HOMILÍA | Vigilia Pascual

Hermanas y hermanos:

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente, ha resucitado! La vida ha vencido a la muerte por el amor. La luz de la Resurrección de Cristo ilumina y derrota con fuerza divina la oscuridad del mal, de la destrucción, del odioy vencerá la noche oscura de las, discordias,guerras, destrucciones y males causados que enlutan la creación entera. En el Génesis, en la creación,   Dios vio, que todo lo que había hecho, era muy bueno. (cf. Génesis 1,31). Pero lo bueno, por la desobediencia de Adán y Eva, entró lo malo, el pecado. En el pregón Pascual cantamos hoy, Oh feliz culpa: con estas palabras decimos que del error humano de nuestros primeros ancestros, permitió la encarnación del Hijo de Dios y la redención para nosotros; de aquí nace nuestra feliz plenitud: de la pasión, muerte y resurrección del Señor, la plenitud de la esperanza para nosotros los descendientes nace de la tumba vacía. No decimos feliz culpa justificando que el pecado sea “bueno”, sino porque Dios en su infinita misericordia manifiesta su soberanía divina, que es capaz de obtener un bien inmenso (la Salvación) a partir de la tragedia del mal del pecado. En la Resurrección del Señor Jesús, en Él, se recomponen las quebradas tenebrosas, ecologías humanas fracturadas, mentes y corazones  llagados y quebrantados. En la Pascua del Resucitado, todo lo bueno que ha sido lastimado en el ayer de la historia, nace de nuevo, restaurado en el hoy de la Nueva Alianza. Si uno vive en Cristo es una nueva creación, nos dice la 2da de Corintios 5,17 porque las cosas antiguas ya pasaron. Hoy, han nacido de nuevo.

Jesús, el crucificado, no ha quedado aprisionado por las cadenas de la muerte, una piedra de sepulcro no ha podido retener la fuerza infinita de amor que se manifestó sin reservas en la cruz.

La fuerza del amor de Jesús, la fuerza del amor de Dios vence a la muerte y cambia el mundo. Y por eso el ángel dice, y Jesús confirma: “¡No tengan miedo! “

Esta es la fe que se nos ha proclamado en las lecturas que acabamos de escuchar: la fe que empieza a encenderse con las primeras luces de la creación, la fe de Abrahán, la fe del pueblo liberado de la esclavitud por el Dios que ama a los pobres y a los débiles, la fe de los profetas, la fe del apóstol Pablo.

Esta es la fe que fue proclamada en nuestro bautismo. Esta es la fe que, como culminación de la celebración de esta noche santa de Pascua, se tornará acción de gracias al Padre por su inmenso amor, y se convertirá en pan y vino que es el cuerpo y la sangre del Señor, alimento que él mismo nos da para estar con nosotros por siempre.

Esta es nuestra fe, la que cada domingo, cuando celebramos la Eucaristía, recordamos y reafirmamos. La fe de la confianza, la fe contra el miedo, la fe que nos dice que sí, que el camino de Jesucristo es nuestro camino, el único camino verdaderamente humano, el único camino de vida.

Fueron mujeres las primeras en recibir el gran anuncio; ellas, las tenidas como personas de segundo rango, las olvidadas, el pueblo humilde y marginado, las únicas que se preocuparon de hacer algo por aquel cuerpo torturado y llagado.

El Evangelio nos enseña: Dios sigue revelándose a los pobres y humildes, a la gente despreciada, a aquellos que la sociedad ignora, margina, invisibiliza o descarta directamente.

Esta noche nos invita a abandonar el sepulcro de un cristianismo de fachada, sin compromisos verdaderamente evangélicos, increyente, hipócrita e indiferente, a las necesidades de los más pequeños y vulnerables, para anunciar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que Él vive en su pueblo y busca gente que está dispuesta a dar testimonio de su fe, una fe que exige coherencia, coraje, alegría, libertad…

La Pascua no es solamente un día al año que nos lleva a pensar que algún día resucitaremos con Cristo…aunque esa es nuestra esperanza. Es caminar ahora en la vida nueva: nueva manera de comunicarnos y relacionarnos en la sociedad; es desarrollar empatía cristiana, con nuestros ciudadanos, con renovados liderazgos en la política y en la economía y que pongan en el centro, y privilegie ese centro, la sagrada dignidad de la persona humana. Líderes sociales y comunitarios, con integridad y ética a quienes importan los pobres y están decididos a comprometerse de verdad con la construcción del bien común, por encima de los intereses personales, sectoriales o segmentarios.

La Pascua es la permanente reforma de la sociedad, y la sociedad reformada para en desarrollo humano integral, el cambio continuo, para que la dignidad crezca, la libertad se amplíe, el pueblo adquiera sus derechos, los pobres mejoren sus condiciones de vida, y la Iglesia anuncie con valentía el Evangelio.

Creer en la Resurrección implica:

– Contribuir a remover la piedra de los sepulcros que mantienen sepultadas las esperanzas de la gente a una vida digna y plena; es combatir la corrupción, la impunidad, el crimen organizado, el atropello a los derechos humanos, la injusticia social, la inequidad y la indiferencia ante el clamor de los débiles, de los pobres, de los que padecen hambre y sed de justicia.

– Ponerse del lado de los crucificados, donde está Dios, no junto a los que, por su codicia y sin vergüenza condenan y crucifican a inocentes, a los traficantes de la muerte por las drogas, por las armas, por la trata de personas.

– Defender y promover la vida en todas sus etapas, desde el vientre materno hasta la muerte natural. Promover la vida y defender la familia con empleos dignos, con seguridad y protección social para todos; con mayor y mejor inversión para el acceso universal a la salud y a una educación de calidad que forje ciudadanos capacitados para trabajar por su propio desarrollo humano integral y por el desarrollo del país.

Exhortamos a todos, pero en especial a los cristianos que ocupan cargos de responsabilidad en el sector público y privado del país que revisen si su vida, su conducta, sus criterios, sus juicios y sus decisiones colaboran para remover las piedras de la corrupción y de la impunidad para dar paso a la vida o si, con su acción u omisión, son instrumentos para seguir crucificando y sepultando a inocentes, constituyéndose en agentes y cooperadores del mal, de la oscuridad, de la muerte. La mejor inversión en la vida,  en la vida cristiana es desarrollar la mejor versión de uno mismo, en su esencia cristiana, para invertir sus en las ayudas mutuas que nos debemos,

En esta noche santa en que celebramos la victoria de la vida sobre la muerte, nos unimos al Santo Padre, Léon XIV, pidiendo reabrir todos los canales posibles de diálogo diplomático para poner fin al grave conflicto en curso, en busca de una paz justa y duradera en todo Oriente Medioproteger a la población civil y promover el respeto del derecho internacional y humanitario. ¡Que cesen inmediatamente las guerras! Dios es el Dios de la Vida y no de la muerte. En esto creemos judíos, musulmanes y cristianos.

Renovemos hoy nuestro compromiso bautismal y rechacemos el mal en nosotros y en nuestra sociedad. Con la luz del cirio pascual reavivemos y purifiquemos el fuego de nuestra fe para que ilumine nuestra vida y nos haga verdaderos portadores de esa vida nueva, que nos impulsa a ser discípulos misioneros, para anunciar a nuestros hermanos que Cristo ha resucitado. Cristo resucite  al Paraguay.

Volvamos a nuestros hogares; vayamos a Galilea, donde nos espera Él (en nuestros ámbitos de vida cotidiana: familiares, laborales, profesionales, sociales, políticos, económicos) y anunciemos: ¡Verdaderamente, Cristo ha resucitado!

04 de Abril de 2026

+ Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano