ORDENACIÓN DIACONAL DE DIEZ DIÁCONOS PERMANENTES
Catedral Metropolitana de Asunción
1.Al mediodía de ayer, en la sede del Arzobispado de la Santísima Asunción, vivimos un momento de profunda alegría durante una ceremonia de preparación para la ordenación de hoy. En ella, nuestros candidatos al diaconado permanente, realizaron la profesión de fe, prestaron juramento de fidelidad asumiendo formalmente los compromisos propios del ministerio que hoy recibirán. Asimismo, firmaron su compromiso de conocer, respetar y aplicar las normas y protocolos de la Iglesia para la prevención de abusos y la protección de niños, niñas, adolescentes y personas vulnerables, contribuyendo a la promoción de ambientes seguros en la vida eclesial. Ante la Sagrada Escritura y la Iglesia, manifestaron públicamente su disposición a servir fielmente a Cristo y a su pueblo, anunciando la Palabra de Dios, promoviendo la comunión eclesial y ejerciendo el ministerio de la caridad con espíritu de servicio y entrega. (Darío, Pedro Pablo, Digno, Bernardo, Evaristo, Epifanio, Lorenzo, Antoliano, Luis Raimundo y Oscar Daniel).
2.Provienen de diversas profesiones y estados de vida. Son esposos, padres de familia, trabajadores y profesionales que han escuchado la llamada del Señor en medio de sus responsabilidades cotidianas. Hoy, mediante la imposición de las manos y la oración consecratoria de la Iglesia, serán incorporados al Clero Arquidiocesano como diáconos permanentes, para servir en la liturgia, en la Palabra y en la caridad.
3.Este acontecimiento es motivo de acción de gracias para toda nuestra Iglesia particular. Con estos diez nuevos diáconos, la Arquidiócesis alcanzará el número de aproximadamenre, ciento veinte diáconos permanentes.
4.La primera lectura y el salmo responsorial nos hablan de la fidelidad a Dios. El sellara una alianza con sus consagados. El nunca abandona la alianza que ha establecido con su pueblo. Aun cuando el ser humano es frágil y se aparta de sus caminos, Dios permanece fiel y sostiene con su gracia a quienes confían en Él.
5.El salmista nos hizo repetir: «Le mantendré eternamente mi favor». Es una promesa que atraviesa toda la historia de la salvación y que también se cumple en la vida de quienes son llamados al ministerio ordenado. El Señor que llama es también el Señor que acompaña, fortalece y sostiene.
6.El diaconado es una vocación de servicio. La palabra diácono significa servidor. Siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que vino no para ser servido sino para servir, ustedes serán llamados a hacer visible el rostro de Cristo Servidor en medio del mundo. En el caso de ustedes, que reciben el diaconado permanente estando casados, esta vocación se desarrollará en tres ámbitos inseparables: la familia, verdadera iglesia doméstica donde el amor conyugal y la educación y acompañamiento de los hijos constituyen el primer espacio de testimonio cristiano; la profesión o el trabajo, donde están llamados a ser fermento evangélico mediante la honestidad, la responsabilidad, la competencia profesional y el compromiso con el bien común; y la vida eclesial, en las comunidades a las que serán enviados para colaborar con sus pastores y servir al Pueblo de Dios. La armonía en la familia, el trabajo y el ministerio será uno de los signos más elocuentes de su vocación. Allí donde estén —en el hogar, en el trabajo o en la comunidad cristiana— deberán reflejar la cercanía, la humildad, la disponibilidad y el espíritu de servicio de Jesucristo.
7.Hoy, 20 de junio, recordamos también la promulgación de la Constitución Nacional de la República del Paraguay en el 1992, nuestra Carta Magna. Aunque el feriado haya sido trasladado al próximo lunes, no deberíamos perder de vista el profundo significado de esta fecha. Es una oportunidad para reflexionar sobre la ley fundamental que rige nuestra convivencia democrática y orienta la vida de la Nación. En su Preámbulo, la Constitución expresa la voluntad de asegurar «la libertad, la igualdad y la justicia», promoviendo «el bienestar general». Estos principios están estrechamente vinculados con lo que la doctrina social de la Iglesia denomina bien común.
8.Pero no basta con admirar la nobleza de los principios escritos en la Constitución. Es necesario que la letra se haga vida. El bien común debe traducirse en mayor equidad, justicia y oportunidades para todos. Cuando la Constitución reconoce derechos fundamentales de todos los ciudadanos, especialmente de los más vulnerables, esos derechos no pueden permanecer solamente en el papel.
9.Pensemos, por ejemplo, en el artículo 64, que reconoce a los pueblos indígenas el derecho a la propiedad comunitaria de la tierra, en extensión y calidad suficientes para la conservación y el desarrollo de sus formas de vida. Ante este y otros derechos reconocidos por nuestra Carta Magna, debemos preguntarnos con sinceridad: ¿estamos respetando plenamente la letra y el espíritu de la Constitución? ¿O muchas veces esos derechos quedan relegados por intereses económicos, corporativos o sectoriales? ¿Se respetan y cumplen estos derechos con nuestro pueblos indigenas? El desafío permanente es que la ley se convierta en una realidad concreta para todos, especialmente para quienes tienen menos posibilidades de hacer oír su voz.
10.El Estado de derecho no otorga al Estado el poder de manipular los derechos, sino la obligación de garantizarlos y protegerlos. Un verdadero Estado de derecho es aquel en el que gobernantes y ciudadanos están igualmente sometidos a la Constitución y a las leyes, y donde la autoridad ejerce su función al servicio de la persona humana y del bien común. Cuando la ley se aplica selectivamente, cuando los derechos son interpretados según conveniencias particulares o cuando los más débiles quedan sin protección efectiva, el Estado de derecho se debilita en su esencia.
11.Por eso, la Constitución no puede ser utilizada para justificar privilegios ni consolidar desigualdades, sino para asegurar que la libertad, la justicia, la igualdad y el bienestar general alcancen verdaderamente a todos. Especialmente cuando se trata de los más vulnerables, la ley debe ser un escudo que proteja y no una herramienta que excluya.
12.Pero para nosotros, los cristianos, existe una Carta Magna aún más profunda: la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios contenida en la Biblia. Ella nos indica el camino de la vida, de la verdad, de la justicia, de la fraternidad y del amor. Así como la Constitución orienta la convivencia armónica de una nación, en los derechos y obligaciones de los ciudadanos, la Palabra de Dios orienta la vida de los creyentes y de la comunidad cristiana, iluminando nuestras decisiones y mostrando los caminos que conducen al bien común y al Reino de Dios. El Evangelio que hemos escuchado hoy nos invita a buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia. Esa búsqueda tiene consecuencias concretas en la vida personal, eclesial y social. Servir a Dios significa servir con honestidad evangélica, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. El verdadero servicio nunca busca el beneficio propio ni la ventaja personal. Por eso, servirse del cargo o del poder en lugar de ponerlos al servicio de los demás es terminar sirviendo a la corrupción del corazón. Y cuando el corazón se corrompe, también se debilitan la justicia, la confianza y el bien común. De allí nacen muchas formas de injusticia, de exclusión y de abuso que terminan perjudicando especialmente a los más débiles. En cambio, quien ejerce una responsabilidad como servicio, con humildad, transparencia y espíritu de entrega, contribuye a fortalecer la convivencia social y a construir una comunidad más humana y fraterna. La fe nos impulsa a este estilo de vida: un servicio desinteresado, comprometido con la dignidad de cada persona y con la construcción de una sociedad más justa, solidaria y fraterna, donde el bien común esté por encima de los intereses particulares.
13.Queridos candidatos al diaconado: dentro de unos momentos recibirán la imposición de las manos para ser constituidos servidores de la Palabra, de la liturgia y de la caridad. Sean hombres de comunión, cercanos a las familias, atentos a los pobres, servidores de la reconciliación y constructores de esperanza. Sean agentes de comunion, especilamente entre ustedes hermanos diaconos, en la ayuda mutua del colegio de diáconos, juntamente con los presbiteros y comunidad con quienes colaboran, en animarse mutuamente para crecer en la formacion permanente de su vocacion, cumpliendo con sus obligaciones de consagrados. Que nadie se acerque a ustedes sin experimentar algo de la bondad, la misericordia y la cercanía de Cristo. Que la Palabra de Dios estudiada y vivida, que es la Carta Magna del cristiano, guíe vuestro caminar evangelico, la Eucaristia, la oracion, la comunión traducida en Caridad permanente sea el sello caracteristico de vuestro Diaconado Permanente.
14.Expresamos nuestra gratitud a sus esposas, hijos y familiares, a sus formadores, a las parroquias de donde proceden y han apoyado su vocación. El diaconado permanente es una vocación que involucra profundamente a la familia y comunidad. Gracias por el permanente apoyo, la comprensión y el testimonio de fe con el que han acompañado este camino de discernimiento y preparación.
15.Encomendamos a estos diez hermanos que hoy serán ordenados diáconos permanentes (Darío, Pedro Pablo, Digno, Bernardo, Evaristo, Epifanio, Lorenzo, Antoliano, Luis Raimundo y Oscar Daniel) a la protección de la Santísima Virgen de la Asunción, Madre de la Iglesia, y a la intercesión de San Lorenzo, diácono y mártir. Que el Espíritu Santo los fortalezca para ser fieles servidores de la Palabra, de la liturgia y de la caridad, para gloria de Dios y bien de todo su pueblo.
Amén.
Asunción, 20 de junio del 2026
Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo de la Arquidiócesis de Asunción
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