IDENTIDAD DEL SACERDOTE Y PERFIL DEL MINISTERIO EN EL CONTEXTO ACTUAL

«Una fidelidad que genera futuro»

Introducción

Queridos hermanos sacerdotes: es una verdadera alegría encontrarnos una vez más para celebrar esta Jornada Nacional del Clero, un tiempo de gracia en el que el Señor nos concede detener el ritmo intenso de la misión para volver a contemplar el don recibido el día de nuestra ordenación. Después de muchos años de ministerio —quince, veinte, treinta, cuarenta o más— todos sentimos la necesidad de regresar a la fuente de nuestra vocación. No se trata simplemente de recordar el pasado, sino de renovar el amor primero, reavivar el fuego del Espíritu y dejarnos interpelar nuevamente por la voz de Cristo que sigue diciéndonos: «Sígueme» (Jn 21,19).

San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars (1786-1859), patrono de todos los sacerdotes, dejó una frase que ha atravesado los siglos y continúa iluminando nuestro ministerio: «El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús.» En este año en que recordamos los 240 años de su nacimiento, volvemos a escuchar esa afirmación con renovada gratitud. El Cura de Ars comprendía profundamente la grandeza del sacerdocio, pero, al mismo tiempo, se sentía indigno de haber recibido semejante don. Cuanto más descubría la inmensidad del amor de Dios, más crecía en humildad. Esa actitud sigue siendo una enseñanza para nosotros: el sacerdocio nunca es una conquista personal, sino un regalo inmerecido de la misericordia divina.

El papa Francisco, en su encíclica Dilexit nos, nos invita precisamente a volver al Corazón de Jesucristo, porque allí se encuentra la fuente de toda vocación y de toda misión. Cuando el sacerdote pierde el contacto con ese Corazón, corre el riesgo de convertirse en un funcionario eficiente, pero interiormente vacío; cuando permanece unido a Él, incluso las fatigas del ministerio se transforman en ocasión de crecimiento espiritual. También el papa León XIV ha insistido en que la fidelidad sacerdotal no consiste solamente en conservar lo recibido, sino en permitir que el Espíritu Santo renueve continuamente nuestra entrega. Por eso he querido dar a esta reflexión el título: «Una fidelidad que genera futuro.»

Renovar nuestras promesas sacerdotales significa mucho más que repetir unas palabras. Es volver espiritualmente al día de nuestra ordenación para agradecer la fidelidad del Señor, reconocer nuestras fragilidades y renovar la disponibilidad para seguir sirviendo al Pueblo de Dios. Todos llevamos en el corazón nombres, rostros, comunidades y acontecimientos que han marcado nuestro ministerio. También llevamos heridas, cansancios y preocupaciones. Sin embargo, el Señor sigue confiando en nosotros. Él continúa llamándonos a ser signos vivos de su presencia, ministros de reconciliación, servidores de la esperanza y testigos de la alegría del Evangelio.

La identidad del sacerdote: llamados para estar con Cristo

Antes de preguntarnos qué debe hacer un sacerdote, conviene preguntarnos quién es. La identidad siempre precede a la misión. El sacerdote no es, ante todo, un administrador, un organizador o un dirigente religioso. Es un hombre llamado por Jesucristo, configurado sacramentalmente con Él y enviado para prolongar su presencia en medio del Pueblo de Dios. Todo lo que realiza encuentra su fundamento en esa primera llamada. Si olvidamos quiénes somos, terminaremos midiendo nuestro ministerio únicamente por la cantidad de actividades o por los resultados visibles.

El Evangelio de san Marcos expresa con extraordinaria sencillez el origen de toda vocación sacerdotal: «Jesús llamó a los que quiso para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14). El orden de estas palabras es decisivo. Antes de ser enviados, los Apóstoles fueron llamados a permanecer con Jesús. Antes de anunciar el Evangelio, aprendieron a escuchar al Maestro. Antes de conducir al pueblo, dejaron que Él condujera sus vidas. También nosotros corremos el riesgo de invertir ese orden, dedicando todas nuestras energías a la actividad pastoral y dejando en un segundo plano la amistad con Cristo. Sin embargo, el ministerio solamente conserva su fecundidad cuando nace de una profunda comunión con el Señor.

Durante su Visita Apostólica al Paraguay, el 11 de julio de 2015, el papa Francisco dirigió un mensaje inolvidable a los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y seminaristas reunidos en la Catedral Metropolitana de Asunción. Allí nos recordó que «cada uno de nosotros, en nuestra oración, quiere ir pareciéndose más a Jesús» y añadió que «estar unidos a Jesús da profundidad a la vocación». Aquellas palabras no fueron un simple consejo espiritual. Eran un verdadero programa de vida para el ministerio sacerdotal. Sin intimidad con Cristo, nuestra misión pierde su alma; con Él, incluso las tareas más sencillas adquieren un valor inmenso.

La identidad del sacerdote se sostiene sobre tres pilares inseparables: la comunión con Cristo, la comunión con la Iglesia y la cercanía al Pueblo de Dios. No existe auténtica espiritualidad sacerdotal al margen de la Iglesia, ni verdadera fidelidad eclesial sin amor al pueblo confiado. El sacerdote pertenece a Cristo, sirve a la Iglesia y entrega su vida por el pueblo. Cuando estas tres dimensiones permanecen unidas, el ministerio se convierte en un verdadero reflejo del Buen Pastor.

Antes de ser elegido Sucesor de Pedro, el entonces cardenal Robert Francis Prevost insistía con frecuencia en que el pastor debía caminar junto a su pueblo, conocer sus alegrías y sufrimientos, compartir sus preocupaciones y anunciar el Evangelio desde una auténtica cercanía. El sacerdote no puede contentarse con ser un gestor eficiente de estructuras; está llamado a ser padre, hermano, amigo y compañero de camino. Aquellas convicciones, expresadas durante su servicio episcopal, encontraron continuidad en su ministerio como papa León XIV, quien sigue invitando a la Iglesia a formar presbíteros profundamente humanos, espiritualmente sólidos y pastoralmente cercanos.

El perfil del sacerdote en el contexto actual

Vivimos tiempos de grandes cambios culturales, sociales y eclesiales. El sacerdote de hoy afronta desafíos que quizá no conocieron generaciones anteriores: la secularización, la indiferencia religiosa, la cultura digital, las nuevas pobrezas, la crisis de la familia, la polarización social y la pérdida de confianza en las instituciones. Precisamente por ello, la Iglesia necesita presbíteros con una identidad clara y un corazón profundamente arraigado en Cristo. Las dificultades del tiempo presente no deben llevarnos al desánimo, sino a redescubrir la belleza y la actualidad de nuestra vocación.

León XIV ha señalado que la Iglesia necesita «presbíteros enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral». Estas palabras resumen admirablemente el perfil del sacerdote que el mundo necesita hoy. En primer lugar, un sacerdote enamorado de Cristo. Antes que administradores o especialistas, somos hombres cautivados por la persona de Jesús. Ese amor se alimenta diariamente en la oración, en la celebración de la Eucaristía, en la adoración y en la escucha de la Palabra.

La oración no es un tiempo que resta eficacia al ministerio; es el espacio donde el Señor transforma nuestro corazón para hacerlo semejante al suyo. Sin oración podemos seguir trabajando, pero dejamos de transparentar el rostro de Cristo. El sacerdote que reza aprende a mirar con misericordia, a escuchar con paciencia, a discernir con serenidad y a servir sin buscar protagonismo. Por eso, el primer servicio que prestamos al Pueblo de Dios consiste en permanecer unidos al Señor.

León XIV habla también de sacerdotes fieles a la Iglesia y cercanos al pueblo. Estas dos dimensiones no pueden separarse. Amamos a la Iglesia porque es el Cuerpo de Cristo y la Madre que nos ha engendrado en la fe; amamos al pueblo porque en él reconocemos el rostro concreto de aquellos a quienes el Señor nos envía. La fidelidad eclesial nunca puede convertirse en rigidez, así como la cercanía pastoral nunca puede confundirse con superficialidad. Ambas encuentran su armonía en la caridad pastoral del Buen Pastor.

Finalmente, el Santo Padre nos recuerda la necesidad de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral. No basta enseñar correctamente la fe si falta la cercanía; tampoco basta una gran capacidad de acogida si se diluye la verdad del Evangelio. La misión sacerdotal exige integrar la verdad con la misericordia, la firmeza con la ternura, la fidelidad con la creatividad pastoral. Éste es el perfil del sacerdote que necesita la Iglesia del siglo XXI: un hombre profundamente unido a Cristo, fraterno con sus hermanos, cercano al pueblo y dispuesto a gastar su vida por el Reino de Dios.

