HOMILÍA
DÍA DEL CATEQUISTA
XXI Domingo del Tiempo Ordinario
Catedral Metropolitana de la Santísima Asunción
Queridos hermanos y hermanas:
1. Con mucha alegría celebramos esta Eucaristía de acción de gracias por el Día del Catequista. Saludamos con afecto y gratitud a quienes realizan este generoso servicio en las parroquias, capillas, colegios, universidades, comunidades y movimientos de nuestra Arquidiócesis. Nuestro reconocimiento se extiende al Departamento Arquidiocesano de Pastoral Catequética, el DAPAC, así como a los sacerdotes, religiosos, religiosas, coordinadores y responsables parroquiales que acompañan esta importante misión evangelizadora.
2. El pasado 21 de agosto celebramos la memoria litúrgica de san Pío X, patrono de los catequistas. Su amor a la Eucaristía y su empeño por enseñar con claridad las verdades de la fe nos recuerdan que toda catequesis debe conducir al encuentro personal con Jesucristo. Que su ejemplo anime y acompañe a quienes han recibido esta hermosa misión evangelizadora.
3. Ser catequista es una verdadera vocación. No se trata solamente de enseñar oraciones o contenidos religiosos ni de cumplir una tarea dentro de la parroquia. Es una llamada de Dios a ser discípulo y acompañante de otros discípulos; a ayudar a niños, jóvenes y adultos a encontrarse con Jesucristo, conocerlo, amarlo y crecer dentro de la comunidad cristiana.
4. El catequista participa también, desde su propia vocación, de la misión de cuidar a quienes el Señor confía a la comunidad. San Pedro exhorta: «Apacienten el rebaño de Dios que les ha sido confiado; velen por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios» (1 Pe 5,2). Aunque estas palabras se dirigen especialmente a los pastores de la Iglesia, su espíritu ilumina también el servicio catequético: acompañar con entrega, ternura y responsabilidad, procurando que nadie quede abandonado, se pierda o sea herido.
5. De manera especial, el catequista está llamado a cuidar a los niños como Jesús los cuidó: los recibió, los abrazó y los bendijo, diciendo: «Dejen que los niños vengan a mí; no se lo impidan» (Mc 10,14). Cada niño debe ser acogido como la joya más preciada de nuestra familia espiritual y parroquial. Su vida, su dignidad, su inocencia y su confianza constituyen un tesoro que Dios pone en nuestras manos. Cuidarlos, escucharlos y protegerlos es recibir y cuidar al mismo Jesús.
6. Por eso, es indispensable fortalecer en todas nuestras comunidades la Red de la Cultura del Cuidado, especialmente en favor de los más pequeños y vulnerables. La catequesis debe desarrollarse en ambientes seguros, transparentes y respetuosos. Cuidar incluye prevenir y comunicar responsablemente cualquier situación que pueda poner en peligro la dignidad o la integridad de una persona. No es una tarea secundaria: es parte esencial del Evangelio y de nuestra misión como Iglesia.
7. Jesús, el Buen Pastor, conoce a cada una de sus ovejas, busca a la que se ha perdido, cura a la herida y defiende a la más débil. Siguiendo su ejemplo, debemos estar atentos al niño que llega triste, al adolescente que atraviesa una dificultad, a la familia que necesita ser escuchada y a la persona que se siente sola o alejada de Dios. Queremos que nuestras comunidades sean verdaderos hogares seguros, donde todos encuentren protección, confianza y ternura.
8. La Sagrada Escritura contiene una hermosa promesa para quienes dedican su vida a orientar a los demás por los caminos de Dios: «Los que enseñaron a muchos la justicia brillarán como las estrellas por toda la eternidad» (Dn 12,3). Quien ayuda a una persona a conocer a Jesús enciende una luz que puede acompañarla durante toda su vida. Tal vez no llegue a ver todos los frutos de su trabajo, pero ninguna palabra sembrada con fe y amor se pierde ante Dios.
9. La Palabra de Dios que escuchamos este domingo ilumina de manera especial esta vocación. En el Evangelio según san Mateo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Después de escuchar sus respuestas, les dirige una pregunta más personal y decisiva: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,15).
10. Jesús no pregunta solamente qué se comenta sobre Él ni qué dicen los demás. Interpela personalmente a cada discípulo: ¿Quién soy yo para ti? ¿Qué lugar ocupo en tu vida? ¿Confías realmente en mí? Esta es también la primera pregunta que debe responder todo catequista. Antes de preparar un encuentro, explicar una enseñanza o enseñar una oración, necesita preguntarse desde lo más profundo del corazón: ¿Quién es Jesucristo para mí?
11. Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Es una auténtica profesión de fe, nacida de su encuentro y de su amor al Señor. Jesús le dice: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». La fe es un don recibido de Dios, no solamente el resultado de nuestros conocimientos o esfuerzos.
