En estos días dedicados a recordar el valor de la donación de órganos, quiero traer a la memoria la historia de Ana Laura Almirón Riquelme, nuestra querida Anita, una niña paraguaya cuya breve vida ayudó a transformar la conciencia de todo un país. Hoy tendría 20 años y su recuerdo sigue vivo entre nosotros.

El 11 de septiembre se cumplen ocho años de la publicación de la Ley N.º 6170/2018, conocida como “Ley Anita”, y el 12 de septiembre Paraguay conmemora el Día Nacional del Donante de Órganos y Tejidos. Son fechas que nos invitan a recordar la historia profundamente humana que hay detrás de esta ley: una niña, una familia, una larga espera, mucha oración y una generosidad que dio esperanza a otros.

Anita nació el 2 de junio de 2006. Vivía en Mariano Roque Alonso con sus padres, Luis Eugenio Almirón y María Elena Riquelme, y su hermanita María Milagros. También pasaba buena parte de sus días en la casa de sus abuelos maternos, en Asunción. Era alegre y cariñosa, de cabellos enrulados y grandes ojos claros.

Le gustaban las matemáticas y esperaba comenzar el segundo grado en 2013. Su padre recordaba con ternura que, desde que empezó la escuela, ella misma preparaba cada año su regalo para el Día del Padre. Antes de convertirse en el rostro de una causa nacional, Anita era una hija, una hermana, una nieta, una estudiante; una niña que quería aprender, jugar y crecer junto a los suyos.

En marzo de 2011, cuando tenía cuatro años, comenzó a perder el apetito, a bajar de peso y a tener dificultades para respirar. Los estudios revelaron una miocarditis dilatada que debilitaba gravemente su corazón. Desde agosto de ese año quedó en lista de espera para un trasplante cardíaco. Comenzó así una espera que duraría aproximadamente un año y siete meses.

Anita llegó a tomar más de nueve medicamentos al día, debía controlar estrictamente la cantidad de líquidos que consumía y atravesó estudios, internaciones y tratamientos, incluido un viaje al Hospital Albert Einstein, en São Paulo. Era mucho para una niña tan pequeña, pero lo llevaba con una paciencia y una fortaleza que sorprendían a quienes estaban cerca de ella.

Junto a los médicos y los medicamentos estuvo siempre la oración. Su historia recorrió el Paraguay y nació la campaña “Un corazón para Anita”. Personas que jamás la habían conocido comenzaron a rezar por ella, a compartir su fotografía y a seguir las noticias sobre su salud. Una frase difundida entonces expresaba la esperanza que sostenía a su familia y a tantas personas: «Va a amanecer, va a sanar».

Anita realmente tenía, como solemos decir, un ángel. Y al recordarla vienen aquellas palabras de Jesús: «Sus ángeles en el cielo contemplan continuamente el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10). Mientras esperaba un corazón, sin saberlo, aquella pequeña iba tocando la vida de muchas personas.

El corazón compatible no llegó. El 10 de abril de 2013, Anita murió a los seis años. En medio del inmenso dolor de perder a su hija, Eugenio y María Elena tomaron una decisión de gran generosidad: autorizaron la donación de sus córneas.

Aquí su historia adquiere una fuerza especial. Aquella mirada que durante meses había aparecido en fotografías y había conmovido al Paraguay se convirtió finalmente en un don. Gracias a la donación de sus córneas, dos niños pudieron recibir el don de la visión. Ella, que durante tanto tiempo había esperado un corazón donado, terminó convirtiéndose también en donante: regaló sus propios ojos para que otros pudieran ver.

Al despedir a su hija, sus padres permitieron que algo de aquella vida tan amada se convirtiera en esperanza para otros niños. Su padre expresaría tiempo después: «Anita creó más conciencia y eso nos ayuda a sobrellevar su partida». Y María Elena resumiría el sentido de la donación con estas palabras: «Un gesto de amor inmenso que salva vidas».

Los frutos comenzaron a verse muy pronto. Un joven de 17 años, conmovido por la historia de Anita, había pedido a su familia que donara sus órganos si algún día le ocurría algo. Después de su muerte, su voluntad permitió ayudar a cinco personas.

Otro joven de 23 años, que había conocido por televisión la historia de Anita, dijo a su familia: «Si yo tuviera la posibilidad de donar mi corazón, lo haría; ella no tenía que haber muerto». Días después falleció tras un accidente y sus hermanos, recordando aquellas palabras, decidieron donar su corazón. Anita no conoció a estos jóvenes, pero su historia había llegado hasta ellos y despertado decisiones capaces de salvar otras vidas.

De aquella experiencia nació también un cambio mayor. La historia de Anita inspiró la ley que años después llevaría su nombre. Su espera hizo visible lo que viven quienes necesitan un trasplante. Su familia mantuvo viva la causa y, junto con pacientes trasplantados, profesionales de la salud, comunicadores, legisladores y muchas otras personas, aquella conciencia fue creciendo hasta convertirse en una iniciativa legislativa.

Cinco años después, el 7 de septiembre de 2018 fue promulgada la Ley N.º 6170, Ley Anita, y el 11 de septiembre fue publicada oficialmente. La norma estableció que toda persona mayor de 18 años sea considerada donante después de su fallecimiento, salvo que haya expresado formalmente su oposición.

Anita no recibió el corazón que esperaba, pero su historia ayudó a abrir un camino para otros y a abrir nuestros ojos ante las necesidades de los demás. Por eso, cuando hablamos de la Ley Anita, no recordamos solamente una norma. Recordamos a Ana Laura: la hija de Eugenio y María Elena, la hermana de Milagros, la nieta querida, la estudiante a quien le gustaban las matemáticas y la pequeña por quien rezó tanta gente.

Al mirar su breve vida desde la fe, vienen a la memoria aquellas palabras del Libro de la Sabiduría: «Llegado a la perfección en poco tiempo, alcanzó la plenitud de una larga vida» (Sab 4,13). Anita vivió apenas seis años, pero dejó una huella que permanece.

Al recordarla, recordamos también que la plenitud de la vida no se mide solamente por los años vividos, sino por la capacidad de amar y de darse a los demás. Anita esperaba un corazón para seguir viviendo, pero tenía ya un corazón inmenso. La niña que esperaba un corazón terminó moviendo el corazón de todo un país.

Y terminamos hablándole sencillamente a ella: Anita, la niña de los ojos azules, que ya en vida miraba el cielo.

Que Dios te bendiga. Dios te recibió en sus brazos, junto con sus ángeles. Ñandejára tanderovasa. Ñandejára nderresivíma ijyvápe, hi’ánhel kuéra ndive.

Asunción, 11 de septiembre de 2026

 

+Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano de Asunción