HOMILÍA
XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
DÍA DEL PADRE

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Hoy nos reunimos para celebrar el Día del Señor y para dar gracias a Dios por el don de nuestros padres. Saludo con especial afecto a todos los presentes en esta celebración y a quienes nos acompañan a través de la transmisión de la Santa Misa; de manera particular a todos los padres, a los abuelos. En esta Eucaristía damos gracias al Señor por la vida, la entrega y el sacrificio de tantos padres que, con generosidad y esfuerzo cotidiano, han acompañado el crecimiento de sus hijos y han sostenido a sus familias. Al mismo tiempo, elevamos una oración por los padres vivos, para que Dios los fortalezca en su misión, y por los padres difuntos, para que participen de la alegría eterna en la Casa del Padre.

2. Las lecturas de este domingo tienen un mensaje central: la confianza en Dios en medio de las dificultades. El profeta Jeremías experimenta la persecución, la incomprensión y el rechazo. Incluso quienes eran sus amigos esperan verlo caer. Sin embargo, en medio de la prueba proclama con firmeza: «El Señor, guerrero poderoso, está a mi lado» (Jer 20,11).

3. El salmista nos hace repetir: «Escúchame, Señor, porque eres bueno» (Sal 68). Esta es la oración de quienes ponen su confianza en Dios aun cuando el camino se vuelve difícil. Es también la oración de tantos padres que luchan silenciosamente por el bienestar de sus familias.

4. San Pablo nos recuerda que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Si por Adán entró el pecado en el mundo, por Jesucristo llegó la salvación (cf. Rom 5,12-15). Esta buena noticia nos llena de esperanza porque nos recuerda que el amor de Dios es más fuerte que nuestras fragilidades y nuestras limitaciones.

5. El Evangelio nos presenta tres veces la misma invitación de Jesús: «No tengan miedo» (Mt 10,26.28.31). El Señor sabe que el miedo puede paralizarnos. Por eso anima a sus discípulos a confiar plenamente en el Padre celestial.

6. Jesús utiliza una imagen llena de ternura: «¿No se venden dos avecillas por una moneda? Sin embargo, ni una sola de ellas cae por tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. No tengan miedo; ustedes valen más que muchas avecillas» (Mt 10,29-31). Con estas palabras nos revela la providencia amorosa de Dios, que cuida de cada uno de sus hijos y conoce nuestras necesidades más profundas.

7. El Evangelio de hoy nos revela algo muy importante sobre el corazón de Dios Padre. Nadie conoce mejor a sus hijos que un padre que los ama. Pues bien, Dios nos conoce infinitamente más. Conoce nuestras alegrías y tristezas, nuestros esfuerzos y preocupaciones. Así como un buen padre procura el bien de sus hijos y vela por ellos, también nuestro Padre celestial cuida de nosotros con amor providente. Los padres cristianos están llamados a reflejar en sus familias ese amor atento, cercano y protector de Dios Padre.

8. También en este Día del Padre es importante destacar la grandeza y la necesidad de la figura paterna en la familia y en la sociedad. Dios quiso que su Hijo naciera y creciera en el seno de una familia. Jesús tuvo a María como Madre y a san José como padre adoptivo y custodio fiel. José asumió con generosidad la misión que Dios le confió: proteger a Jesús y a María, sostener a la Sagrada Familia, enseñar a Jesús el oficio de carpintero, introducirlo en las tradiciones de su pueblo y acompañarlo en su crecimiento humano.

9. En la sencillez de Nazaret, san José ejerció una verdadera paternidad marcada por la responsabilidad, el servicio, la ternura y la obediencia a la voluntad de Dios. Por eso sigue siendo un modelo para todos los padres de familia.

10. Gracias, padre, por tus esfuerzos silenciosos, por tu trabajo cotidiano, por tus sacrificios muchas veces ocultos, por cuidar de tus hijos con solicitud, paciencia y abnegación. Gracias por las preocupaciones que llevas en el corazón, por las noches de desvelo, por los consejos oportunos, por el ejemplo de honestidad y perseverancia, y por enseñar con tu vida el valor de la responsabilidad y del servicio.

11. Queremos recordar también hoy a tantos padres que viven en situaciones de pobreza, desempleo o trabajo precario. Padres que cada día salen a buscar una oportunidad, una changa, un trabajo ocasional o cualquier tarea honesta que les permita llevar el pan honesto a sus familias y asegurar el sustento de sus hijos. Aunque muchas veces enfrentan incertidumbres, cansancio y preocupaciones, no se resignan y siguen luchando con dignidad por el bienestar de quienes más aman.

