PARROQUIA MARÍA REINA
Sexto día del Novenario
Lema: Asegurar una salud integral

Queridos hermanos y hermanas:

Como decíamos el pasado 15 de agosto, en la solemnidad de Nuestra Señora de la Asunción, las lecturas de la Palabra de Dios y todo cuanto podemos expresar sobre la Virgen Santa son como pequeñas teselas que forman un mosaico. Cada una nos permite descubrir algún rasgo de su vida, de su fe y de su misión, aunque nunca podremos describir acabadamente su perfil humano y celestial.

Hoy contemplamos esta bellísima imagen de María Reina. Admiramos la delicadeza de sus rasgos, su expresión maternal, su corona y cuanto el artista ha logrado plasmar. Sin embargo, por más bella que sea esta imagen, ni ella ni ninguna otra podrá igualar la belleza de la Virgen María. Su verdadera hermosura resplandece en su corazón creyente, en su humildad, obediencia, ternura maternal y entrega total a Dios.

María Reina nos reúne como una madre reúne a sus hijos, no para hablarnos principalmente de sí misma, sino para mostrarnos a Jesús, el Dios hecho hombre, nacido de su seno y de su corazón. Antes de concebirlo en su vientre, lo concibió en su corazón mediante la fe: escuchó la Palabra, creyó y se entregó a la voluntad de Dios. Ella es la llena de gracia y la bendita entre todas las mujeres porque bendito es el fruto de su vientre, Jesús.

En este sexto día del novenario, el lema nos invita a Asegurar una salud integral. Por eso contemplamos a María como Reina, Madre y Salud de los enfermos. En Roma se la venera como Salus Populi Romani, “Salud o Salvación del Pueblo Romano”, y en Venecia como la Madonna della Salute, Nuestra Señora de la Salud.

Esta última devoción se fortaleció durante la peste de 1630, que causó la muerte de miles de personas. En medio de aquella pandemia, el pueblo de Venecia imploró la intercesión de María y prometió levantar un templo en su honor si la peste cesaba. Al terminar la epidemia, construyó la Basílica de Santa María de la Salud como expresión de gratitud por su protección maternal.

Llamamos a María Madre de la Salud porque nos entrega a Jesucristo, nuestra salud y salvación. Ella no ocupa el lugar de Dios ni sustituye la labor de los médicos y demás profesionales sanitarios; nos conduce hacia Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, quien vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

La salud integral no consiste solamente en no padecer una enfermedad física. Comprende el cuidado del cuerpo, de la mente y del espíritu. Supone alimentación, vivienda digna, trabajo, medicamentos y atención sanitaria oportuna, pero también relaciones familiares sanas, protección frente a toda violencia y una vida reconciliada con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

No es un tiempo fácil para los enfermos ni para quienes padecen alguna patología y necesitan atención permanente. Muchas familias sufren porque no encuentran los medicamentos indicados o porque sus elevados costos superan sus posibilidades. No podemos aceptar como normal que deban elegir entre comprar alimentos o adquirir los remedios indispensables. La salud y los medicamentos esenciales no pueden ser privilegios de quienes poseen mayores recursos.

Esta preocupación fue señalada a las autoridades del Gobierno durante la reciente reunión que mantuvimos con ellas. Lo hicimos con respeto, pero también con claridad, porque detrás de cada carencia hay enfermos que no pueden esperar y familias que se endeudan. Asegurar una salud integral exige escuchar estos clamores y ofrecer respuestas oportunas, transparentes y eficaces.

María es una verdadera buena samaritana: acudió presurosa a visitar y ayudar a santa Isabel y, en las bodas de Caná, estuvo atenta a la necesidad de los esposos. Ella percibe las preocupaciones de su entorno, se acerca y sirve con amor. Por eso, la Parroquia María Reina debe ser también una comunidad buena samaritana que acompaña a quienes sufren y busca la salud integral de todos.

La primera lectura nos presenta el inmenso dolor del profeta Ezequiel, quien pierde repentinamente a su esposa, “la delicia de sus ojos”. Su sufrimiento se convierte en un signo para el pueblo que se había alejado de Dios. Esta lectura nos permite contemplar a María como Madre Dolorosa. Ella permaneció de pie junto a la cruz, viendo a su Hijo desfigurado, coronado de espinas y clavado en el madero. Allí se cumplió la profecía de Simeón: una espada atravesó su corazón.

Las espinas de la corona de Jesús también atravesaron el corazón de su Madre. Esas espinas continúan clavándose hoy en el corazón de Dios, en el de María y en el de numerosas familias. Junto con las enfermedades del cuerpo, padecemos una creciente pandemia del pecado, que enferma los corazones y va extendiéndose en nuestra sociedad.

