SANTA MISA
HOMILÍA 

DOMINGO DE RAMOS

CATEDRAL METROPOLITANA

Queridos hermanos y hermanas:

    1. El Miércoles de Ceniza ha quedado atrás, pero no olvidado. Hemos recibido en la frente ese signo de arrepentimiento, escuchando la llamada a convertirnos y a creer en el Evangelio, recordando que somos polvo y al polvo volveremos. Y en estos casi cuarenta días de Cuaresma hemos vivido un tiempo de preparación, de oración, ayuno y penitencia, para disponer el corazón. Este tiempo ha sido un camino de renovación interior, donde esas cenizas, signo de nuestra fragilidad y conversión, hoy se transforman en una ofrenda: en estos ramos verdes que traemos en nuestras manos. Lo que comenzó en la humildad del polvo, hoy florece como esperanza, como una esperanza que no muere.
    2. Hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén. Es cierto, es una entrada triunfal, pero no según los criterios del mundo. La Escritura nos dice: “Miren a su rey que viene a ustedes, humilde, montado en un asno” (cf. Mt 21, 5; Zac 9, 9). Jesús no entra como un mesías triunfalista, ni como alguien poderoso, ni como un rey ostentoso. Entra más bien como uno humilde, como siervo, como servidor, montado en un burrito, sin lujos en su cabalgadura, poniendo sus ojos misericordiosos y compasivos en la multitud que lo recibe con hurras y gritos de alabanza: “¡Hosanna!”. Y, sin embargo, Él sabe que ese camino lo conduce hacia la cruz.
    3. Así entra Jesús: como el Siervo sufriente, como el Cordero de Dios. Como dice el profeta: “Como cordero llevado al matadero, no abrió la boca” (Is 53, 7). No entra para recibir honores humanos, sino para ofrecer su vida. Detrás de los ramos ya está el camino del cadalso, hacia la cruz, como ofrecimiento de su propia vida, en ofrenda de sangre, derramada para rescatarnos y redimirnos. Jesús es el verdadero Mesías, el Ungido, el Dios hecho hombre, enviado para salvarnos. Y Él mismo lo proclama en la sinagoga: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos” (cf. Lc 4, 18). Él ha venido a sanar a los afligidos, a levantar a los caídos, a devolver la dignidad a los que estaban oprimidos. Él se nos revela como el verdadero Mesías: no es el que domina, sino el que sirve; no es el que se impone, sino el que se abaja en humildad; no es el que desparrama violencia, sino el que recoge y une los corazones en fraternidad.
    4. Hoy también podemos preguntarnos qué entienden algunos, religiosos o no religiosos, sobre el significado de Mesías. Porque hay muchos mesianismos: mesías falsos, estafadores de la verdad; que se creen salvadores y portadores de salvación, pero que son emisarios de destrucción; que se sientan en tronos para mandar, ordenar, juzgar y condenar, y cargan pesos sobre los demás sin mover un dedo para ayudar. Jesús los denuncia con fuerza cuando habla de los hipócritas y sepulcros blanqueados (cf. Mt 23): aquellos que se maquillan de buenos y muy religiosos, pero tienen el corazón descompuesto, con podredumbre de pecados. La descomposición y corrupción del corazón es la muerte de la humanidad. Y cuando el corazón aspira a sobreponerse con sus malas inclinaciones, aspiran poder para exhalar destrucción.
    5. En este contexto se hace más claro el contraste entre el mesías falso, triunfante y poderoso según el mundo, y el verdadero Mesías, Jesús el Señor. El mesías falso promete dominio, seguridad aparente y éxito inmediato; se impone, oprime y busca ser servido. En cambio, el verdadero Mesías se revela en la humildad, en el servicio y en la entrega total. Él es el Señor, y quien cree en Él tiene la vida eterna (cf. Jn 3, 16). Y hoy, en este mismo día, resuena con fuerza la palabra del Papa León XIV, que ilumina este contraste y nos regaló su reflexión para este día:

    “Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte.”

    1. Hoy vemos esas realidades en el mundo: guerras, enfrentamientos, violencia. Se lanzan misiles y bombas contra pueblos enteros, donde mueren civiles inocentes, y se excusan diciendo que son “daños colaterales”. Pero para Dios no existen daños colaterales. Cada vida es sagrada. Cada persona es amada por Dios. Ese no es el espíritu del Mesías. Ese no es el camino de Cristo.
    2. Jesús nos enseña otro camino. Él supera la ley del talión: “Han oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente; pero yo les digo…” (cf. Mt 5, 38). Él nos invita a sanar las heridas del corazón, a romper la lógica de la violencia, a vencer el mal con el bien. Él no responde al odio con odio, sino con amor; no responde a la violencia con violencia, sino con entrega.
    3. Esta semana que comenzamos es el corazón de nuestra fe. La Iglesia nos enseña que Cristo realizó nuestra redención por su pasión, muerte y resurrección (cf. Sacrosanctum Concilium, 5). Esta es la Semana Santa, el tiempo en que acompañamos a Jesús en su camino de entrega total.
    4. El Jueves Santo es un día profundamente especial. Recordamos la institución de la Eucaristía y del sacerdocio. Los sacerdotes renuevan sus promesas, y los óleos santos son consagrados. Pero también contemplamos a Jesús que, en la víspera de su pasión, se levanta de la mesa, se quita el manto, se ciñe el delantal del servicio y lava los pies a sus discípulos. El Maestro se hace servidor. Se despoja de sus vestiduras, anticipando el despojo total de la cruz. Como dice san Pablo: “No consideró su condición divina como algo a qué aferrarse, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo” (cf. Flp 2, 6-7).
    5. El Viernes Santo contemplamos ese despojo total. Jesús es despojado de todo. Es humillado, rechazado, condenado. Se despojó de sus vestiduras para cubrirnos con su manto de misericordia. Y sin embargo, en ese momento supremo, se revela el amor más grande. Como dice el apóstol Pedro: “Han sido rescatados no con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha” (cf. 1 Pe 1, 18-19). Él es el Cordero que da la vida por nosotros. Con su sangre nos rescata, nos redime, nos devuelve la vida.
    6. Y así llegamos a la Pascua. Allí cantaremos el Aleluya con gran esperanza, porque la muerte ha sido vencida, el pecado ha sido aplastado, y la gracia de Dios nos ha redimido para ser hijos de la resurrección. Cristo ha resucitado, y con Él se abre para nosotros un camino nuevo de vida.
    7. En este año, además, celebramos el jubileo por los 800 años del tránsito de San Francisco de Asís. Él supo comprender profundamente este misterio de Cristo. No buscó un Cristo de aplausos, sino un Cristo para amar y seguir hasta la cruz. Supo reconocer en Jesús al Rey humilde, al pobre, al siervo. Y por eso su vida fue un verdadero “Hosanna” hecho entrega.
    8. Hermanas y hermanos, hoy levantamos los ramos y cantamos “Hosanna”. Pero el verdadero “Hosanna” no se queda en los labios. Se convierte en vida. Se convierte en entrega. Se convierte en seguimiento fiel de Cristo.
    9. Jesús entra hoy en Jerusalén, pero quiere entrar también en nuestro corazón. No como un rey poderoso, sino como el Cordero manso, como el Siervo que ama hasta el extremo. Nos invita a caminar con Él esta Semana Santa: desde los ramos hasta la cruz, y de la cruz a la vida nueva.

29 de marzo de 2026

+ Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano