SANTA MISA
HOMILÍA
Solemnidad de San José, , esposo de la Virgen María y Patrono Universal de la Iglesia
Santuario Ecológico de la Parroquia San José de Limpio
Queridos hermanos y hermanas:
- En esta tarde solemne, donde la creación entera parece unirse a nuestra alabanza, y el sol ilumina con su luz serena la alegría de la Iglesia, contemplamos la belleza de la fe que también se expresa en la poesía, en el arte y en el silencio. Porque hay misterios que no se explican solamente con palabras, sino que se contemplan, se rezan y se cantan. Uno de los grandes poetas del Siglo de Oro español, Lope de Vega, nacido el 25 de noviembre de 1562 y fallecido el 27 de agosto de 1635, sacerdote ordenado en el año 1614 a los 52 años, supo expresar en su vida y en su poesía la profundidad de una fe vivida en lo cotidiano. Inspirados en ese espíritu, contemplamos a San José con estos versos:
José, varón justo, humilde y callado / custodio fiel del Misterio divino / en tus manos crecía el Dios encarnado / que vino a salvarnos y hacerse camino / Padre sin título, padre verdadero / que en santo silencio supiste creer / guardando en tu casa el más alto tesoro / al Niño que enseña la vida a nacer / No buscaste honores, no alzaste tu voz / tu gloria fue amar, servir y cuidar / y en tu pobre taller trabajaba Dios / aprendiendo del hombre el arte de amar.
- A la luz de esta contemplación, volvemos al corazón del Evangelio según san Mateo, donde se nos presenta una escena profundamente humana y, al mismo tiempo, profundamente divina: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla públicamente, decidió rechazarla en secreto. En medio de esa situación desconcertante, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa…”. Y cuando despertó, hizo lo que el Señor le había mandado (cf. Mt 1,18-21.24a).
- El Evangelio nos deja una palabra que ilumina toda su vida: José era un hombre justo. Esta afirmación encierra una riqueza profunda que va más allá de una simple conducta exterior. La Sagrada Escritura nos enseña que el justo es aquel que camina con integridad, que florece con firmeza y que vive sostenido por la fe (cf. Pr 20,7; Sal 92,13; Hab 2,4). Por eso, ser justo no significa solamente cumplir normas, sino vivir en comunión con Dios, confiar en Él, buscar el bien y actuar con rectitud y misericordia. Es tener el corazón ordenado según Dios y dejarse guiar por su voluntad en cada momento.
- Esta justicia se hace vida concreta en San José. Él atraviesa una situación complicada y desconcertante, que no logra comprender plenamente, pero en lugar de reaccionar impulsivamente, opta por el silencio, el discernimiento y la búsqueda del bien. Decide proteger a María y cuidar la vida que comienza, aun sin entender del todo el misterio que está viviendo. En ese espacio interior de silencio, Dios le habla, y José responde con prontitud y confianza, llevando a la práctica lo que ha recibido. Así comprendemos que su justicia es también integridad: una vida sin doblez, coherente y transparente ante Dios y ante los demás. San José se presenta como figura de un hombre íntegro, y esta virtud resuena hoy con especial fuerza en nuestra sociedad, tan necesitada de hombres y mujeres que vivan sin máscaras, sin doblez, con verdad y coherencia.