12. El catequista es, ante todo, alguien que profesa su fe y su amor a Jesús, el Señor, y ayuda a otros a conocerlo, amarlo y seguirlo. Antes de enseñar, escucha; antes de hablar de Dios, conversa con Él en la oración; antes de transmitir la fe, procura vivirla con coherencia. No comunica solamente ideas, sino una fe vivida, una esperanza que lo sostiene y un amor que transforma su existencia.
13. La catequesis no consiste únicamente en preparar para recibir un sacramento. Es acompañar un proceso para que cada persona se encuentre con Jesús, se integre a la comunidad y aprenda a vivir como discípulo suyo. La Primera Comunión y la Confirmación no deben convertirse en una despedida de la Iglesia, sino en una etapa nueva y más madura del camino cristiano.
14. En este proceso ocupa un lugar fundamental la catequesis familiar, porque la familia es la primera escuela de la fe. Los padres, abuelos y demás miembros del hogar son los primeros catequistas, especialmente con su ejemplo. Cuando en la familia se reza, se escucha la Palabra de Dios, se participa en la Eucaristía, se practica el perdón y se ayuda a quien sufre, la fe se convierte en una forma de vida.
15. La catequesis parroquial no reemplaza a la familia, sino que la acompaña, orienta y fortalece. Por eso, los padres no deben limitarse a llevar a sus hijos a la catequesis, sino participar activamente en su formación cristiana. La familia y la comunidad necesitan caminar juntas para que los niños y jóvenes encuentren en sus hogares el testimonio de aquello que aprenden.
16. Jesús dice a Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». La Iglesia pertenece a Cristo. Es Él quien la construye, sostiene y conduce, aun en medio de nuestras fragilidades. Los catequistas participan de esta obra: cada encuentro preparado, cada oración enseñada, cada niño acercado a Jesús y cada familia acompañada son piedras vivas con las cuales el Señor continúa edificando su Iglesia.
17. Tanto la primera lectura como el Evangelio hablan de las llaves. En Isaías, el Señor confía a Eliaquín la llave del palacio de David: «Abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá» (Is 22,22). En el Evangelio, Jesús entrega a Pedro las llaves del Reino de los cielos. La llave representa una responsabilidad recibida para servir, cuidar y abrir caminos.
18. El catequista recibe también, en cierto sentido, la llave de la Palabra de Dios, capaz de abrir los corazones a la fe, la esperanza y el amor. Por eso, debemos procurar que nuestra enseñanza acerque a Dios y no levante barreras. Una catequesis fría, autoritaria o alejada de la vida puede cerrar puertas. En cambio, una catequesis vivida con verdad, misericordia, paciencia y alegría ayuda a descubrir el rostro amoroso del Padre.
19. La catequesis debe iluminar la vida concreta. No podemos hablar de Dios y permanecer indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. La fe en Jesucristo nos compromete con el bien común, la dignidad de cada persona, la honestidad, la justicia y la paz. Nuestros niños y jóvenes deben aprender que un cristiano no puede acostumbrarse a la corrupción, la violencia, la mentira, el abuso, la discriminación ni la indiferencia ante quienes carecen de alimento, salud, educación, vivienda o trabajo digno.
20. San Pablo, en la segunda lectura, contempla con admiración el misterio de Dios y exclama: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!»(Rom 11,33). Nunca terminamos de conocer a Dios. Por eso, el catequista necesita una formación permanente en la Sagrada Escritura, el Catecismo y el Magisterio de la Iglesia, además de conocer la realidad de las personas a quienes acompaña. Esta formación debe vivirse con humildad, porque, como proclama el Apóstol, «de Él, por Él y para Él existe todo» (Rom 11,36).
21. Damos gracias a cada catequista por su entrega generosa, muchas veces silenciosa y escondida; por preparar los encuentros, visitar a las familias, aprender nuevas formas de comunicar el Evangelio y perseverar en medio de las dificultades. La Iglesia necesita este servicio. Nuestros niños, adolescentes, jóvenes y familias necesitan testigos creíbles que les muestren, con sus palabras y sus obras, que seguir a Jesús vale la pena.
22. El salmo nos ha hecho repetir: «Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos». Ponemos en las manos del Señor la vida y la misión de cada catequista. Él conoce sus esfuerzos, cansancios, preocupaciones y alegrías. Que nadie se desanime: nosotros sembramos y acompañamos, pero la obra pertenece a Dios. Él hace germinar la semilla en el momento oportuno.
23. Que la Santísima Virgen María, primera discípula de Jesús, acompañe a todos nuestros catequistas. Ella escuchó la Palabra, la guardó en su corazón y la puso en práctica. Que nos enseñe a llevar a Cristo a los demás con humildad, ternura y alegría.
24. Que cada uno pueda responder a la pregunta del Señor, no solo con los labios, sino con toda su vida: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Y que, después de haber enseñado a muchos el camino de la justicia y del amor, podamos también nosotros, por la gracia de Dios, brillar como las estrellas por toda la eternidad.
Asunción, 23 de agosto de 2026.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
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