12. A ustedes, padres trabajadores y sacrificados, les decimos gracias. Gracias por no rendirse ante las dificultades, por levantarse una y otra vez, por el esfuerzo silencioso que muchas veces solo Dios conoce. Gracias por enseñar a sus hijos, con el ejemplo, el valor del trabajo honrado, de la perseverancia, de la responsabilidad y de la confianza en Dios.

13. También queremos recordar y agradecer a tantos padres migrantes que, por motivos laborales, se ven obligados a alejarse de sus familias para buscar mejores oportunidades de trabajo. La distancia les impide muchas veces compartir la vida cotidiana con sus hijos, acompañar sus alegrías y dificultades o participar de momentos importantes de la vida familiar. Sin embargo, aceptan ese sacrificio por amor, buscando asegurar el sustento de sus hogares y un futuro mejor para sus seres queridos.

14. A ustedes, padres migrantes, les expresamos nuestra gratitud y reconocimiento. Sabemos que detrás de cada partida hay renuncias, nostalgias, sacrificios y lágrimas silenciosas. Valoramos profundamente su esfuerzo, su abnegación y su responsabilidad. Que nunca se olviden de que sus hijos no solo necesitan el sustento material que ustedes envían con tanto sacrificio, sino también su cercanía afectiva, su palabra, su consejo, su oración y su acompañamiento, aunque sea a la distancia. Que san José, quien conoció la experiencia de dejar su tierra para proteger a Jesús y a María durante la huida a Egipto, acompañe a todos los padres migrantes.

15. Justamente el Evangelio de hoy nos invita a confiar en la providencia amorosa de Dios. Jesús nos dice: «¿No se venden dos avecillas por una moneda? Sin embargo, ni una sola de ellas cae por tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. No tengan miedo; ustedes valen más que muchas avecillas» (Mt 10,29-31). Ningún esfuerzo realizado por amor a la familia pasa desapercibido ante los ojos de Dios. El Padre celestial conoce las necesidades de sus hijos, ve los sacrificios de tantos padres, escucha sus preocupaciones y nunca abandona a quienes ponen en Él su confianza.

16. Pero también en este Día del Padre no podemos dejar de pensar en tantos niños, adolescentes y jóvenes que sufren la ausencia de sus padres. En nuestro país son miles los casos de incumplimiento de la asistencia alimentaria que llegan cada año a las instancias judiciales. Detrás de cada expediente hay rostros concretos de niños y familias que sufren las consecuencias de una paternidad ausente o irresponsable. Muchos hijos tienen padre biológico, pero carecen de su presencia, de su acompañamiento y de su compromiso cotidiano. Son, en cierto sentido, huérfanos de un padre vivo.

17. Y también queremos dirigir una palabra a aquellos padres que se han apartado del camino del bien, que han caído en la delincuencia, en la corrupción o en prácticas contrarias a la dignidad humana creyendo, quizás, que así aseguran el bienestar de sus familias. Ningún padre puede construir un futuro sólido para sus hijos sobre la injusticia, el engaño o el daño causado a los demás. No pueden dar de comer a sus hijos el pan sucio de la corrupción, de la violencia o de la deshonestidad. Los hijos necesitan mucho más que bienes materiales; necesitan el ejemplo de una vida honesta, recta y coherente.

18. El mejor alimento que un padre puede ofrecer a sus hijos no es solamente el pan de cada día, sino también el testimonio de una conciencia limpia, de un trabajo honrado y de una vida vivida según los valores del Evangelio. El pan ganado con esfuerzo y honestidad, aunque sea humilde, vale infinitamente más que la abundancia obtenida a costa de la injusticia o del sufrimiento ajeno.

19. La paternidad no consiste solamente en engendrar una vida. Ser padre significa asumir con amor, responsabilidad y fidelidad la misión de acompañar, proteger, educar y sostener a los hijos. Un hijo necesita alimento y educación, pero también necesita afecto, escucha, orientación, corrección y cercanía. La presencia del padre es fundamental para el desarrollo afectivo y emocional de los hijos, para fortalecer su autoestima, su seguridad y su capacidad de construir relaciones sanas y responsables.

20. Pero no podemos hablar del padre sin hablar también de la familia. El padre forma parte de esa comunidad de amor querida por Dios donde se aprende a amar, a compartir, a perdonar y a servir. Los padres están llamados, junto con las madres, a ser los primeros educadores de la fe de sus hijos, transmitiéndoles el amor a Dios, el valor de la oración, la participación en la vida de la Iglesia y el compromiso con el prójimo.

