SANTA MISA
HOMILÍA 

Catedral Metropolitana

Queridos hermanos y hermanas: el Evangelio de este domingo de Pascua nos sitúa en una escena profundamente humana: dos discípulos salen de Jerusalén y caminan hacia Emaús, una aldea a unos once kilómetros de distancia (cf. Lc 24,13). Es una caminata larga, de varias horas, hecha paso a paso por senderos angostos, con subidas y bajadas. No caminan con ánimo sereno, sino cargados por la tristeza y la desilusión; llevan en el corazón el peso de lo que han vivido, la muerte de Jesús en la cruz y el aparente fracaso de todo aquello en lo que habían creído. Uno de ellos se llamaba Cleofás; el otro no tiene nombre, como si el Evangelio quisiera sugerirnos que en ese discípulo anónimo estamos también nosotros.

El Evangelio nos dice: “Iban conversando y discutiendo sobre todo lo que había sucedido… y mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo” (cf. Lc 24,14-16). En ese mismo camino, en medio de esa conversación marcada por la tristeza, sucede lo inesperado: el Resucitado se hace compañero de camino, se acerca sin imponerse, entra en su historia tal como está, cargada de dolor y confusión. Él está allí, caminando con ellos, escuchando su vida, aunque ellos todavía no logran reconocer su presencia.

El Evangelio nos dice: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” (cf. Lc 24,17). Ante esta pregunta, los discípulos se detienen con rostro entristecido y abren su corazón. Le cuentan todo lo sucedido, y en sus palabras aparece una frase que resume su estado interior: “Nosotros esperábamos…” (cf. Lc 24,21). Es la expresión de una esperanza que parece haberse derrumbado, de un corazón que no logra comprender lo que ha vivido.

El Evangelio nos dice: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! (cf. Lc 24,25). “¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?” (cf. Lc 24,26). Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras (cf. Lc 24,27). El Señor ilumina su camino desde la Palabra y les muestra que la cruz no es el final, sino el camino hacia la vida.

Ya se hacía tarde y el día comenzaba a declinar; por eso los discípulos le dicen: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída” (cf. Lc 24,29). Y estando a la mesa, Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da; y entonces se les abren los ojos y lo reconocen (cf. Lc 24,30-31). Los discípulos se dicen uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (cf. Lc 24,32). Y en ese mismo momento se levantan, regresan a Jerusalén y anuncian lo que han vivido (cf. Lc 24,33-35). El encuentro con el Resucitado los transforma: de la tristeza pasan a la alegría, de la huida al regreso, del silencio al anuncio.

También nosotros conocemos esos caminos de Emaús: momentos en que caminamos con el corazón herido, con preguntas sin respuesta, con la esperanza debilitada. En medio de nuestras propias situaciones, muchas veces repetimos, quizá en silencio: “nosotros esperábamos…”.

El Evangelio nos revela que también en otros caminos de nuestras propias vidas el Señor sale a nuestro encuentro, como probablemente hemos experimentado tantas veces. Él camina silenciosamente en nuestro corazón, escuchando el latido de nuestras congojas, de nuestros miedos, de nuestras desilusiones, iluminando nuestra vida con su Palabra de sabiduría. Él se aparece en medio de los caminos que a veces transitamos, sin que podamos ver claramente nuestro propio rumbo, el sentido de nuestras pisadas, de nuestros tropiezos, y sin entender por qué nos suceden o por qué suceden ciertas cosas.

Tantas veces hemos perdido la paciencia, y con ella también la esperanza, de que nuestros nudos y ataduras tengan sentido. Alguien decía este proverbio: es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad. Y a veces más bien maldecimos la oscuridad, porque no la entendemos; pero encender una vela es hacerlo con fe en el caminar, sabiendo que en el Señor, en quien creemos, nos movemos y existimos, encontramos la luz. Es el Cirio Pascual, que ilumina el Viernes Santo de nuestra vida. Aun con los pabilos decaídos y desgastados, es el Espíritu Santo quien enciende en nosotros la luz de la esperanza.

Así como a los discípulos de Emaús, el Señor también a nosotros nos sale al encuentro en el camino, de diversas maneras: en la oración misma, en su voz que nos habla calladamente en el santuario de nuestra propia conciencia; Él nos habla donde hay dos o más reunidos en su nombre (cf. Mt 18,20), nos habla a través de la comunidad, o de algún discípulo, compañero o compañera de viaje, dándonos sentido a lo vivido. No siempre comprendemos de inmediato, no siempre vemos con claridad, pero su Palabra va iluminando poco a poco nuestro camino.

Y ese reconocimiento se da en lo sencillo, en lo cotidiano, donde el Señor se nos manifiesta vivo. Allí nuestros ojos se abren y comprendemos que no estábamos solos, que Él ha caminado con nosotros incluso cuando no lo sabíamos.

Entonces también en nosotros puede nacer ese mismo testimonio: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?” (cf. Lc 24,32). Porque cuando el Señor ilumina nuestra vida, el corazón vuelve a arder, la esperanza renace y la fe se fortalece.

Este es el camino pascual: dejarnos encontrar por Cristo, dejarnos iluminar por su Palabra y reconocerlo en medio de nuestra vida. Así, aun en medio de nuestras noches, podemos caminar con la certeza de que la luz ha vencido a la oscuridad.

Pero también la Iglesia camina por senderos y atraviesa quebradas oscuras, con situaciones que nos tocan de cerca: los caminos oscuros de las injusticias, los atropellos a la dignidad de las personas, caminos oscuros de tantos que caminan en adicciones, suicidios de aquellos que viven deprimidos, sin encontrar sentido a sus vidas; y es ahí donde, desde la fe, podemos mover montañas de oscuridades y obstáculos encontrados en el camino, montañas de desesperanza que se transforman en esperanza viva en Aquel que nos conduce.

En estos días, en comunión con el Papa León XIV, hemos querido hacernos eco de su voz. Él nos ha recordado que la estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas ni con armas que siembran destrucción, dolor y muerte, sino mediante un diálogo razonable y responsable. Y en Annaba, la antigua Hipona, evocando a san Agustín, nos ha dicho que en ese lugar se nos ha dejado la herencia del amor a Dios y al prójimo; esa palabra queremos hacerla también nuestra en Paraguay, tomándola como una enseñanza viva para seguir trabajando por nuestro único bien, que es Dios, y por lo tanto, por el bien común de todos: la fraternidad, la justicia, la vida y la paz.

Hoy queremos pedir al Señor: “Quédate con nosotros, Señor”, como aquellos discípulos en el camino. Y Él se queda con nosotros en su Palabra y en la Eucaristía, donde lo reconocemos al partir el pan, diciéndonos nuevamente que Él se parte por amor a nosotros, que es el Pan de Vida. Y también nosotros somos llamados, así caminando con la certeza de la fe, a partir y repartir el pan para aquellos con quienes nos encontramos en el camino, en nuestros propios ambientes familiares y comunitarios, animándonos mutuamente, como nos dice san Pablo: “Anímense mutuamente y edifíquense unos a otros” (cf. 1 Tes 5,11).

Santa María, Virgen y Madre, compañera de nuestro caminar y Madre de los peregrinos, acompáñanos en este camino de fe, sostén nuestra esperanza y enséñanos a reconocer a tu Hijo vivo en medio de nuestra vida. Amén.

19 de abril de 2026

+ Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano