HOMILÍA | MISA DE LA CENA DEL SEÑOR
Esta mañana, en la Misa Crismal que hemos celebrado con la presencia del Pueblo de Dios, hemos vivido un momento de profunda comunión eclesial. Allí, reunidos como Iglesia diocesana, en torno al obispo y a los sacerdotes, hemos contemplado el misterio que hoy celebramos. De manera particular, nuestros sacerdotes —que hoy celebran su día— han renovado sus promesas sacerdotales, renovando también su entrega al Señor y a su pueblo. Hemos bendecido además los santos óleos, signos de la gracia que Cristo sigue derramando en su Iglesia. Así, lo que hemos vivido esta mañana encuentra su plenitud en esta Cena del Señor: el mismo Cristo que consagra, el mismo Cristo que se entrega, el mismo Cristo que llama a servir.
Al caer la tarde de este Jueves Santo, entramos en el corazón mismo del misterio que celebramos: la Cena del Señor, donde Jesús se entrega por nosotros y nos deja el memorial vivo y permanente de su amor.
En esta celebración, con la que iniciamos el Triduo Pascual, retomamos todo lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios en este día. Las lecturas nos introducen profundamente en el misterio que celebramos. La primera lectura del libro del Éxodo nos ha llevado al origen de la Pascua: aquella noche en que el pueblo de Israel, en el contexto de la liberación que la tradición sitúa aproximadamente hacia el año 1250 antes de Cristo, come el cordero con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y el bastón en la mano, dispuesto a partir. Es la noche del paso del Señor, la noche en que Dios libera a su pueblo de la esclavitud. Ese acontecimiento no es solamente un hecho del pasado; es un memorial vivo, una institución perpetua que atraviesa la historia y se hace presente en cada generación. La Pascua de Israel —que hunde sus raíces en la liberación en Egipto— marca el inicio de un pueblo que camina bajo la guía de Dios.
Por eso, el apóstol san Pablo, escribiendo hacia el año 55 de nuestra era a la comunidad de Corinto, nos rememora la Cena del Señor, transmitiéndonos lo que él mismo recibió: que Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó el pan y el vino, y dijo: “Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre… hagan esto en memoria mía”. Así, la Pascua antigua alcanza su plenitud en Cristo, que se hace alimento, presencia real, sacrificio ofrecido por amor para la salvación del mundo.
El Evangelio nos sitúa en esa misma noche y nos revela el corazón de Jesús: “los amó hasta el extremo”. Y ese amor no queda en palabras, sino que se traduce en un gesto concreto, profundamente elocuente: el lavatorio de los pies.
En tiempos de Jesús, la fiesta de la Pascua congregaba en Jerusalén a multitudes de peregrinos venidos de todas partes: de Galilea, de Judea, de regiones cercanas y también de tierras lejanas. La ciudad estaba colmada de gente, desbordante de vida, de oración y de esperanza. Era un pueblo en camino, un pueblo creyente que subía a celebrar la memoria de la liberación.
Llegada la hora —la hora precisa en la historia de la humanidad, luego de siglos de espera, de promesas y de preparación del pueblo de Dios—, Jesús quiso celebrar la Pascua con los suyos en medio de una ciudad llena de peregrinos y de mucho gentío. Al caer la tarde, según la costumbre judía, envió a sus discípulos a preparar la cena. Les dio indicaciones precisas: encontrarían a un hombre con un cántaro de agua; debían seguirlo, y él les mostraría, en el segundo piso de una casa, una sala grande ya dispuesta. No era un lugar cualquiera: era un espacio preparado por la providencia de Dios para ese momento decisivo de la historia de la salvación.
Y allí, en esa casa, en ese segundo piso, el Señor se sentó a la mesa con los Doce, en un ambiente de profunda fraternidad, pero también de despedida y de revelación.
Y en esa cena, el Señor de los señores, el Hijo de Dios hecho hombre, Aquel a quien el Padre ha puesto todo en sus manos, se levanta de la mesa, se quita el manto, se ciñe una toalla y se pone de rodillas delante de sus discípulos. Uno a uno, el Maestro les lava los pies.
No solo se inclina: se arrodilla ante cada uno. Y así, en ese gesto, revela el rostro de Dios. Allí comprendemos que el poder de Dios es servicio, que su grandeza es humildad, que su amor se expresa en la entrega total. Porque —como dice el Evangelio— “los amó hasta el extremo”.
¿Y qué significa amar hasta el extremo? Significa amar sin medida, amar hasta el final, amar hasta el don total de sí mismo. Aquella cena, que debía ser una celebración festiva de la Pascua, se convierte también en una despedida cargada de profundidad, de dolor y de amor redentor.
En esa misma cena, Jesús instituye la Eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento nuevo del amor: “Esto es mi cuerpo…Esta es mi sangre, hagan esto en memoria mía”.. “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Allí nace el sacerdocio; allí nace la Eucaristía; allí nace el amor que se hace servicio.
El mismo Señor nos lo ha dicho con claridad: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (cf. Mc 9,35). Por eso, el poder en la Iglesia es servicio; el servicio es el poder de servir, y no de servirse del poder. Así, este gesto del lavatorio de los pies nos interpela profundamente: la autoridad es entrega y la verdadera grandeza es la humildad.
Después de la cena, Jesús fue al huerto de Getsemaní, y allí, en medio de la angustia, sudará sangre. En ese momento, el Señor bebe en la copa de su angustiado corazón toda la amargura de la humanidad: la traición, la negación, el rechazo, la indiferencia, la creencia, el abandono de los suyos. Bebe el dolor del rechazo y lo transforma en una ofrenda de amor. Así nos enseña que el verdadero amor no huye del sufrimiento, sino que lo asume y lo redime.
Hoy, mientras contemplamos a Cristo arrodillado, no podemos dejar de mirar nuestro mundo. Un mundo donde hay manos que dañan, que hieren, que destruyen; manos que roban, manos que corrompen, manos que se organizan para el mal.
Frente a esas manos, Cristo nos muestra las suyas: manos que sirven, manos que levantan, manos que bendicen, manos que consagran, manos que se entregan.
La Palabra de Dios nos exhorta: “Quiero que los hombres oren en todo lugar, elevando hacia el cielo manos santas” (cf. 1 Tim 2,8). Y mientras unas manos se elevan en oración, otras se levantan con violencia y odio. Contemplamos con dolor las guerras que siguen desgarrando al mundo, las tierras manchadas de sangre, el sufrimiento de tantos inocentes.
Y en medio de este clamor, contemplamos también el testimonio luminoso de San Francisco de Asís, quien, aun no considerándose digno del sacerdocio, vivió con profunda devoción el misterio de la Eucaristía. Su vida sigue proclamando: “Paz y bien”.
En este jubileo franciscano, recibiremos la gracia de la llegada de sus reliquias a nuestra Catedral Metropolitana el lunes de Pascua, y luego peregrinarán hacia la parroquia San Francisco y hacia Caazapá, como signo de fe viva que recorre nuestro pueblo.
Por su intercesión, elevamos nuestras manos en oración, implorando la paz para el mundo y para nuestra patria. Que esta Pascua sea verdaderamente una Pascua de paz y de bien, donde el mal sea vencido por el bien y donde todos busquemos siempre el bien común.
María Santísima, Nuestra Señora de la Asunción, al pie de la Cruz hace una nueva ofrenda de amor. Allí, el Señor nos la entrega como Madre, y el discípulo amado la recibe y la lleva consigo. Humilde sierva del Señor, discípula y misionera, permanece firme, inamovible, como la Madre de la Piedad, con lágrimas en los ojos, pero siendo luz de esperanza. Ella espera contra toda esperanza, confiando en que su Hijo resucitaría al tercer día, como lo había anunciado. Que ella nos proteja, nos cubra con su manto maternal y nos ayude a crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad.
A ti, Madre de los sacerdotes, Madre nuestra y de todo tu pueblo santo, te encomendamos nuestras vidas, para que nos cubras con tu amparo y podamos alcanzar la gracia de permanecer fieles a Cristo, tu Hijo y nuestro Señor. Amén.
02 de Abril de 2026
+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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