Hoy, como cada 31 de mayo, se conmemora el Día Nacional de la Lucha Contra el Abuso Sexual y todo tipo de violencia hacia niñas, niños y adolescentes,establecido por Decreto Presidencial Nº3.279 del año 2004.
Esta fecha no es un simple recordatorio en el calendario; nace del dolor y de la memoria de Felicita Estigarribia, una niña de tan solo 11 años, que vivía en condiciones de extrema vulnerabilidad en Yaguarón. Para subsistir, ella se veía obligada a salir a las calles a vender mandarinas.
No tuvo la opción de quedarse en la seguridad de un hogar, rodeada de protección, estudio y juegos. Esa desprotección estructural abrió paso a un destino cruel: en 2004 Felicita fue abusada sexualmente y asesinada.
Su historia refleja una profunda herida en la sociedad paraguaya. Como toda herida dolorosa, a veces intentamos mantenerla oculta de la conciencia colectiva, prefiriendo ignorar realidades que nos asustan o ante las cuales nos sentimos impotentes. Pero detrás de Felicita y de cada víctima, hay una familia, una comunidad y personas que lloraron su partida; familias que hoy siguen conviviendo con el dolor y, muchas veces, con la revictimizante impunidad.
El caso de Felicita no es un hecho aislado. Las cifras de abuso sexual y violencia hacia niñas, niños o adolescentes en nuestro país siguen siendo alarmantes. Desde enero a mayo del 2026, el Ministerio Público de Paraguay registró 1.184 víctimas de abuso sexual en niños y adolescentes. En promedio se reportan entre 8 y 9 casos diarios, y desde el 2015 hasta el 2026 el Ministerio publico atendió 34.001 victimas
Debemos ser conscientes de que estos datos reflejan únicamente los casos que llegan a ser denunciados y procesados. Son solo la punta del iceberg, y que hay una realidad oculta que no forma parte siquiera de las estadísticas.
La Iglesia no es ajena a esta profunda herida que brota de la fragilidad humana. También en nuestro seno, a nivel global y local, nos hemos visto fuertemente afectados y confrontados por el dolor de los abusos. Reconocer esta realidad es el primer paso indispensable para pedir perdón, reparar y transformarnos.
Asumir este dolor nos compromete a no mirar hacia otro lado. Hoy renovamos nuestro firme compromiso de trabajar incansablemente por una Cultura del Cuidado y la prevención de los abusos, transformando la indignación en acciones concretas de prevención, escucha y protección integral, para que ninguna niña, niño o adolescente vuelva a caminar en la desprotección.
Cuando confrontamos esta realidad, el panorama puede parecer tenebroso y desprovisto de luz. Sin embargo, es fundamental mantener viva la esperanza. Si dejamos de creer que es posible un cambio, que podemos revertir esta situación, habremos perdido la batalla antes de darla.
Por eso, en respuesta a este dolor, a este sufrimiento y a este clamor, nace nuestra propuesta: una Red que se teje con cariño, amor, ternura y esfuerzo cotidiano. Se teje hilo por hilo, delicadamente, como nuestro ñandutí. Un tejido tan auténticamente nuestro, así como tan nuestra debe ser la misión de proteger a los seres humanos másindefensos.
Cuidar es la expresión de amor más auténtica, porque se ama lo que se cuida y se cuida lo que se ama. Desde los inicios de la tarea de prevención en la Arquidiócesis, nuestro horizonte está marcado por la enseñanza de Jesús a sus discípulos en la Última Cena: “Ámense unos a otros, como yo los he amado”. La Red Arquidiocesana nace del Evangelio, de un mensaje de salvación que sale al encuentro del ser humano para responder a sus angustias y dolores, pero también para acompañar su alegría y su plenitud.
La Red Arquidiocesana para la Cultura del Cuidado es una propuesta para hacer concreto este amor que protege y resguarda de manera eficaz, participativa y solidaria. Es una tarea en corresponsabilidad, que convoca a todos los bautizados y a los miembros de la sociedad a poner las manos en el arado.
Solo así podremos labrar un mañana donde las niñas, niños, adolescentes y personas en situación de vulnerabilidad, convivan con alegría en ambientes seguros; donde cuenten con personas que los escuchen, les crean y los apoyen; y donde sus necesidades sean atendidas para garantizar un desarrollo sano y armónico de todas sus dimensiones humanas.
¡Sí!, este sueño es posible, y para alcanzarlo, es vital no dejar de soñar, no perder la esperanza y, sobre todo, no dejar de trabajar e involucrarnos. Esa nueva realidad ya comenzó con los pasos dados hasta ahora. Desde los primeros hilos que venimos tejiendo y articulando en la Arquidiócesis de Asunción, hoy ya se puede ver y sentir un cambio en la Iglesia y en la sociedad.
Tanto en nuestro país como en el mundo existen testimonios de muchas vidas que han sido protegidas, salvadas a tiempo y acompañadas. No podemos volver el tiempo atrás para evitar el daño del pasado, pero las acciones y protocolos que adoptemos hoy garantizarán que la niñez del presente y del futuro no sufra el mismo dolor.
Que esta Red Arquidiocesana para la Cultura del Cuidado sea signo, compromiso y profecía de un Paraguay donde las niñas, niños, adolescentes y personas en situacion de vulnerabilidad vivan con la certeza de ser cuidados con amor, respeto a su dignidad y pleno ejercicio de sus derechos.
Asunción, 31 de mayo de 2026
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