Una de sus expresiones más dolorosas es la expansión de las adicciones a las drogas ilícitas. Estas sustancias circulan en nuestros barrios, alcanzan a niños y jóvenes y comprometen seriamente su futuro. Detrás de cada joven afectado hay una familia que sufre y clama por ayuda. Necesitamos prevención, educación, tratamiento, rehabilitación y reinserción social; combatir decididamente el tráfico y el microtráfico y, al mismo tiempo, acercarnos con misericordia a quienes han caído.

Otra terrible pandemia es la de los abusos contra niños, niñas y adolescentes. Cada abuso es un crimen, un pecado gravísimo y una herida en el cuerpo de Cristo. Las víctimas no tienen culpa: deben ser escuchadas, protegidas, acompañadas y reparadas. No podemos guardar silencios cómplices ni permitir que prevalezca la impunidad.

No podemos olvidar a Roselín Florentín Gómez, de 14 años, víctima de un horrendo crimen en Caazapá. Su muerte hirió profundamente a su familia y a toda nuestra sociedad. Tampoco podemos permanecer indiferentes ante los asesinatos, feminicidios e infanticidios que arrebatan la vida de niñas y niños. Cada vida inocente arrebatada es una espina que vuelve a atravesar el corazón de Cristo y de su Madre.

Las víctimas no pueden quedar reducidas a cifras ni sus historias perderse en el olvido. Necesitamos verdad, justicia y una actuación firme de las instituciones. Debemos construir hogares, escuelas, parroquias y comunidades donde cada niño esté protegido. La salud integral de una sociedad comienza por el cuidado de sus miembros más pequeños y vulnerables.

Recordamos también los hechos ocurridos el pasado 14 de agosto en la comunidad Ava Guaraní Tekoha Y’apo, donde perdieron la vida el líder indígena Antonio Carrillo y el docente Catalino Correa. Estos hechos deben esclarecerse para que haya verdad y justicia y no queden impunes. Nos duele igualmente la tragedia de Pedrozo, donde cinco personas pertenecientes a dos familias perdieron la vida. Elevamos nuestra oración y pedimos las obras urgentes que brinden mayor seguridad.

Son también espinas la violencia familiar, la explotación sexual, la trata y el tráfico de personas, las desapariciones, la desnutrición infantil, la falta de tierra, vivienda y trabajo dignos, la discriminación de indígenas y campesinos y el abandono de nuestros mayores. En cada persona herida o despreciada, Cristo vuelve a ser crucificado y el corazón de su Madre vuelve a ser atravesado.

El Evangelio nos presenta a un joven bueno que deseaba alcanzar la Vida eterna. Jesús lo invitó a desprenderse de sus bienes, compartirlos con los pobres y seguirlo. Sin embargo, se marchó entristecido porque estaba demasiado apegado a sus riquezas: poseía muchos bienes, pero aquellos bienes también lo poseían a él. El apego, la codicia y el egoísmo son enfermedades del corazón que nos impiden reconocer las necesidades de los demás.

María hizo aquello que el joven rico no pudo hacer: confió plenamente en Dios, se desprendió de sí misma y siguió al Señor hasta el final. Su verdadero tesoro era Dios. También san Carlo Acutis encontró en la Eucaristía la fuerza para amar a Jesús y servir a los demás. Él la llamaba su “autopista hacia el cielo”. La Eucaristía es alimento para nuestra salud espiritual y fortaleza para afrontar las dificultades del camino.

María no es solamente la Madre Dolorosa: es también la Madre de la esperanza. Permaneció junto a la cruz porque confió en que la muerte no tendría la última palabra. La resurrección nos asegura que la vida vencerá a la muerte, la verdad a la mentira y el bien al mal. Por muy grande que parezca la oscuridad, la luz de Cristo siempre será más fuerte.

Hoy queremos coronar a María Reina, pero no con una corona de espinas, sino con la corona de la concordia, formada por hijos que se quieren, se respetan, se perdonan y se ayudan. La corona que más alegra a una madre es ver a sus hijos unidos: familias reconciliadas, niños protegidos, jóvenes acompañados, enfermos atendidos y necesitados que encuentran abiertas las puertas de la comunidad.

Así como el pueblo de Venecia acudió a María durante la peste, hoy imploramos su intercesión frente a las pandemias del pecado, las adicciones, los abusos, la violencia, la injusticia y la indiferencia. Pero también asumimos nuestro compromiso, porque la oración verdadera nos convierte en instrumentos de la sanación de Dios.

Que María Reina, Madre de la Salud, Madre Dolorosa y Madre de la esperanza, cuide a todos sus hijos, nos reúna bajo su manto y nos conduzca hacia Jesús. Que la Parroquia María Reina sea una casa de acogida, protección, salud y esperanza, y que nuestra concordia y nuestro servicio a quienes sufren sean la corona más hermosa que podamos ofrecerle.

 

Asunción, 17  de agosto de 2026.

Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción