SANTA MISA

HOMILÍA

FIESTA PATRONAL

PARROQUIA VIRGEN DE LA MEDALLA MILAGROSA – FERNANDO DE LA MORA

Queridos hermanos y hermanas: Hoy celebramos con inmensa alegría a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, advocación profundamente arraigada en la vida de la Iglesia y muy querida por el pueblo fiel. Bajo este nombre, María se nos manifiesta como Madre cercana, protectora y atenta, que no abandona a sus hijos y que camina con nosotros en nuestras luchas, sufrimientos y esperanzas.

La espiritualidad de la Medalla Milagrosa nace en 1830, cuando la Santísima Virgen se aparece en París a una joven humilde: santa Catalina Labouré, quien entonces tenía 24 años. Catalina provenía de una familia campesina, marcada por la fe sencilla y el trabajo duro. Era una joven de carácter firme pero profundamente humilde, de vida silenciosa, mirada limpia y corazón ardiente por la Virgen desde niña. Al ingresar a las Hijas de la Caridad, se destacó por su obediencia, su espíritu de servicio y su dedicación a los pobres y ancianos. Vivió casi toda su vida en el anonimato, barriendo pasillos, cuidando enfermos y sirviendo en un hospicio, sin que nadie sospechara que ella era la vidente de las apariciones. María escogió precisamente a esta mujer sencilla y sin pretensiones, porque así actúa la gracia: se inclina hacia los pequeños y revela a los humildes los tesoros del cielo. En cada detalle de las apariciones, la Virgen muestra su ternura materna: cuida, acompaña, protege, intercede y sostiene; se hace presente como una Madre que conoce las necesidades más profundas de cada hijo.

Lo primero que impresiona de las apariciones es la mirada de la Virgen: una mirada que llena de paz, que consuela y que hace sentir profundamente amado. Santa Catalina vivió esto en la primera aparición, la noche del 18 de julio de 1830, cuando la Virgen se le manifestó y “bajó los ojos para mirarme”, relató ella, confesando que lo que sintió era tan grande que “no podía explicarlo con palabras”. Esa mirada reflejaba amor, misericordia y compasión. Es la misma mirada que encontramos en Jesús en el Evangelio: la mirada con la que amó al joven rico (Mc 10,21), la mirada con la que sostuvo a Pedro después de su negación (Lc 22,61), y la mirada con la que rescató y dignificó a Zaqueo (Lc 19,5). Esta mirada de Dios se refleja también de manera milagrosa en Nuestra Señora de Guadalupe, cuyos ojos en la tilma conservan —como en una persona viva— la escena del milagro: el reflejo de Juan Diego ante ella… y, en cierta manera, el reflejo de todos nosotros. La mirada con la que María miró a Juan Diego, la mirada con la que miró a Catalina, es la misma mirada viva y maternal con la que hoy nos mira a cada uno de nosotros para abrazarnos, consolarnos y guiarnos.

María nos mira porque ella misma fue mirada por Dios. En el Magníficat proclama su propia experiencia: “El Señor ha mirado la humildad de su servidora” (Lc 1,48). Esa mirada divina, que se posa sobre los pequeños, es la que eleva a María y revela el estilo de Dios: un Dios que exalta la humildad y derriba del trono a los poderosos cuando se vuelven opresores. María es la voz que reivindica a los humildes frente a la soberbia de quienes se creen invencibles. Su canto anuncia un mundo nuevo donde Dios levanta a los caídos y confunde a los que abusan del poder. Cristo mismo vino como Mesías manso y humilde, para acercarse a los pobres, a los enfermos, a los pecadores, para devolverles dignidad. Lo contrario de la humildad es la soberbia, y la soberbia siempre termina pisoteando la vida de los más frágiles. Hoy vemos cuántos jóvenes son destruidos por la ambición desmedida del dinero y del poder; cuántos son explotados por quienes trafican drogas, lucran con la muerte y rompen familias enteras. No hay gesto más despreciable que abusar de los niños o de los vulnerables. Y debemos decirlo con claridad: no hay pecado más grande que lucrar con la vida humana, eliminarla o tratarla como un objeto; esto incluye los abortos procurados, donde la vida más indefensa es descartada. Y también aquellos que desprecian a la familia, santuario sagrado donde se forman las personas. Cuando se destruye la familia, se debilita la raíz misma de la sociedad. María, la humilde que cantó la misericordia de Dios, se levanta hoy como voz profética para recordarnos que toda vida es sagrada y que la familia es camino de humanidad y de esperanza.