- Es como si hoy San José estuviera aquí, en medio de nosotros, hablándonos al corazón como Pueblo de Dios, invitándonos a integrar nuestra vida en Dios y a vivir como hombres y mujeres íntegros, como se dice, de una sola pieza. Porque cuando nos apartamos de Dios y de sus caminos, nuestra vida comienza a desintegrarse de muchas maneras: en las murmuraciones, en los chismes, en las descalificaciones, en las palabras que hieren y destruyen, en las difamaciones que se difunden sin filtrar la información ni verificar la verdad, dañando la dignidad de los demás sin conocer realmente sus razones. Y resuenan aquí aquellas palabras: “no buscaste honores, no alzaste la voz”. Cuánto necesitamos aprender de esto hoy, porque no por hablar mucho, ni por hacerlo en voz alta, se impone la verdad. A veces hay quienes gritan, se exaltan, levantan la voz, pero eso no significa que estén en la verdad. San José, en cambio, nos enseña el valor del silencio fecundo, de la palabra justa y del corazón limpio. Él no necesitó decir muchas palabras para expresar lo esencial; su vida fue su mensaje. Y hoy nos invita a cuidar lo que decimos, a purificar nuestras intenciones y a construir con nuestras palabras y nuestras obras una vida unificada en Dios.
- San José aparece así como un ejemplo luminoso para todos: modelo de padre y de esposo fiel, hombre que no se deja llevar por pensamientos negativos ni por intereses egoístas, sino que busca siempre el bien de los demás, especialmente de María, su esposa, y del Niño Jesús. Ser padre, a la luz de San José, no es solo engendrar, sino estar presente, acompañar, cuidar, educar y amar con fidelidad. Es ser sostén, guía e integrador de la familia. En nuestra sociedad hay muchos padres que viven esta vocación con generosidad y entrega silenciosa, pero también debemos reconocer que existe un número significativo de padres que no han asumido plenamente su responsabilidad. Hacia finales del año pasado, 2025, se registraron más de 2.000 casos de padres que han sido denunciados por no cumplir adecuadamente con sus responsabilidades familiares, y sabemos que esta cifra puede ser aún mayor, porque muchos casos no llegan a registrarse ni a denunciarse. No se trata solamente de un sustento económico, aunque esta es una parte importante de la responsabilidad paterna, sino también del sustento de la presencia, del acompañamiento a los hijos en su crecimiento, y de ser un factor educativo fundamental en el seno de la familia. El padre no puede dejar de ser, como San José, una figura con un rol importantísimo en la vida familiar. Esta realidad nos interpela y nos llama a promover una paternidad más consciente, cercana y comprometida.
- San José cuidó de su familia en lo concreto, en el hogar de Nazaret, y desde ahí se ilumina también nuestra realidad parroquial y diocesana. Se hace cada vez más urgente fortalecer la pastoral familiar, para acompañar y sostener los vínculos entre los esposos, entre padres e hijos, ayudando a que las familias crezcan en unidad y santidad, teniendo siempre a Dios en el centro de su vida.
- Una pastoral familiar verdaderamente evangelizadora es aquella que se adelanta, que es misionera, que sale al encuentro y que acompaña procesos con cercanía y paciencia. Es una pastoral que trabaja para que las familias sean verdaderas transmisoras de la fe y de los valores cristianos, no solo con palabras, sino con el testimonio de vida cotidiana. Familias que sean promotoras del bien social, capaces de irradiar solidaridad, respeto y compromiso en sus entornos; familias que sean cuna de vocaciones, donde los hijos puedan descubrir su llamado en la vida; familias que sean ejemplo para otras familias, ayudando a integrar, a reconciliar, a sostener y a edificar la vida comunitaria.
Al mismo tiempo, esta pastoral debe acompañar las situaciones concretas de las familias, con misericordia y verdad, ayudándolas a profundizar en la fe cristiana y a cimentar su vida en el sacramento del matrimonio, fortaleciendo la alianza de los esposos y su compromiso mutuo. Familias que aprendan a vivir la fidelidad, el diálogo, el perdón y el amor, y que también sepan trabajar por la integridad en las relaciones matrimoniales y familiares, viviendo en la verdad, sin doblez, con coherencia de vida. De este modo, la familia se convierte en verdadera Iglesia doméstica, en espacio de crecimiento humano y espiritual, y en signo vivo del Evangelio en medio de la sociedad.
