MISERICORDIOSO Y FIEL
Solemnidad de la Santísima Trinidad
Fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María
150 años de la Compañía de Santa Teresa de Jesús
Queridos hermanos y hermanas: hoy nos congregamos para vivir una triple celebración llena de alegría y gratitud. En primer lugar, contemplamos el misterio de la Santísima Trinidad, Dios uno en naturaleza y tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Celebramos también la fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María, que lleva a Jesucristo a la casa de Isabel y se convierte en modelo de discípula misionera. Y damos gracias por los 150 años de la fundación de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, obra inspirada por Dios en el corazón de San Enrique de Ossó para anunciar el Evangelio mediante la educación y la formación cristiana. Estas tres celebraciones nos hablan de un mismo Dios que ama, sale al encuentro de la humanidad y nos llama a ser testigos de su amor en el mundo.
En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, Moisés recibe una de las revelaciones más hermosas de toda la Sagrada Escritura. Dios mismo se presenta diciendo: «Yo soy el Señor, Dios compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel». Es una definición extraordinaria, porque Dios no comienza hablando de su poder ni de su grandeza, sino de su misericordia. Ante la pregunta sobre quién es Dios, la respuesta más profunda la encontramos también en el Nuevo Testamento. San Juan, en su primera carta, nos ofrece quizá la definición más breve y más sublime de Dios: «Dios es amor» (1 Jn 4,8). Y añade: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Por eso, cuando contemplamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, descubrimos que en el corazón mismo de Dios habita el amor. Un amor que crea, que perdona, que salva y que permanece fiel para siempre. Esta revelación alcanza su máxima expresión en Jesucristo, porque en Él contemplamos el rostro misericordioso del Padre.
En el Evangelio que acabamos de escuchar (Jn 3,16-18), Jesús nos revela el corazón mismo de Dios: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna». Estas palabras constituyen uno de los resúmenes más bellos de toda la Buena Noticia. Dios ama, Dios entrega y Dios salva. El Padre entrega a su Hijo por amor a la humanidad; el Hijo acepta libremente esa misión de salvación; y el Espíritu Santo nos permite acoger ese amor y vivir en comunión con Dios. La Santísima Trinidad es el misterio del amor de Dios que se derrama sobre nosotros. Jesús añade además: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él». Esta es la esperanza que sostiene nuestra fe. No estamos destinados a la condenación, sino a la vida. No hemos sido creados para la muerte, sino para la comunión eterna con Dios. Por eso, la plenitud de la vida no consiste solamente en los años que vivimos sobre esta tierra, sino en participar desde ahora y para siempre de la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Providencialmente, hoy 31 de mayo, la Iglesia celebra también la fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María a su prima Isabel, una celebración en la que convergen admirablemente los grandes misterios de nuestra fe. María, que ha recibido al Hijo de Dios en su seno por obra del Espíritu Santo, se pone en camino para visitar y servir a Isabel. En este encuentro están presentes el Padre que cumple sus promesas, el Hijo que habita en el seno de María y el Espíritu Santo que llena de alegría a Isabel y a Juan Bautista. Por eso, la Visitación es también una hermosa manifestación del misterio trinitario que hoy celebramos.
María es la mujer profundamente mirada por Dios. No fue escogida por su riqueza, por su poder o por alguna influencia humana, sino por la grandeza de su fe, la humildad de su corazón y la disponibilidad de su vida. Ella misma lo proclama en el Magníficat: «Ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48). Dios miró a María con amor y encontró en ella un corazón abierto a su voluntad. En ella resplandece también la dignidad de toda mujer llamada a acoger, cuidar, servir y transmitir la vida y la fe. Por eso María ocupa un lugar tan importante en la historia de la salvación y sigue siendo modelo para todos los discípulos de Cristo.
Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» y añade: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». También nosotros podemos hacernos hoy esa misma pregunta: ¿quiénes somos para que el Señor venga a visitarnos en cada Eucaristía, nos reúna en torno a su altar, nos alimente con su Palabra y con el Pan de Vida? La pregunta de Isabel expresa la humildad y el asombro de quien reconoce que todo es gracia. También nosotros estamos llamados a vivir ese estupor agradecido ante la presencia del Señor que habita entre nosotros y dentro de nosotros.
María lleva a Jesús, y donde llega Jesús renacen la esperanza, la alegría y el sentido de la vida. Ella no se queda contemplando el don recibido, sino que se levanta y se pone en camino. De este modo se convierte en la primera discípula misionera del Evangelio, enseñándonos que la verdadera fe siempre nos impulsa a salir al encuentro de los demás con espíritu de servicio y de amor.
El Evangelio nos dice también que Juan Bautista saltó de alegría en el vientre de su madre. Es una escena profundamente elocuente: antes incluso de nacer, Juan reconoce la presencia del Mesías y salta de alegría ante la cercanía del Salvador. María no lleva riquezas, ni prestigio, ni poder humano; lleva a Jesús. Allí donde llega Cristo renacen la esperanza, la alegría y la vida nueva. Por eso María es la misionera por excelencia. La palabra misión proviene del latín missio, que significa envío. El misionero es alguien que ha sido enviado para comunicar una buena noticia. María fue enviada por Dios y se puso en camino llevando a Jesucristo. No llevó solamente un mensaje; llevó al mismo Señor. Su ejemplo nos enseña que la fe auténtica no puede quedarse encerrada en sí misma. Quien ha encontrado verdaderamente a Jesucristo siente la necesidad de compartirlo mediante la palabra, el testimonio, el servicio y la cercanía. También nosotros, por nuestro Bautismo, hemos sido enviados. Somos discípulos misioneros llamados a llevar la presencia de Cristo a nuestras familias, comunidades, lugares de trabajo, escuelas, barrios y a todos los ambientes donde el Señor nos envía.
En este contexto comprendemos mejor la importancia de los 150 años de la Compañía de Santa Teresa de Jesús que hoy celebramos con gratitud. Esta congregación fue fundada por San Enrique de Ossó el 2 de abril de 1876 en Tortosa, España, como una respuesta evangélica a los desafíos de su tiempo. Él comprendió que muchas de las heridas de la sociedad nacían del alejamiento de Dios y que la mejor manera de transformar el mundo era ayudar a las personas a conocer, amar y seguir a Jesucristo. Por eso impulsó una obra educativa y evangelizadora que continúa dando frutos en la Iglesia hasta nuestros días.
San Enrique de Ossó nació en España, en Vinebre, Tarragona, el 16 de octubre de 1840, hace más de 185 años. Desde muy joven sintió una profunda admiración por Santa Teresa de Jesús, quien vivió entre 1515 y 1582. Entre la muerte de Santa Teresa y el nacimiento de San Enrique transcurrieron aproximadamente 258 años, pero la distancia del tiempo no impidió que ella se convirtiera en su gran maestra espiritual. San Enrique descubrió en sus escritos una auténtica escuela de amistad con Jesucristo y quedó convencido de que el mundo podía renovarse si las personas aprendían a conocer, amar e imitar más al Señor. Una anécdota muy significativa de su vida relata que, contemplando las necesidades religiosas y educativas de su tiempo, pasó largas horas de oración preguntándose qué podía hacer para ayudar a que Cristo fuera más conocido y amado. En ese proceso de discernimiento fue madurando la inspiración de fundar una nueva familia religiosa dedicada a la educación cristiana. Aquella intuición espiritual se transformó en una obra concreta que ha llegado a numerosos países del mundo. Su lema era sencillo y profundo: «Todo por Jesús», una expresión que resumía toda su espiritualidad y su programa de vida.
San Enrique eligió el nombre de Compañía de Santa Teresa de Jesús porque deseaba formar una comunidad de compañeras de camino de Jesús, inspiradas por el espíritu de Santa Teresa. No quería únicamente fundar escuelas, sino crear una gran familia espiritual capaz de transformar la sociedad desde el Evangelio. Solía hablar de «teresianizar el mundo», es decir, impregnar la cultura, la educación, la familia y la sociedad con el espíritu de oración, amistad con Dios, alegría y servicio característico de Santa Teresa. Estaba convencido de que muchas crisis sociales, morales y culturales nacen cuando el ser humano se aparta de Dios y olvida el mandamiento del amor a Dios, al prójimo y a sí mismo.
La Iglesia reconoció la santidad de su vida y de su misión. Fue canonizado por San Juan Pablo II el 16 de junio de 1993, quien lo presentó como modelo de educador cristiano y evangelizador. Su legado continúa vivo en numerosos países y sigue inspirando a miles de personas comprometidas con la educación, la evangelización y la promoción humana. San Enrique comprendió que la educación es una de las formas más eficaces de evangelización porque ayuda a formar no solamente la inteligencia, sino también el corazón y la conciencia de las personas.
También nuestro querido Paraguay ha sido enriquecido profundamente por el carisma teresiano. Las Hermanas Teresianas llegaron a nuestro país el 28 de junio de 1915, hace ya más de 110 años. Desde entonces han desarrollado una valiosa misión educativa, pastoral y social, formando generaciones de paraguayos en la fe, la cultura y el compromiso cristiano.
Merece destacarse especialmente el trabajo silencioso y constante realizado por toda la familia teresiana en favor de los más vulnerables. Inspiradas por San Enrique de Ossó y por Santa Teresa de Jesús, comprendieron que educar es también evangelizar, acompañar, promover y dignificar a la persona humana. Durante más de un siglo han estado cerca de familias humildes, comunidades rurales y también pueblos indígenas, fortaleciendo la esperanza mediante la educación, la fe y el compromiso solidario.
Cuántos niños, niñas y jóvenes encontraron en las instituciones teresianas un espacio para crecer humana y espiritualmente. Cuántas familias recibieron orientación y apoyo. En este día queremos recordar con especial gratitud a la querida Hna. Teresita Pérez y, junto a ella, a tantas hermanas teresianas que han dejado una huella profunda en la Iglesia y en la sociedad paraguaya. A todas ellas les debemos una inmensa gratitud porque ayudaron a sembrar el Evangelio en el corazón de nuestro pueblo.
Pero esta celebración no nos invita solamente a mirar el pasado con gratitud. También nos desafía a mirar el presente y el futuro de nuestro Paraguay. Vivimos en una nación marcada profundamente por la fe cristiana, pero que sigue enfrentando desafíos muy grandes: la pobreza, la corrupción, la violencia, las adicciones, la fragmentación familiar, la indiferencia religiosa y tantas heridas que afectan el tejido social de nuestro pueblo. Frente a esta realidad, el Paraguay de hoy necesita volver a Jesucristo. Necesita saturarse de Cristo, dejarse iluminar por su Evangelio y restaurar, sanar y fortalecer los vínculos humanos y sociales que muchas veces aparecen debilitados. Precisamente ese era el gran sueño de San Enrique de Ossó: que Cristo fuera más conocido, más amado y más seguido. Por eso repetía con convicción: «Todo por Jesús», y entendía que la gran tarea de la educación y de la evangelización consiste en dar a conocer y amar más a Jesucristo. Ese sueño sigue siendo actual. También María Felicia de Jesús Sacramentado, nuestra querida Chiquitunga, comprendió profundamente esta verdad. Su amor apasionado a Jesús Eucaristía, sus frecuentes visitas al Santísimo Sacramento y su deseo de pertenecer enteramente al Señor la llevaron a descubrir que no hay transformación auténtica de la sociedad sin una profunda amistad con Cristo. Tanto San Enrique como Chiquitunga nos recuerdan que la renovación del Paraguay no comenzará solamente con mejores estructuras o leyes, sino con corazones renovados por el encuentro con Jesucristo. Allí donde Cristo es conocido, amado y seguido, florecen la fraternidad, la justicia, la solidaridad y la esperanza.
Al concluir esta celebración, contemplemos nuevamente a la Santísima Trinidad, fuente y origen de todo amor; a María, la primera discípula y misionera que llevó a Jesús a la casa de Isabel; a San Enrique de Ossó, apasionado apóstol de la educación cristiana; y a Chiquitunga, testigo luminosa de la santidad paraguaya. Que ellos nos ayuden a crecer cada día en la fe, la esperanza y la caridad. Que aprendamos a vivir desde ahora la comunión con el Padre, por medio del Hijo y en la fuerza del Espíritu Santo. Y que, siguiendo el ejemplo de María, llevemos a Cristo a los demás para que también ellos experimenten la alegría del Evangelio y la esperanza de la vida eterna. Así podremos construir una sociedad más fraterna, más justa y más cercana al sueño de Dios para nuestro querido Paraguay.
Asunción, 31 de mayo del 2026
Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo de la Arquidiócesis de Asunción
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