María mostró a santa Catalina que está atenta a la vida cotidiana de sus hijos, anunciando incluso que vendrían tiempos difíciles para Francia y para la Iglesia, pero asegurando su compañía. Esa promesa vale también para nosotros hoy: “No temas, estoy contigo hoy 27 de noviembre de 2025; estoy contigo en este Año Jubilar; estoy contigo en los años que vendrán.” Aunque haya dificultades, aunque surjan pruebas muy grandes como las que ella anunció a Catalina, María nos promete su presencia firme y maternal. Ella camina con nosotros en nuestras crisis familiares, en nuestras enfermedades, en las noches de incertidumbre, en las pruebas espirituales y en los desafíos de nuestra Iglesia y de nuestro país. Su mensaje es claro y lleno de ternura: “No temas, yo estoy contigo.”

La Medalla Milagrosa que la Virgen pidió diseñar no es un objeto supersticioso, sino un signo visible de su amor. En la Medalla, María aparece de pie sobre la serpiente, recordándonos que el mal no tiene la última palabra. En la visión de santa Catalina, la Virgen extendía sus manos, y de sus dedos salían rayos de luz que iluminaban el mundo. Esos rayos —explicó la misma Catalina— representan las gracias que María derrama sobre quienes las piden, gracias abundantes, necesarias y actuales. Y la Virgen le reveló que los rayos que no brillaban eran las gracias que Ella quería conceder, pero que los hijos no pedían. ¡Cuántos dones quiere darnos María, y no los recibimos simplemente porque no los pedimos! Ella derrama consuelo en el sufrimiento, fortaleza en la prueba, protección en el peligro y luz para caminar. María sostiene al que cae, anima al que se cansa y guía al que busca con un amor profundamente maternal.

María también eligió a Catalina para enseñar que Dios se sirve de los humildes. Catalina guardó silencio durante décadas, y recién al final de su vida se supo que ella era la vidente. Ese anonimato muestra que la verdadera grandeza no está en ser vistos, sino en servir en silencio, dejándonos moldear por la voluntad de Dios, como lo hizo María.

Celebrar hoy a la Virgen de la Medalla Milagrosa es dejarnos mirar y cuidar por ella. Es aceptar su protección maternal, es llevar la Medalla cerca del corazón como signo de fe, pero sobre todo es abrirle la vida, para que ella la ilumine, la consuele y la transforme. María nos invita: “Ven al pie del altar. Allí recibirás gracias.” Es decir, ven a Jesús; déjate abrazar por Él; entregale tus dolores y tus esperanzas.

Pidamos a la Virgen de la Medalla Milagrosa que cure nuestras heridas, fortalezca nuestras familias, proteja a nuestros niños y jóvenes, sostenga a los enfermos, acompañe a los pobres y derrame abundantes gracias sobre nuestra Iglesia y nuestra patria. Que sus rayos de gracia nos alcancen con la paz verdadera, con la sana convivencia, la fraternidad, la solidaridad y la concordia entre los pueblos. Invoquemos también la justicia, especialmente la equidad, para que quienes están desocupados o subocupados encuentren trabajo y salario digno, y así puedan sostener con dignidad a sus hogares. Que esos mismos rayos de misericordia lleguen también a nuestros migrantes, muchas veces heridos, discriminados o desprotegidos, para que les toquen el corazón y enciendan de nuevo la esperanza. Rogamos el cese de los crímenes, especialmente de los feminicidios, de los abusos y de toda violencia que destruye la dignidad humana. Que esos rayos de luz divina penetren en cada corazón y transformen los males que nos oprimen. Y que, por la intercesión de la Virgen Inmaculada, la cabeza de la serpiente del mal sea nuevamente aplastada, para que la gracia triunfe sobre toda oscuridad y reine la justicia de Dios en nuestra sociedad.

Que María, Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, derrame sobre nosotros las gracias que brotan de sus manos y que ella misma mostró a santa Catalina: la gracia de la paz, de la conversión, de la protección materna y de la esperanza renovada. Le pedimos que bendiga a cada familia aquí presente, a nuestra comunidad parroquial, a nuestra Arquidiócesis y a toda nuestra querida patria paraguaya. Bajo su amparo nos acogemos, confiando en su cuidado maternal. Ella, que es la Virgen de los Milagros de Fernando de la Mora, la Virgen de Caacupé, y la Madre de todo el Paraguay, nos acompañe, nos fortalezca y nos cubra con su manto.

Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti. Amén.

 

Card. Adalberto Martínez Flores

27 de noviembre de 2025