- Estamos llamados también a una pastoral con corazón de buen samaritano, que salga al encuentro de las periferias geográficas y existenciales, que busque, que se acerque, que acompañe y que se haga prójimo. Una pastoral que no pase de largo ante el sufrimiento, sino que se comprometa con la vida concreta de las personas, ayudando a madres solas, a abuelos y abuelas que viven en soledad, a huérfanos, a viudos y viudas. La comunidad cristiana está llamada a no rechazar a nadie, sino a abrir sus puertas y su corazón, para que todos se sientan acogidos, acompañados y profundamente amados.
- Que nuestras comunidades sean verdaderos hogares donde cada persona pueda sentirse parte, donde se construyan vínculos sanos, donde se promueva la vida y donde el amor de Dios sea experimentado en lo concreto.
- A lo largo de los siglos, poetas, artistas, músicos, hombres de teatro y del cine han contemplado la figura de San José, representándolo con el Niño Jesús en sus brazos y con el lirio en la mano, signo de su pureza y de su corazón íntegro.
- Hoy sentimos la necesidad de trabajar para recomponer el tejido social y fortalecer nuestra nación, con las virtudes que engalanan a nuestro santo patrono San José: la justicia, la integridad, la fidelidad, la humildad y el servicio.
- En este tiempo que vivimos, también marcado por un año político, estamos llamados a asumir con mayor conciencia y responsabilidad nuestro compromiso con el bien común y a trabajar decididamente por la integridad. No se trata solo de participar, sino de hacerlo con un espíritu profundamente ético y evangélico, buscando siempre el bien de todos y no los intereses particulares.
Esto implica integrar a todos los sectores de nuestras comunidades, más allá de las banderías o militancias políticas que muchas veces nos dividen, para construir juntos una sociedad más justa, fraterna y reconciliada. Significa unir los barrios, las comunidades, las instituciones, los espacios culturales y sociales, de modo que toda la ciudad se sienta parte de un mismo proyecto común.
Trabajar por la integridad es también administrar con transparencia, con honestidad y con verdadero espíritu de servicio, comprendiendo que la autoridad es para servir y no para dominar. Supone promover políticas públicas que busquen el mejoramiento constante de la ciudad, el cuidado de cada persona y el fortalecimiento del tejido social, especialmente de los más vulnerables.
Siempre se puede mejorar, siempre se puede crecer, para que nuestra ciudad sea cada vez más integradora, más solidaria, más sustentable y más acogedora con todos sus hijos e hijas. Que en este año político sepamos elegir, discernir y actuar con responsabilidad, poniendo en el centro la dignidad de la persona y el bien común. Y que quienes tienen responsabilidades públicas sepan escuchar, dialogar, construir y servir, a ejemplo de Jesús, que lava los pies de sus discípulos y nos enseña que el que quiera ser el primero debe hacerse el último y el servidor de todos.
- Y en este mismo espíritu comprendemos también la vida de San José: un hombre que supo ponerse en un segundo plano, que no buscó protagonismo, que supo ocupar el último lugar, pero desde ahí sostuvo a su familia y el plan de Dios.
- En esta tarde, al celebrar su solemnidad, pidamos la gracia de aprender de él: a escuchar a Dios en el silencio, a vivir con integridad, a servir con humildad, a cuidar la vida y la familia, y a comprometernos con el bien común.
- Que San José nos enseñe a ser hombres y mujeres justos, hombres y mujeres íntegros, custodios de la vida, de la familia y de los dones de Dios. Que San José, patrono de nuestra comunidad, bendiga y proteja a todas las familias. Que interceda especialmente por toda la ciudad de San José de los Campos Limpios de Tapuá, para que crezca en unidad, en justicia y en paz, y para que cada hogar sea un reflejo vivo del amor de Dios. Y que sepamos, en nuestra vida cotidiana, construir una cultura del encuentro, del respeto y de la verdad, evitando toda forma de difamación y trabajando siempre por el bien común.
19 de marzo de 2026
+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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