SANTA MISA

HOMILÍA 

Domingo 18 de enero – II Domingo del Tiempo Ordinario

Jn 1, 29-34 | Is 49, 3.5-6 | Sal 39 | 1 Cor 1, 1-3

50 años de vida sacerdotal del padre Rafael

 

1. Queridos hermanos y hermanas: en estos días hemos vivido una gracia especial de comunión eclesial. En el marco del reciente consistorio que reunió al Colegio de Cardenales, pude dirigir al Santo Padre, el Papa León XIV, un mensaje personal en el que le expresé: «Santo Padre, muchas gracias por la cercanía y por el encuentro vivido. Le aseguro la oración del pueblo de Paraguay, que lo ama profundamente, y le deseamos un fecundo tiempo de gracia, con las puertas del corazón de Cristo siempre abiertas». El Santo Padre respondió con palabras sencillas y llenas de paternidad pastoral: «+Adalberto, muchas gracias por el mensaje. Y gracias siempre por la oración. Mis saludos y una bendición especial a todos los fieles». Hoy recibimos esa bendición del Sucesor de Pedro con gratitud y la hacemos nuestra como signo de comunión, esperanza y aliento para nuestra Iglesia.

2. En estos días, junto con el Santo Padre, hemos reflexionado también sobre la misión de la Iglesia, profundizando el camino abierto por el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, La alegría del Evangelio. Se nos recuerda que la Iglesia no vive para sí misma, sino que está llamada a salir, con las puertas abiertas, en búsqueda de la oveja perdida, cercana a quienes viven la soledad, la pobreza y el sufrimiento, anunciando con alegría que Dios no abandona a su pueblo.

3. Esta experiencia de comunión y de misión ilumina profundamente la Palabra de Dios que hoy hemos escuchado, especialmente el Evangelio según san Juan, cuando Juan el Bautista, al ver a Jesús que se acerca, proclama con claridad y humildad: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». No es una frase más: es el corazón de nuestra fe.

4. Juan no presenta a Jesús con títulos de poder o prestigio. Dice algo desconcertante: Cordero. Con esta palabra nos revela el modo de actuar de Dios: no imponerse, sino entregarse; no dominar, sino servir; no salvar desde arriba, sino cargar con nuestra fragilidad.

5. En la tradición de Israel, el cordero era ofrecido en la Pascua como signo de liberación y alianza. Al llamar a Jesús Cordero de Dios, Juan proclama que en Él se cumple definitivamente esa entrega: ya no es un animal el que se ofrece, sino el mismo Hijo de Dios, que toma sobre sí el pecado del mundo.

6. Jesús no quita el pecado con violencia ni con condena. Lo quita con amor, con misericordia, con una entrega total de su vida. Así se revela el verdadero rostro de Dios que la Iglesia está llamada a anunciar hoy.

7. San Juan Bautista aparece como el hombre humilde que prepara el camino. Señala y se aparta. Es él quien derrama el agua sobre la cabeza del Hijo de Dios en el Jordán, no porque Jesús necesitara conversión, sino para revelarnos algo esencial.

8. Jesús se bautiza para enseñarnos que, en el Bautismo, participamos de su vida, de su muerte y de su resurrección. Al entrar en las aguas se solidariza con nuestra humanidad herida; al salir de ellas nos abre el camino de una vida nueva. El Bautismo no es un recuerdo del pasado, es nuestra identidad más profunda.

9. Este misterio del Cordero de Dios se hace presente hoy en la Eucaristía. Antes de comulgar, el sacerdote eleva la hostia y repite: «Este es el Cordero de Dios». La hostia consagrada no es un símbolo: es Jesús vivo, el mismo que Juan señaló, que se entrega como Pan de Vida.

10. La primera lectura del profeta Isaías nos recuerda: «Te hago luz de las naciones». Dios llama para una misión grande, pero la realiza a través de vidas concretas, fieles y disponibles.

11. El salmo pone en nuestros labios la respuesta del creyente: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Esta es la actitud del discípulo y del servidor.

12. En este horizonte de misión y entrega, hoy damos gracias a Dios por los 50 años de vida sacerdotal del padre Rafael. No celebramos solo una fecha, sino una vida ofrecida, una fidelidad sostenida por la gracia de Dios a lo largo del tiempo.

13. Son 50 años de anunciar el Evangelio, de celebrar los sacramentos, de acompañar alegrías y dolores, de cargar cruces ajenas, muchas veces sin aplausos. Son verdaderas bodas de entrega, unirse cada día más profundamente a Cristo.

14. San Agustín, hablaba del sacerdocio con profunda humildad: «Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano. Aquello es un deber, esto es una gracia; aquello es un peligro, esto es salvación». El sacerdote no se separa del pueblo, camina con él.

15. Y enseñaba también san Agustín: «El buen pastor no busca lo suyo, sino lo que es de Cristo». El sacerdocio es servicio, no privilegio; es fidelidad cotidiana.

16. San Agustín unía inseparablemente el sacerdocio con la Eucaristía. Decía al pueblo: «Reciben lo que son y son lo que reciben: el Cuerpo de Cristo». La Eucaristía no es solo algo que se celebra, es una vida que se asume.

17. Celebrar la Eucaristía significa dejarse configurar por Cristo. Quien recibe el Cuerpo del Señor está llamado a convertirse en pan partido para los demás.

18. Esta verdad ilumina de modo muy concreto los 50 años de vida sacerdotal del padre Rafael. Cada Eucaristía celebrada ha sido también una entrega personal: de su tiempo, de su escucha, de su cercanía pastoral, dejándose moldear por el Pan que se parte y se reparte.

19. Celebrar la Eucaristía es aprender cada día a partirse y a darse. El altar es escuela permanente de humildad y de amor.

20. Recordamos también hoy a san José, esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús, el hombre justo, que custodió la vida y el misterio de Dios en el silencio fiel.

21. Todo lo que hoy celebramos nos conduce a un mismo camino: la humildad. Jesús, el Cordero de Dios, que se entrega; Juan, que señala y se aparta; José, que sirve en silencio; y una vida sacerdotal que se dona cada día.

22. Damos gracias a Dios por estos 50 años de ministerio del padre Rafael y renovamos nuestra oración para que el Señor siga concediéndole alegría en el servicio, paz en el corazón y fidelidad perseverante.

23. Damos gracias al Señor por la salvación que se nos regala en la Eucaristía, por el Pan de Vida que nos nutre y fortalece nuestro caminar cotidiano. Pedimos al Señor que bendiga a todos los sacerdotes, a aquellos que han sido escogidos de entre los hombres, no por ser siempre los mejores, sino porque, por pura gracia, Dios ha querido poner su misterio en manos frágiles. Manos que Él llena primero con su amor y su perdón, para que luego, con esas manos llenas, puedan servir, partir el pan y entregarse a los demás.

24. También nosotros somos llamados a dejarnos interpelar por esta Eucaristía: a vivir nuestro Bautismo con coherencia, a caminar juntos como Iglesia en salida, a escucharnos, discernir y servir con humildad.

25. Que el Cordero de Dios, presente y vivo en esta Misa, reciba nuestra acción de gracias, renueve nuestra fe y nos conceda su paz, enviándonos como testigos humildes de su amor en el mundo.

Cardenal Adalberto Martínez Flores

18 de enero de 2026