HOMILÍA – FIESTA DE SAN AGUSTÍN Y SANTA MÓNICA
Parroquia San Agustín y Santa Mónica – Loma Pytá
Queridos hermanos y hermanas:
Aquí estamos, en esta querida parroquia Santa Mónica y San Agustín de Loma Pytá, celebrando con alegría la fiesta patronal de una madre y de su hijo. Vy’apópe ñañembyaty ko árape, ha Ñandejára tañanepytyvõ ha tañamombarete ñande jerovia. Son dos santos unidos por la sangre, pero sobre todo por una historia de oración, búsqueda, conversión y santidad.
Celebramos hoy a San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia, testigo de la salvación, y recordamos también a Santa Mónica, cuya memoria celebrábamos ayer. No podemos hablar de Agustín sin recordar las lágrimas, la paciencia y la oración perseverante de su madre.
San Agustín fue un gran buscador de la verdad. Tenía una inteligencia extraordinaria y un corazón inquieto: ipy’a ndopytái py’aguapýpe. Buscaba el sentido de la vida y la verdadera felicidad, pero durante mucho tiempo transitó caminos intrincados y equivocados, con muchos baches y pocas luces.
Él mismo lo reconoce con sinceridad en sus Confesiones. Parafraseando su experiencia, podría decirnos: busqué la felicidad lejos de Ti, me dejé seducir por caminos atractivos, hice cosas que luego pesaron sobre mi conciencia y descubrí que nada de aquello podía dar descanso a mi corazón. Agustín no escondió que fue pecador; reconoció que la misericordia de Dios fue más grande que sus pecados.
Ese puede ser también nuestro camino. A veces también nosotros nos dejamos seducir por caminos equivocados. El pecado puede prometer libertad y terminar esclavizando; puede prometer felicidad y dejar vacío y heridas. Tal vez alguien quiso corregirnos o ayudarnos a cambiar de rumbo y no quisimos escuchar.
Pero mientras Agustín buscaba la verdad, la Verdad misma lo estaba buscando a él. Por eso la primera lectura ilumina profundamente su historia: «Dios nos amó primero». Antes de que Agustín encontrara a Dios, Dios ya lo amaba y obraba en su corazón.
Y allí estaba Santa Mónica: una mujer de rodillas ante Dios, una madre que oraba, imploraba misericordia y confiaba en la providencia. Ella creyó en la promesa de Jesús: «Todo lo que pidan al Padre en mi nombre, Él se lo concederá» (cf. Jn 16,23). No dejó de rezar por su hijo, aun cuando durante años no veía el fruto.
Cuántos padres y madres pueden comprenderla. Cuántas lágrimas por un hijo que se ha alejado. Santa Mónica nos enseña: no se cansen de amar, no se cansen de rezar, no se cansen de esperar.
San Agustín y Santa Mónica son maestros de vida cristiana, pero el Evangelio de hoy nos recuerda que hay un solo Maestro: «No tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos». Cristo es el único Maestro en sentido pleno. Agustín fue maestro porque primero fue discípulo y se dejó enseñar, corregir, perdonar y transformar por Jesús.
Como obispo de Hipona fue pastor; como teólogo y místico profundizó en los misterios de la fe; y como Doctor de la Iglesia sus escritos siguen iluminando la vida cristiana. Santa Mónica enseñó de otra manera: su gran enseñanza fue su propia vida de madre creyente y mujer de oración. Ambos nos conducen hacia Jesucristo.
Esa es también nuestra misión: ser discípulos capaces de enseñar con la propia vida. En nuestras familias, catequesis, escuelas, colegios y comunidades necesitamos personas que sepan acompañar, educar en la fe, corregir con amor y ayudar a levantarse.
Dios no nos levanta solamente para nosotros mismos. Nos levanta para enviarnos. Agustín se convirtió en pastor, servidor y constructor de comunidad.
Una de sus grandes obras es La Ciudad de Dios, que comenzó hacia el año 413 y completó alrededor del 426, en medio de una profunda crisis del Imperio romano. Para Agustín, la Ciudad de Dios no es simplemente una ciudad de calles y edificios. Es una manera de vivir: poner a Dios en el centro, amar al prójimo y buscar la justicia, la paz y el bien común. Frente a ella está la lógica del egoísmo, la ambición, el abuso de poder y el interés personal.
Nosotros vivimos concretamente en barrios, distritos y municipios. Allí estamos llamados a poner la levadura del Evangelio, la levadura de Dios. Como decía nuestra beata María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga, estamos llamados a fermentar el mundo con el espíritu de Cristo: hacer fermentar de Cristo toda la sociedad y construir una ciudad más humana y más cercana a la Ciudad de Dios.
Esto tiene una actualidad muy concreta. El próximo domingo 4 de octubre tendremos elecciones municipales. Será una ocasión para pensar seriamente qué ciudad necesitamos y qué municipio queremos construir para nuestras familias, nuestros niños, jóvenes y mayores.
También será momento de ejercer un voto responsable, libre y en conciencia. No votar solamente por amistad, conveniencia o beneficio personal, sino discernir la honestidad, la capacidad, la trayectoria y la verdadera disposición de los candidatos para servir al bien del distrito.
Necesitamos ciertamente una ciudad bien cuidada: calles transitables, pavimentos y baches reparados, plazas y parques dignos, iluminación, limpieza, recolección de residuos y desagües preparados para las lluvias. Todo eso forma parte de una buena administración.
Pero una ciudad no puede ocuparse solamente de pavimentar calles o rellenar baches. Existen también baches sociales muy urgentes, heridas y llagas profundas que no pueden esperar. Una ciudad verdaderamente humana debe cuidar su infraestructura, pero sobre todo a las personas que viven en ella.
Es una herida una familia que no puede llevar el pan a la mesa; una persona que busca y no encuentra un empleo digno que le permita sostener a su familia y acompañar los estudios de sus hijos; una familia que no logra acceder a un techo seguro. También lo es que nuestros jóvenes no encuentren suficientes oportunidades de educación, capacitación, deporte, cultura y trabajo.
Son llagas dolorosas la droga que destruye a nuestros jóvenes, el abuso de niños y niñas, la violencia doméstica, los feminicidios y homicidios, la corrupción, la indiferencia y el abuso de poder.
Nos duelen también la trata de personas, el tráfico y la explotación de seres humanos, especialmente de niños, niñas y adolescentes, y los casos de niños desaparecidos. Cada persona explotada, desaparecida o convertida en mercancía es una herida abierta de nuestra sociedad. Reconstruir el tejido social comienza en nuestras propias casas, cuidando a los niños, acompañando a los jóvenes y fortaleciendo a las familias.
Donde está ausente el Reino de Dios, donde Dios ya no reina en la conciencia, en las relaciones y en la vida social, va entrando el imperio de los déspotas, el imperio del crimen organizado y el poder de aquellos que, por ambiciones monetarias, van imponiendo dictaduras opresoras. Allí donde se pierden la verdad, la justicia, la dignidad humana y el bien común, otros poderes terminan ocupando ese espacio y destruyendo el tejido social.
Hay también otra herida urgente: la salud pública, que en estos días atraviesa una situación especialmente delicada, con médicos del sector público en huelga y reclamos que merecen ser escuchados. El Estado tiene la responsabilidad de garantizar atención oportuna, medicamentos, estudios y tratamientos, especialmente para quienes no tienen otra posibilidad.
Y cuidar la salud significa también cuidar a quienes nos cuidan. Médicos, enfermeros, técnicos y todo el personal de blanco merecen reconocimiento, condiciones adecuadas y la dignificación de su profesión. Esperamos que prevalezca el diálogo y que, mientras se buscan soluciones justas, ningún enfermo quede desamparado.
La ciudad que necesitamos debe cuidar las calles, pero también a su gente; invertir en obras, pero también en educación, salud, trabajo, seguridad y promoción humana. Una ciudad bella es aquella donde un niño puede crecer seguro, una mujer puede vivir sin miedo, un joven encuentra oportunidades y ninguna persona vulnerable queda abandonada.
Y la ciudad no la construyen solamente el intendente y los concejales. La ciudad también la construimos nosotros: respetando al vecino, cuidando lo que pertenece a todos, cumpliendo nuestras responsabilidades y poniendo el bien común por encima del egoísmo.
El Evangelio de hoy nos entrega finalmente el criterio para toda autoridad, en la Iglesia y en la sociedad: «El más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros». El cargo no hace grande a una persona. El servicio la hace grande.
Y el Señor nos hace hoy una pregunta sencilla: ¿puedo contar contigo? ¿Puedo contar contigo para cambiar de camino, reparar el daño, cuidar de tu familia, servir a los demás, ejercer responsablemente tu ciudadanía y ayudar a reconstruir el tejido social?
San Agustín, después de tantas búsquedas y tropiezos, terminó respondiendo con toda su vida: Sí, Señor, puedes contar conmigo. Su historia nos recuerda que nadie tiene por qué quedar prisionero de su pasado. Dios puede hacer algo nuevo con nosotros. Siempre es posible recomenzar.
Que Santa Mónica interceda por nuestras familias y por tantos padres y madres que sufren por sus hijos. Que San Agustín nos ayude a buscar siempre la verdad. Y que Jesucristo, el único Maestro, el Camino, la Verdad y la Vida, nos enseñe a construir una sociedad más justa, fraterna y solidaria, que refleje cada vez más la belleza de la Ciudad de Dios.
Y que podamos responder con nuestra vida: Sí, Señor, puedes contar con nosotros.
Viernes, 28 de agosto de 2026.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
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