21. Cuando Jesús dice: «Lo que les digo al oído, proclámenlo desde las azoteas» (Mt 10,27), recuerda a todos los discípulos su misión de transmitir la fe. Esta responsabilidad comienza en el hogar. Los padres son los primeros catequistas de sus hijos. Están llamados a enseñarles a rezar, a conocer a Jesucristo, a amar la Iglesia y a vivir los valores del Evangelio.

22. Los padres y las familias están llamados también a promover el bien común desde el ámbito familiar, a defender y proteger la vida desde la concepción hasta la muerte natural, a construir hogares donde reine el respeto, la solidaridad y la esperanza. La familia sigue siendo la primera escuela de humanidad y la primera Iglesia doméstica.

23. En la familia nacen y maduran las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano y al compromiso generoso con la sociedad. Muchas vocaciones han florecido porque unos padres creyentes supieron enseñar a sus hijos a escuchar la voz del Señor y a responder con generosidad a su llamada. Allí donde se reza en familia, donde se vive la fe y donde se ama a Dios, el Señor sigue llamando a algunos hijos para seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida consagrada.

24. Queremos recordar hoy a tantos padres que cargan diariamente cruces particularmente pesadas. Padres que cuidan con amor y paciencia a hijos enfermos, con discapacidad o con necesidades especiales; padres que dedican gran parte de sus vidas al cuidado de los más frágiles y vulnerables. Muchas veces este servicio exige sacrificios, renuncias, desvelos y preocupaciones que pocos conocen. Sin embargo, permanecen fieles a su misión de custodios de la vida y servidores del amor.

25. A ustedes, padres cuidadores y custodios de sus familias, les expresamos nuestra admiración y gratitud. Su testimonio nos recuerda que el verdadero amor no abandona cuando llegan las dificultades, sino que permanece fiel, acompaña, sostiene y protege. En ustedes resplandece de manera especial el ejemplo de san José, custodio de Jesús y de María, a quien Dios confió los mayores tesoros del cielo.

26. Recordamos también a aquellos padres que han experimentado una de las pruebas más dolorosas que puede vivir un ser humano: la pérdida de un hijo. Ningún padre está preparado para despedir a un hijo. Es una herida profunda que marca el corazón y que muchas veces acompaña toda la vida. Solo Dios conoce el peso de ese sufrimiento. A ellos les hacemos llegar las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «No tengan miedo» (Mt 10,31). El Señor conoce sus lágrimas, escucha sus oraciones y sostiene a quienes cargan cruces pesadas. Que la esperanza de la resurrección ilumine siempre sus corazones.

27. Recordamos también con gratitud a nuestros padres que ya han partido de este mundo. Damos gracias a Dios por el bien que sembraron, por los valores que nos transmitieron, por el amor que nos brindaron y por la huella que dejaron en nuestras vidas. Que el Señor les conceda el descanso eterno y que desde la Casa del Padre sigan intercediendo por sus familias.

28. Finalmente, Jesús nos dice: «A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32). Los padres cristianos están llamados a transmitir la fe no solo con palabras, sino sobre todo con el ejemplo de una vida coherente, honesta, trabajadora y solidaria. El mejor legado que un padre puede dejar a sus hijos no son solamente los bienes materiales, sino la fe, los valores y el testimonio de una vida entregada al bien.

29. Queridos padres, hoy la Iglesia les dice gracias. Gracias por su amor, por sus sacrificios, por sus luchas, por sus desvelos y por su entrega cotidiana. Gracias por ser reflejo del amor providente de Dios Padre en medio de sus familias. No se cansen de hacer el bien. No se cansen de amar. No se cansen de educar a sus hijos en la verdad, en la fe y en los valores del Evangelio.

30. Y a todos nosotros, hijos e hijas, esta celebración nos invita a valorar más a nuestros padres, a agradecerles lo que han hecho por nosotros, a acompañarlos en sus necesidades, a rezar por ellos y a expresarles nuestro cariño mientras todavía los tenemos a nuestro lado. Que ningún padre se sienta olvidado o abandonado. Que encuentren en sus familias gratitud, respeto y amor.

31. Que la Santísima Virgen María acompañe a todas las familias. Que san José, custodio de la Sagrada Familia y modelo de padre, proteja a todos los padres y los ayude a vivir con fidelidad, fortaleza y esperanza su hermosa vocación. Y que el Padre celestial bendiga a todos los padres vivos, conceda el descanso eterno a los padres difuntos y llene nuestros hogares de fe, unidad, amor y paz.

Amén.

Asunción, 21 de junio del 2026


Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo de la Arquidiócesis de Asunción