Desde la Arquidiócesis seguimos contribuyendo con reflexiones sobre la Encíclica Magnifica Humanitas, la primera publicada por el Papa León XIV,  y cuya presentación oficial en el Vaticano tuvo lugar el lunes pasado, 25 de mayo.

Esta vez, la mirada local sobre este documento pontificio que aborda la preservación de la persona humana en la era de la inteligencia artificial nos la ofrece Raquel Barreto Castro, formadora del Instituto de Pastoral de Juventud del Paraguay, miembro de la Comisión Episcopal de Protección de Menores y Adultos Vulnerables, de la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), coordinadora de la Red de Centros e Institutos de Pastoral de Juventud de Latinoamérica y el Caribe y miembro de la Red para la Cultura del Cuidado del CELAM, representando a la Región del Cono Sur. 

En su enfoque, Raquel Barreto, destaca que el Papa León XIV introduce de forma deliberada el tema de los abusos en la Iglesia, respondiendo a una profunda coherencia teológica y pastoral que el Pontífice articula bajo el apartado de “Un examen para la Iglesia”, donde sostiene que la Iglesia no puede exigir criterios éticos, justicia o transparencia al mundo tecnológico y a los gobiernos si primero no aplica esos mismos estándares hacia adentro.

A continuación, compartimos su análisis de la nobel nueva Carta Encíclica

Raquel Barreto: Magnifica Humanitas y la prevención de los abusos en la iglesia

Con gran expectativa y esperanza hemos recibido la primera Encíclica del Papa León XIV, que como sabemos, adoptó su nombre en homenaje a León XIII, el Pontífice que actualizó la Doctrina Social de la Iglesia mediante la Rerum Novarum. Hoy, nuestro Papa asume la misma tarea ante los retos contemporáneos, consciente de que cada época enfrenta desafíos propios y que los de nuestro presente están marcados, inevitablemente, por la inteligencia artificial y la revolución digital.

El documento señala que la tecnología no es el centro, que el eje absoluto debe ser siempre la dignidad humana, un valor inalienable desde el primer momento de la vida hasta su término natural, protegiendo a la persona en toda condición de vulnerabilidad.

A través de Magnifica Humanitas, el Papa plantea una postura radical al afirmar que, ante la creciente deshumanización del mundo, las únicas vías de respuesta son la dignidad, el diálogo y la vulnerabilidad.

Aunque Magnifica Humanitas está dedicada centralmente a la ética en la era de la inteligencia artificial y la preservación de la dignidad humana, el Papa León XIV introduce de forma deliberada el tema de los abusos en la Iglesia, respondiendo a una profunda coherencia teológica y pastoral que el Pontífice articula bajo el apartado de “Un examen para la Iglesia”, donde sostiene que la Iglesia no puede exigir criterios éticos, justicia o transparencia al mundo tecnológico y a los gobiernos si primero no aplica esos mismos estándares hacia adentro.

Auténtica diaconía

En su primera Encíclica, el Santo Padre asume con valentía la responsabilidad institucional, subrayando la necesidad de que la Iglesia examine su historia y pida perdón por los errores cometidos. Desde esta perspectiva de humildad, el Papa defiende un modelo de autoridad concebido estrictamente como servicio a la comunidad: una auténtica diaconía.

El argumento de la Encíclica contra los riesgos de la inteligencia artificial es el peligro del control tecnocrático: cómo el poder concentrado puede subyugar, reducir a datos y deshumanizar a las personas, en especial a los más vulnerables.

El Santo Padre conecta este riesgo directamente con el abuso, en cualquiera de sus formas: abuso de poder, de conciencia, espiritual, sexual, económico e institucional dentro de la propia Iglesia. Al hacerlo, recuerda que todo poder y toda autoridad deben estar al servicio de las personas y de la comunión, y  cualquier asimetría relacional que derive en atropellos destruye la “magnífica humanidad” que la Iglesia está llamada a custodiar.

Al integrar esta dolorosa realidad en su primera Encíclica, el Papa León XIV deja en claro que la Cultura del Cuidado y la protección de la dignidad humana no admiten excepciones ni fronteras virtuales: deben comenzar de manera testimonial y honesta por casa.

Respaldo al periodismo

El abordaje del Papa no se limita al ámbito interno, también se extiende como un reconocimiento y respaldo a la labor de los periodistas e investigadores que sacan a la luz estas realidades. En un contexto digital plagado de desinformación, manipulación de datos y deepfakes, contrapone la búsqueda honesta de la verdad -incluso cuando duele a la propia Iglesia- como una herramienta indispensable para el reconocimiento del daño, la reparación justa y la prevención.

La Encíclica reafirma que la dignidad humana precede a cualquier valor funcional, por tanto, la prevención es un imperativo para garantizar que ningún entorno degrade la integridad de los hijos de Dios.

Protección a niños y adolescentes

El Papa dedica un apartado crucial a la necesidad de proteger a los menores en el ecosistema digital. Nos alerta sobre cómo las nuevas tecnologías emergentes y los entornos virtuales pueden convertirse en herramientas que facilitan la manipulación, el control social y nuevas formas de esclavitud o explotación.

