Desde la Arquidiócesis de Asunción seguimos aportando opiniones sobre la primera carta encíclica “Magnifica Humanitas” – Humanidad Magnífica– presentada el lunes último, 25 de mayo, por su Santidad el Papa León XIV para iluminar “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”.

El documento de 130 a 160 páginas, dependiendo de la edición oficial o el formato en PDF, representa la afirmación de que la Iglesia Católica en el tema del impacto de la Inteligencia Artificial en la vida humana no es mera espectadora. Sobre todo, en cuanto a la defensa de la dignidad humana.

La carta encíclica rápidamente se ha hecho viral y su presentación, el lunes, fue tendencia a nivel global. En Paraguay, el Arzobispo de Asunción, Cardenal Adalberto Martínez, invitó a todos los fieles a leer, estudiar y dialogar el documento que, según sus palabras, “ofrece orientaciones valiosas para construir una sociedad más justa, más fraterna y verdaderamente centrada en la persona humana”.

En esta ocasión, el magister Roque Acosta Ortiz, comunicador y asesor de la Pastoral Social Nacional, de la Conferencia Episcopal Paraguaya, comparte sus primeras apreciaciones sobre la carta encíclica Magnifica Humanitas. 

Roque Acosta: “Es un potente faro que propone una orientación clara para la Iglesia y para la humanidad”.

Magnifica humanitas es una obra maestra que León XIV nos entrega como un potente faro que propone una orientación clara para la Iglesia y para la humanidad desde los fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI).

Siempre se ha dicho que la Doctrina Social es “el tesoro mejor guardado” que tiene la Iglesia. León XIV afirma: “la Doctrina social de la Iglesia es un patrimonio de sabiduría, en el que encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar”.

El Santo Padre hace honor al nombre que ha escogido al poner de relieve el gran legado de su predecesor, León XIII quien, con su encíclica “Rerum novarum” (1891), expone los principios de la Doctrina Social de la Iglesia.

En el capítulo II de Magnifica humanitas, el papa Prevost muestra el itinerario que ha seguido la actualización y consolidación de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y el aporte que han hecho sucesivamente sus predecesores, desde León XIII hasta Francisco, mostrando cómo cada pontífice ha recogido los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de la humanidad de su tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, y los ha iluminado con los principios de la DSI.

Al respecto, dice León XIV en el número 19: “La Iglesia, presente en el mundo como signo de unidad para toda la familia humana, reconoce en los interrogantes y los desafíos de la época actual su vocación (…) dejándose interpelar por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”.

¿Qué nos interpela y nos desafía hoy?

En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor (N.15).

Los principios de la Doctrina social nos ayudan a leer esta nueva realidad: En un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA.

 Hablar de destino universal de los bienes significa encontrar modos de asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación. Hablar de subsidiariedad exige proteger la capacidad de las comunidades de decidir y corregir, sin relegar su intervención a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido establecidos en otro sitio.

Hablar de solidaridad obliga a reconocer el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos. Hablar de justicia pide cuestionar las geografías del poder que definen quién puede programar los modelos y quién es sólo objeto de esa programación, y reconocer que la justicia social no es sólo un objetivo que hay que tutelar después de la adopción de las tecnologías, sino una condición que se debe poner en práctica desde su diseño (N. 109).