La fraternidad sacerdotal: un don que sostiene la perseverancia

El sacerdocio nunca fue pensado para vivirse en soledad. Jesús llamó a los Doce para formar con ellos una comunidad y los envió de dos en dos. Desde los primeros siglos, los presbíteros comprendieron que pertenecían a un único presbiterio reunido en torno a su obispo. La fraternidad sacerdotal, por tanto, no es un sentimiento opcional ni un simple compañerismo; forma parte de nuestra identidad. Un sacerdote aislado se vuelve más vulnerable; un presbiterio unido fortalece la perseverancia de cada uno de sus miembros y hace más creíble el anuncio del Evangelio.

El papa León XIV ha recordado que la fraternidad entre los sacerdotes no es una estrategia organizativa, sino una expresión concreta de la comunión trinitaria. Los sacerdotes estamos llamados a ser constructores de unidad, comenzando por nuestras propias relaciones. Cuando nos respetamos, nos escuchamos, rezamos juntos y compartimos las cargas del ministerio, el pueblo descubre que el Evangelio no es una teoría, sino una realidad capaz de transformar la vida.

Nuestra Iglesia en el Paraguay nos ofrece un testimonio profundamente inspirador. El 27 de octubre de 1968 fueron ordenados sacerdotes Mons. Dionisio Echagüe Martínez, oriundo de Itá; Mons. Zacarías Martínez, de Atyrá; el Pbro. Víctor del Rosario Valiente Agüero, de Ovando, distrito de Borja, departamento del Guairá; y el Pbro. Juan Alejo Robadín Ruiz Díaz, de Villeta. Procedían de comunidades diferentes, con historias y sensibilidades propias, pero el Señor los reunió en una misma vocación y los incorporó a un solo presbiterio. Este año se cumplen 58 años de aquella ordenación, un hermoso signo de la fidelidad de Dios a lo largo del tiempo.

Durante décadas celebraron juntos el aniversario de su ordenación sacerdotal. En 2016 compartieron sus 48 años de ministerio en Ybycuí; en 2018 dieron gracias por sus bodas de oro sacerdotales; y en 2022 celebraron los 54 años de sacerdocio en una Eucaristía en Villeta. Hoy recordamos con gratitud al querido P. Víctor del Rosario Valiente Agüero, llamado ya a la Casa del Padre. Su memoria permanece unida a la de sus hermanos y nos recuerda que la comunión sacerdotal no termina con la muerte, sino que se prolonga en la comunión de los santos.

Mons. Zacarías ha contado muchas veces que, siendo jóvenes sacerdotes, comprendieron que la perseverancia necesitaba alimentarse también de la amistad sacerdotal. Por eso comenzaron a reunirse todos los lunes con otros compañeros de generación en lo que llamaban, con sencillez, el «Lunes Sacerdotero». Aquellos encuentros no buscaban resolver asuntos administrativos ni organizar actividades pastorales. Eran momentos para celebrar la Eucaristía cuando era posible, rezar juntos, compartir la mesa, revisar la vida y el ministerio, hablar con libertad de las alegrías y de las dificultades pastorales, corregirse fraternalmente, alentarse mutuamente y visitar a los sacerdotes enfermos o que atravesaban momentos de prueba.

Sin proponérselo, habían creado una verdadera escuela de fraternidad presbiteral. Comprendieron que la fidelidad sacerdotal no depende únicamente de la fortaleza personal, sino también de la gracia que Dios comunica a través de los hermanos. Quizá hoy el Espíritu Santo nos esté invitando a recuperar ese espíritu. Tal vez ya no se llame «Lunes Sacerdotero», pero necesitamos espacios donde podamos rezar juntos, escucharnos con confianza, compartir nuestras preocupaciones y sostenernos mutuamente. Un sacerdote nunca debería sentirse solo. La fraternidad es una de las formas más concretas con las que el Señor cuida de sus ministros.

El sacerdote, guardián del Pueblo de Dios

La comunión que vivimos entre nosotros se prolonga naturalmente en el cuidado del Pueblo de Dios. El sacerdote está llamado a ser imagen de Cristo Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, las alimenta, las busca cuando se extravían y las defiende cuando están en peligro. Hoy esta misión adquiere una urgencia especial. Nuestra sociedad necesita pastores capaces de custodiar la dignidad de toda persona y de crear comunidades donde cada uno pueda sentirse acogido, respetado y protegido.

Esto exige una verdadera cultura del cuidado. El sacerdote no sólo anuncia el Evangelio; también vela por los niños, los adolescentes, los jóvenes, las personas adultas vulnerables, los ancianos y todos aquellos que necesitan especial protección. Somos llamados a ser centinelas de la dignidad humana, promoviendo ambientes seguros, previniendo toda forma de abuso y acompañando con misericordia a quienes han sufrido heridas profundas. Cuidar no es una tarea secundaria del ministerio; pertenece al corazón mismo de la caridad pastoral.

Esta misión comienza también entre nosotros. Un presbiterio que sabe acompañar a los sacerdotes enfermos, cansados o desanimados será más capaz de acompañar al pueblo que le ha sido confiado. La cultura del cuidado empieza por la fraternidad y se proyecta hacia toda la Iglesia. Cuando un sacerdote se sabe escuchado y sostenido por sus hermanos, encuentra nuevas fuerzas para seguir sirviendo con alegría.

Una fidelidad que genera nuevas vocaciones

Toda vocación auténtica es fecunda. Un sacerdote feliz de ser sacerdote despierta preguntas en el corazón de los jóvenes y se convierte, casi sin proponérselo, en un promotor vocacional. Por eso no podemos hablar del sacerdocio sin hablar también de las vocaciones. La mejor pastoral vocacional no comienza con una campaña, sino con el testimonio de una vida entregada con alegría.

La Iglesia en el Paraguay conserva un recuerdo muy vivo de las campañas y cruzadas vocacionales que marcaron especialmente las décadas de 1970 y 1980. En aquellos años, parroquias, colegios, seminarios, congregaciones religiosas y movimientos eclesiales se unieron para rezar por las vocaciones y despertar en los jóvenes la pregunta decisiva: «Señor, ¿qué quieres de mí?». Muchos sacerdotes de nuestra generación escucharon por primera vez la llamada del Señor en ese clima de entusiasmo, oración y acompañamiento. Aquellas campañas no eran simples actividades; expresaban la convicción de una Iglesia que creía firmemente que Dios seguía llamando obreros para su mies.

Hoy las circunstancias han cambiado, pero el Señor continúa llamando. Tal vez debamos recuperar no tanto las formas de entonces cuanto el ardor espiritual que las inspiraba. Cada sacerdote debería preguntarse si está acompañando personalmente a algún joven en su discernimiento vocacional. Cada parroquia debería sentirse responsable de suscitar vocaciones. Cada familia cristiana debería ser un lugar donde un hijo pueda responder con libertad al llamado de Dios. Una Iglesia que vive su vocación con alegría genera nuevas vocaciones.

Pienso con gratitud en tantos sacerdotes que sembraron esa cultura vocacional en nuestro país y, de manera particular, en el Siervo de Dios P. Julio César Duarte Ortellado, cuyo testimonio de vida, profundamente eucarístico, sencillo y misionero, continúa iluminando el camino de muchos. Recuerdo también con afecto a don Silvano Cola, cuya espiritualidad de la unidad y su amor a la Santísima Trinidad enseñaban que el sacerdote está llamado a construir comunión allí donde el Señor lo envía. Ambos nos recuerdan que la primera pastoral vocacional es la santidad de la propia vida.

Conclusión

Queridos hermanos sacerdotes: al renovar hoy nuestras promesas sacerdotales, volvamos espiritualmente al día de nuestra ordenación. Demos gracias por la fidelidad del Señor, que nunca ha dejado de sostenernos. Pidámosle un corazón semejante al suyo: un corazón enamorado de Cristo, fiel a la Iglesia, cercano al pueblo, fraterno con los hermanos sacerdotes, vigilante en el cuidado de los más vulnerables y generoso en la promoción de nuevas vocaciones.

Que el ejemplo del santo Cura de Ars, las enseñanzas del papa Francisco y del papa León XIV, el testimonio de nuestros queridos sacerdotes paraguayos y la memoria agradecida de quienes nos precedieron nos animen a seguir caminando con esperanza. La historia de la Iglesia en el Paraguay nos enseña que las grandes obras nacen de sacerdotes profundamente unidos a Dios, entre sí y a su pueblo.

Encomendemos nuestro ministerio a la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes. Que ella nos enseñe a custodiar la Palabra, a permanecer fieles junto a la cruz y a servir con humildad hasta el final. Y que, al concluir esta Jornada Nacional del Clero, podamos renovar con alegría el «sí» pronunciado el día de nuestra ordenación, convencidos de que una fidelidad vivida con amor siempre genera futuro, fortalece la Iglesia y despierta nuevas vocaciones para el servicio del Reino de Dios.

 

 

Asunción, 15 de julio de 2026

Cardenal Adalberto Martinez Flores

Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción