toda la carga, no escuchar, no agradecer, no encontrar tiempo para conversar. Lo que al comienzo parece una pequeña aspereza, con los años puede convertirse en una pared. Por eso reconciliarse exige verdad, humildad y también cambios concretos.

13. San Pablo nos dice en otro pasaje una frase preciosa: Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo(Rom 13,8). Esa deuda nunca terminamos de pagarla. Siempre podemos escuchar un poco más, comprender un poco más, servir un poco más, amar un poco más.

14. Y el Evangelio nos pide todavía algo más. Jesús dice: Amen a sus enemigos y rueguen por sus perseguidores(Mt 5,44). Y San Pablo añade: No te dejes vencer por el mal; por el contrario, vence al mal haciendo el bien(Rom 12,21).

15. Hacer el bien a quien nos hizo daño no significa exponernos nuevamente al abuso. Significa no responder herida por herida, ni devolver humillación por humillación, difamación por difamación. La herida que recibimos no tiene por qué convertirse en otra herida que nosotros causemos. El Evangelio nos invita a romper esa cadena del mal y a vencerlo haciendo el bien (Rom 12,21).

16. Pensemos también en nuestras comunidades. Dos personas pueden pensar de manera muy distinta y, aun así, seguir tratándose con respeto. La diferencia no nos da derecho a humillar, desprestigiar o denigrar al otro para subir nosotros. También en la vida social, política y eclesial existe esa tentación: bajar al otro para parecer más altos.

17. Jesús nos propone exactamente el camino contrario: El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos(Mc 9,35). Ser primero para Jesús no significa ir delante para que todos nos miren. Significa ser primero en amar, primero en servir, primero en extender la mano, primero en pedir perdón.

18. La reconciliación es mucho más que soportarnos mutuamente, como si fuéramos simplemente un pegote obligado a mantenerse unido. No se trata solo de convivir sin agredirnos, sino de reconocernos como hermanos, respetar la dignidad del otro y, cuando sea posible, reconstruir la relación. Podemos pensar distinto y seguir tratándonos con respeto. Y cuando vemos con claridad que alguien está equivocado, el amor tampoco nos obliga a callar: existe la corrección fraterna. Jesús dice: Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas(Mt 18,15).

19. Así como los padres educan y corrigen a sus hijos precisamente porque los aman, también nosotros podemos señalar un error sin humillar, desacreditar ni destruir. Corregir por amor es muy distinto de atacar para imponerse. La corrección busca que el otro crezca; la agresión busca rebajarlo.

20.Nosotros amamos porque Él nos amó primero(1 Jn 4,19). Jesús siempre nos precede. Él nos llama a seguirlo y a aprender sus sentimientos, su mirada y su compasión. Pero hay terrenos interiores que con los años se vuelven secos: resentimientos acumulados, decepciones, egoísmos y heridas que nunca dejamos sanar.

21. Cuando la tierra está demasiado endurecida, el agua cae, pero no penetra. Algo semejante puede ocurrir con nuestro corazón. Escuchamos la Palabra, recibimos consejos, alguien intenta acercarse, pero nada entra. El agua del Espíritu quiere llegar, pero encuentra una tierra cerrada.

22. Por eso Dios promete por medio del profeta Ezequiel: Quitaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne(Ez 36,26). Un corazón de carne no es un corazón débil: es un corazón capaz de sentir, conmoverse, tener compasión, reconocer una falta y comenzar de nuevo.

23. Estos días hemos recordado a nuestra querida Anita, Ana Laura Almirón Riquelme. Ella esperaba un corazón para seguir viviendo. El corazón compatible no llegó; pero, después de su muerte, sus padres donaron sus córneas y sus ojos se hicieron luz para otros dos niños.

24. Frente a la antigua lógica del ojo por ojo(Ex 21,24), qué hermoso resulta este signo: unos ojos que se dan para que otros puedan ver. Anita necesitaba un corazón, pero su breve vida terminó moviendo el corazón de todo un país. También nosotros podemos llevar luz donde hay oscuridad, esperanza donde hay dolor y amor donde amenaza imponerse el resentimiento.

25. El otro día una persona le dijo a quien tenía delante: Te entrego todo mi corazón, porque confío en ti. Y quien estaba enfrente era su cardiólogo. La expresión puede hacernos sonreír, pero contiene una verdad: cuando se trata de nuestro corazón, necesitamos confiarlo a alguien que pueda cuidarlo.

26. También nosotros necesitamos entregar nuestro corazón a Dios: no solamente la parte buena, sino también la parte herida; la bronca, el resentimiento, la decepción y aquello que todavía no conseguimos perdonar. Hay heridas que ningún electrocardiograma puede mostrar, pero Dios las conoce.

27. Muchas veces pedimos: Señor, cambia a aquella persona. Y quizá Dios nos esté diciendo: Déjame entrar primero en tu propio corazón. Tal vez el otro tenga también que cambiar o reparar el daño causado. Pero mi corazón no puede quedar para siempre dependiendo de lo que el otro haga o deje de hacer.

28. Nuestro Paraguay necesita también esta cultura de la reconciliación. No una reconciliación que esconda la verdad o negocie la justicia, sino aquella que nos permita discutir sin calumniarnos, ejercer responsabilidades sin destruir al que estuvo antes y competir sin convertir al adversario en enemigo.

29. La segunda lectura de hoy nos recuerda: Ninguno de nosotros vive para sí mismo(Rom 14,7). Lo que hacemos repercute en otros. El odio se contagia, pero también el bien. Cuando un padre pide perdón a un hijo, cuando dos hermanos vuelven a hablarse o cuando alguien decide no responder a una difamación con otra difamación, algo comienza a sanar alrededor.

30. Por eso hoy podemos preguntarnos: ¿con quién necesito reconciliarme? ¿A quién debo perdonar? ¿A quién tengo que pedir perdón? ¿Qué piedra necesito dejar que Dios quite de mi corazón? Quizás no podamos resolver hoy una historia de veinte años, pero sí podemos dar un primer paso.

31. Puede ser una llamada, un saludo, una oración, un mensaje, dejar de hablar mal de alguien, preguntar por una persona enferma o simplemente sentarnos a conversar. Y cuando la herida es muy profunda, no debemos forzar los tiempos: podemos buscar acompañamiento y, cuando sea necesario, también justicia. Lo importante es no entregar nuestra vida al odio.

32. En esta Eucaristía volveremos a rezar: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden(Mt 6,12). Pidamos que no sean solamente palabras aprendidas de memoria, sino una verdadera súplica que nazca del corazón.

33. Que el Señor remueva la tierra seca de nuestra vida, quite nuestro corazón de piedra y nos dé un corazón de carne (Ez 36,26). Que en nuestras familias haya reconciliación; en nuestras comunidades, respeto; en nuestra Iglesia, verdad y misericordia; y en nuestro país aprendamos que no necesitamos destruir a nadie para avanzar.

34. Y cuando sintamos que no podemos perdonar, digamos sencillamente: Che ndaikatúi aperdona. Ñandejára, chepytyvõna: No puedo perdonar. Señor, ayúdame. Porque Él nos amó primero (1 Jn 4,19), y quien quiera ser primero está llamado a ser primero en servir y en amar (Mc 9,35).

35. Pedro preguntó: “¿Hasta siete veces?(Mt 18,21). Jesús respondió: Hasta setenta veces siete(Mt 18,22). Que Él nos dé la gracia de perdonar y pedir perdón, de comenzar otra vez, de hacer el bien y de no cansarnos de amar. Amén.

13 septiembre de 2026.

 

Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción