Las recientes declaraciones del presidente de la República Federativa del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, sobre la Guerra de la Triple Alianza han reavivado el debate sobre uno de los acontecimientos más dolorosos de la historia de nuestra región y han despertado una comprensible sensibilidad en el pueblo paraguayo. Ello pone de manifiesto que la memoria histórica continúa siendo un patrimonio vivo de los pueblos, especialmente cuando se refiere a acontecimientos que marcaron profundamente su identidad y su destino.
La Guerra de la Triple Alianza constituye una de las mayores tragedias de la historia de América del Sur. Sus consecuencias alcanzaron a todos los pueblos involucrados, pero dejaron en el Paraguay heridas particularmente profundas que siguen formando parte de nuestra memoria nacional. Por ello, toda referencia a este episodio exige respeto, prudencia y un sincero compromiso con la verdad histórica, evitando simplificaciones que puedan oscurecer la complejidad de los acontecimientos o herir la sensibilidad de quienes conservan viva la memoria de aquel inmenso sufrimiento.
El Arzobispado de la Santísima Asunción no pretende sustituir el trabajo de los historiadores ni la responsabilidad propia de la diplomacia. Su misión consiste en anunciar el Evangelio de la reconciliación, iluminar la convivencia entre los pueblos y promover una cultura de la paz fundada en la verdad, la justicia y la fraternidad. Una memoria reconciliada no supone olvidar el pasado ni disminuir el dolor de las víctimas; significa asumir la historia con honestidad, aprender de ella y procurar que nunca más la violencia sea el camino para resolver las diferencias entre las naciones.
En este contexto, valoramos que las cuestiones suscitadas puedan ser abordadas mediante los cauces institucionales del diálogo diplomático, expresión de la madurez de nuestros Estados y del respeto mutuo que debe caracterizar las relaciones internacionales. El diálogo sincero y respetuoso siempre será el camino más fecundo para superar incomprensiones, fortalecer la confianza recíproca y preservar la amistad entre los pueblos.
Al mismo tiempo, es importante contemplar el horizonte que nuestras naciones han construido durante las últimas décadas. Paraguay, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y los demás países de nuestra región han comprendido que el futuro de América del Sur no puede edificarse sobre las heridas del pasado, sino sobre la cooperación, la solidaridad y el reconocimiento de una responsabilidad compartida por el bien común.
En este sentido, el Mercosur representa mucho más que un espacio de integración económica y comercial. Constituye un proyecto de integración regional que busca consolidar la paz, el entendimiento y la cooperación entre los pueblos. Su espíritu invita a transformar las antiguas rivalidades en relaciones de confianza. La integración regional constituye hoy uno de los bienes más valiosos de nuestros países y una garantía para que las nuevas generaciones crezcan en un continente donde prevalezcan la paz, la justicia, la solidaridad y el desarrollo integral.
Este mismo espíritu encuentra una profunda sintonía con la misión del Arzobispado de la Santísima Asunción. Valoramos el camino de fraternidad y cooperación que, desde hace décadas, han recorrido la Conferencia Episcopal Paraguaya y la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, fortaleciendo los vínculos de comunión eclesial y de servicio a nuestros pueblos.
Ambas instituciones mantienen desde hace décadas una fecunda relación de comunión eclesial, expresada en el diálogo permanente, la colaboración pastoral, la atención a los migrantes y a las comunidades fronterizas, la defensa de la dignidad humana, la promoción de la justicia social, el cuidado de la creación y el compromiso compartido con la paz. Este testimonio constituye un signo elocuente de que es posible construir puentes de entendimiento aun cuando existan diferencias de interpretación sobre acontecimientos históricos o situaciones coyunturales.
También millones de ciudadanos de nuestros países viven diariamente esta fraternidad. A lo largo de los años, numerosos paraguayos han encontrado en el Brasil una tierra de acogida para el trabajo, el estudio y el desarrollo de sus familias. Del mismo modo, muchos ciudadanos brasileños han hecho del Paraguay su hogar. Esta realidad constituye un valioso patrimonio humano que fortalece la amistad entre ambas naciones.
En las comunidades fronterizas, en las parroquias, en las escuelas, en las universidades, en los lugares de trabajo y en tantas iniciativas de servicio, paraguayos y brasileños comparten la vida cotidiana, cultivan relaciones de amistad y colaboran en la construcción del bien común. Esa convivencia fraterna constituye uno de los frutos más visibles del proceso de integración regional y un signo esperanzador de que nuestros pueblos están llamados a caminar juntos.
Las diferencias de interpretación sobre hechos del pasado no deberían debilitar este camino de integración. Antes bien, pueden convertirse en una oportunidad para promover el diálogo entre historiadores, educadores, instituciones y autoridades, favoreciendo un conocimiento más profundo de nuestra historia común y una memoria compartida que, sin renunciar a la verdad, contribuya a la reconciliación y al fortalecimiento de la confianza mutua.
Como enseña el apóstol san Pablo: “Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él” (1 Co 12,26). Esta enseñanza, que ilumina la vida de la Iglesia, puede inspirar también la convivencia entre nuestras naciones: reconocer el dolor de la historia, respetar la memoria de cada pueblo y fortalecer una fraternidad que haga posible un futuro compartido.
Como Arzobispado de la Santísima Asunción, elevamos nuestra oración por las autoridades y los pueblos de Paraguay, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y de toda América del Sur. Que el Señor nos conceda la sabiduría para custodiar la verdad histórica con honestidad, la grandeza de corazón para sanar las heridas del pasado con el bálsamo de la reconciliación y la esperanza para seguir construyendo una región donde la integración, la justicia, la solidaridad y la paz sean expresiones concretas del bien común al que están llamados nuestros pueblos.
Que la memoria del pasado no nos aprisione en el resentimiento, sino que nos inspire a construir un futuro compartido; que la verdad fortalezca la confianza entre las naciones; y que el diálogo, la cooperación y la fraternidad sigan siendo el camino para consolidar una América del Sur cada vez más unida, donde cada pueblo vea en el otro no a un adversario, sino a un hermano.
Que Nuestra Señora de Caacupé, Patrona del Paraguay, y Nuestra Señora Aparecida, Patrona del Brasil, acompañen este camino de reconciliación e integración, e intercedan por todos los pueblos de nuestra región para que, fieles al Evangelio de Jesucristo, seamos siempre artesanos de paz, constructores de puentes y testigos de esperanza.
Asunción, 3 de agosto de 2026.
Oficina de Comunicación y Prensa
Arquidiócesis de la Santísima Asunción
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