Por lo tanto, la prevención de abusos ya no se limita a los espacios físicos, sino que exige vigilancia activa, transparencia y una sólida gobernanza en los entornos digitales donde conviven los jóvenes.

Para la labor de prevención, esta Encíclica ofrece un respaldo doctrinal y operativo importante. Valida la implementación de mecanismos de rendición de cuentas y fundamenta la necesidad de evaluar a quienes ejercen liderazgo, aclarando que ello no constituye un juicio sobre las personas, sino un instrumento de formación y corrección orientado a la misión y a las responsabilidades ministeriales y pastorales.

Esta directriz fundamenta la necesidad de establecer sistemas transparentes de supervisión como pilares de entornos eclesiales seguros, y sitúa la transparencia y la centralidad de las víctimas como condiciones innegociables para una auténtica Cultura del Cuidado.

Mirada de las víctimas

Hacia los capítulos conclusivos, al hablar sobre la construcción de la justicia y la paz social, el Papa exhorta tanto a las estructuras civiles como a las eclesiales a asumir la mirada de las víctimas. Resalta que la credibilidad de cualquier comunidad e institución se mide en su capacidad para escuchar el dolor de quienes han sufrido desamparo o violencia, convirtiendo esa escucha en un criterio de discernimiento para actuar con absoluta firmeza y transparencia.

Frente a los riesgos de la dependencia y la manipulación, el Papa propone una alianza educativa profunda. Hace un llamado directo a las escuelas, familias y espacios de acompañamiento eclesial para que dejen de ser meros transmisores de contenidos y se conviertan en verdaderos promotores de relaciones sanas, seguras y fraternas.

Destaca que la capacidad de cuidar es un aprendizaje progresivo que se entrena en lo cotidiano -leer un cuento a un niño, acompañar a un anciano-. Trasladado a nuestras comunidades eclesiales, esto significa que los entornos seguros se construyen en las relaciones del día a día, promoviendo el respeto mutuo y el buen trato como un hábito comunitario que debemos interiorizar cada vez más.

El Papa León XIV propone asumir que la prevención es una dimensión esencial y transversal de la pastoral, no es un apéndice. La construcción de ambientes seguros y transparentes es una forma concreta que tiene hoy la Iglesia de anunciar el amor de Dios y de ser un reflejo fiel de la dignidad que la Encíclica defiende.

¿Babel o Jerusalén?

Para concluir, el ejercicio de discernimiento que propone el Santo Padre ante los desafíos propios de la Cultura del Cuidado nos interpela profundamente: ¿optamos por Babel o por Jerusalén?

El contraste entre uno y otro modelo es un espejo de las tensiones prácticas y éticas que se viven hoy en cualquier institución, también en la Iglesia. Bajo el modelo de Babel, la institución confía ciegamente en su poder y estatus, priorizando salvar su prestigio y ocultar las crisis o los abusos antes que asumir sus errores; se impone un pensamiento único para mantener la estructura, reduciendo a las personas a simples piezas funcionales; al final, la falta de transparencia y la soberbia quiebran las relaciones y destruyen la confianza comunitaria.

Por otro lado, el estilo de Jerusalén que cita el Papa en su Encíclica es, en realidad, un verdadero manual de buena gobernanza, sinodalidad y prevención.

Nehemías no se quedó en su palacio, salió a recorrer las ruinas, inspeccionó los daños con realismo y honestidad. En prevención, esto significa hacer diagnósticos sinceros, reconocer dónde están las vulnerabilidades y los riesgos y, sobre todo, saber escuchar el dolor de las víctimas.

Nehemías no contrató un ejército externo ni centralizó su poder, convocó a las familias y les asignó un tramo de la muralla frente a sus propias casas. Esto es la corresponsabilidad. El cuidado de una comunidad no depende únicamente de la jerarquía o de un grupo de expertos, sino de que cada miembro, cada consagrado, cada laico, cada educador y cada familia asuma el cuidado de su propio entorno.

Nehemías tampoco ignoró las amenazas ni el cansancio de la gente, supo escuchar, organizar y proteger. Una auténtica Cultura del Cuidado valida el miedo, la denuncia y la vulnerabilidad, y responde con estructuras claras de apoyo, protocolos prácticos, oficinas de escucha y recepción de denuncias, y liderazgos que sirven para convocar y articular, nunca para someter.

Optar por Jerusalén es aceptar que la Iglesia es más evangélica cuando es transparente, cuando asume la fragilidad de sus murallas y cuando se une, codo a codo, para cuidar a los más pequeños y vulnerables.

A la luz de la nueva Encíclica, estamos llamados a renovar nuestro compromiso por una Cultura del Cuidado que haga fecunda la Civilización del Amor, generando ambientes seguros y solidarios, donde las relaciones se funden en el respeto, el cuidado y la fraternidad, siendo así testigos de la belleza de una humanidad que transparenta la presencia de Dios.