HOMILÍA
XIV Domingo del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos y hermanas:
En primer lugar, demos gracias a Dios por la semana que hemos vivido. Han sido días de mucha gracia para la Iglesia. He tenido la oportunidad de participar del Consistorio convocado por el Santo Padre, el Papa León XIV, junto con los cardenales provenientes de los distintos continentes. Fue una experiencia de verdadera comunión eclesial, de escucha recíproca y de discernimiento sobre los grandes desafíos de la misión evangelizadora en el mundo actual.
Tuve también la alegría de saludar personalmente al Santo Padre y asegurarle las oraciones del pueblo paraguayo, que diariamente lo encomienda al Señor para que lo fortalezca, lo ilumine y lo sostenga en el ejercicio de su ministerio petrino. Asimismo, el pasado 29 de junio, solemnidad de los santos Pedro y Pablo, compartimos la celebración de la Eucaristía y un fraterno almuerzo con el Santo Padre, ocasión en la que renovamos nuestra comunión, fidelidad y lealtad al Sucesor de Pedro.
Durante las sesiones del Consistorio escuchamos las experiencias de las Iglesias de los diversos continentes. Compartimos las alegrías y esperanzas, pero también las preocupaciones y sufrimientos de tantos pueblos marcados por las guerras, la pobreza, las migraciones, las persecuciones y otras situaciones dolorosas. Todo ello nos animó a renovar nuestra confianza en Jesucristo y nuestro compromiso de anunciar el Evangelio con esperanza.
Hoy queremos elevar una oración muy especial por el querido pueblo venezolano, que ha sufrido recientemente las consecuencias de un fuerte terremoto. Rezamos por quienes han fallecido, por los heridos, por las familias que lo han perdido todo y por quienes trabajan en las tareas de rescate y reconstrucción. Nuestra Iglesia en Paraguay está realizando una colecta solidaria para ayudar a nuestros hermanos venezolanos. Que el Señor bendiga la generosidad de quienes compartirán sus bienes con quienes hoy más lo necesitan.
Las lecturas que acabamos de escuchar iluminan profundamente nuestra vida.
El profeta Zacarías anuncia la llegada de un Rey diferente. No viene montado sobre un caballo de guerra ni rodeado de ejércitos. Llega humilde, montado sobre un burrito. Su fuerza no está en las armas, sino en la justicia, la paz y el amor. Ese Rey es Jesucristo, que conquista los corazones no imponiendo su poder, sino entregando su vida por nosotros.
San Pablo, por su parte, nos recuerda que los cristianos estamos llamados a vivir según el Espíritu y no según el egoísmo. El Espíritu Santo habita en nosotros y nos da la fuerza para vencer el pecado, superar nuestras debilidades y caminar como verdaderos hijos de Dios.
Finalmente, en el Evangelio, Jesús nos dirige una de las invitaciones más hermosas de toda la Sagrada Escritura: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré».
¡Cuántas personas viven hoy cansadas! Hay cansancio físico, pero también espiritual; familias preocupadas por el trabajo, enfermos que cargan el peso del dolor, jóvenes que buscan sentido para sus vidas, ancianos que experimentan la soledad y tantos hermanos que atraviesan dificultades económicas o familiares.
Jesús no nos promete una vida sin dificultades. Él promete caminar con nosotros. Nos invita a tomar su yugo, es decir, a compartir su modo de vivir, aprendiendo de Él, que es manso y humilde de corazón.
En esta lucha por alcanzar el Reino de los cielos debemos perseverar todos los días. Es un combate espiritual permanente. Habrá momentos de victoria y también momentos de caída. Habrá días de entusiasmo y otros de cansancio. Algo semejante sucede también en el deporte. En el fútbol se gana y se pierde. Una derrota puede doler, pero no significa el final del camino.
También en la vida cristiana puede haber tropiezos. Lo verdaderamente importante es levantarse. El discípulo de Jesucristo no permanece mirando el pasado con tristeza ni se deja vencer por el desánimo. Mira siempre hacia adelante, con la confianza puesta en el Señor. Cristo nunca abandona a quien vuelve a levantarse. Él nos toma de la mano, nos fortalece con su gracia y nos invita a comenzar de nuevo cuantas veces sea necesario.
Por eso Jesús nos dice hoy: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». La humildad no es debilidad; es la fortaleza de quien confía plenamente en Dios. El orgullo divide; la humildad construye comunión. La soberbia levanta muros; la humildad tiende puentes.
También nuestro Paraguay necesita hombres y mujeres humildes, capaces de dialogar, de reconciliarse, de trabajar juntos por el bien común y de construir una sociedad más justa, fraterna y solidaria.
Quisiera compartir también una gran alegría que hemos vivido ayer, 4 de julio. Participamos de la ordenación episcopal de Cristino Ramos González, quien ha comenzado su ministerio pastoral como Obispo de la Diócesis de Concepción y Amambay.
Fue una celebración profundamente emotiva. Estuvieron presentes todos los obispos del Paraguay, numerosos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y una inmensa multitud del santo Pueblo fiel de Dios. Fue una verdadera fiesta de la Iglesia, que dio gracias al Señor por el don de un nuevo pastor.
Quisiera destacar un gesto que conmovió profundamente a todos. Al finalizar la celebración, los jóvenes de la Pastoral Juvenil distribuyeron el almuerzo a todos los fieles presentes. Quienes habían sido alimentados con el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía recibieron también el pan compartido de la mesa fraterna. Ese gesto hizo visible el mandato de Jesús: «Denles ustedes de comer» (Mt 14,16). La Eucaristía siempre nos impulsa a la caridad. No podemos alimentarnos del Pan de Vida y permanecer indiferentes ante las necesidades de nuestros hermanos.
Encomendemos también a la oración de toda nuestra comunidad a nuestro hermano Obispo Cristino Ramos González. Pidamos al Señor que lo fortalezca con los dones del Espíritu Santo para que sea un pastor según el corazón de Cristo: cercano a su pueblo, humilde, fiel al Evangelio, servidor de los pobres y sembrador de esperanza. Que la Santísima Virgen María lo acompañe siempre en el inicio de este ministerio episcopal.
Pidamos también por el Santo Padre León XIV, para que el Señor lo sostenga con su gracia; por el pueblo venezolano, para que encuentre consuelo y esperanza; por nuestra patria, para que crezca en la paz y la solidaridad; y por cada uno de nosotros, para que, aun en medio de las dificultades, nunca dejemos de caminar hacia adelante con la mirada fija en Jesucristo.
Que Nuestra Señora de la Asunción interceda por todos nosotros y nos enseñe a vivir con un corazón manso, humilde y lleno de confianza en Dios.
Amén.
Asunción, 05 de julio del 2026
Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo de la Arquidiócesis de Asunción
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