Queridos médicos y médicas, queridos representantes del gremio médico del Paraguay: Sean todos muy bienvenidos al Seminario Metropolitano, a esta casa de la Iglesia.
Quisiera comenzar con una palabra del Evangelio que me parece muy cercana a este encuentro. Jesús dice: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos» (Mc 2,17). Él utiliza justamente la imagen del médico para hablar de su misión: acercarse a quien está herido, a quien sufre, a quien necesita cuidado. Para nosotros, creyentes, esta palabra tiene una fuerza especial, porque creemos en Jesucristo, que vino a estar cerca de los enfermos, de los pobres, de los vulnerables y de quienes necesitaban ser acogidos, acompañados y levantados en su dignidad.
También la profesión médica, desde Hipócrates y a través de sus compromisos éticos, ha estado siempre ligada al cuidado de la vida, al alivio del sufrimiento y al respeto por la dignidad de cada persona. Y eso tiene hoy una enorme actualidad.
Cuando hablamos de salud integral, claro que tenemos que hablar de presupuesto, medicamentos, insumos, infraestructura, organización, condiciones laborales y también de estadísticas. Todo eso importa. Pero no podemos quedarnos solo ahí. Detrás de cada cifra hay un rostro, una persona enferma, una familia que espera, alguien que necesita ser cuidado. Están las heridas concretas de nuestra gente, sus dolores, sus angustias y también sus esperanzas.
Y también tenemos que cuidar a quienes cuidan. Los médicos y todo el personal sanitario son personas que también necesitan ser atendidas y acompañadas. No todas las horas de trabajo tienen la misma carga. No es lo mismo una hora en cualquier actividad que una hora frente al dolor de una persona, atendiendo una urgencia, acompañando a una familia angustiada o tomando decisiones delicadas sobre la vida y la salud. Todo eso pesa física, mental y emocionalmente. Por eso, también la salud física y mental de los profesionales merece cuidado. Sabemos que el estrés, el agotamiento y las condiciones de trabajo pueden repercutir incluso en la calidad y continuidad de la atención.
Esta preocupación por la salud pública no nace para nosotros recién con la situación de estos días. El pasado 14 de agosto, en el encuentro que mantuvimos con el Presidente de la República y ministros del Poder Ejecutivo, la salud fue uno de los temas que abordamos. Allí expresamos nuestra preocupación por las necesidades de nuestro pueblo y también nuestra disposición a seguir colaborando, desde la misión propia de la Iglesia, con la salud pública del país y con las autoridades que tienen esa responsabilidad.
Y esa colaboración se da ya de manera concreta y subsidiaria en nuestras distintas jurisdicciones eclesiásticas. La Iglesia está presente no solo desde el acompañamiento pastoral, sino también a través de servicios profesionales y asistenciales: en centros de salud, hogares de adultos mayores, obras para personas con discapacidad, espacios de cuidados paliativos y otras iniciativas de atención. En muchos casos, estos servicios se ofrecen gratuitamente o con costos muy reducidos, especialmente para personas y familias en situación de vulnerabilidad.
Acompañamos también a comunidades indígenas, niños y adolescentes, personas privadas de libertad y a sus familias, procurando responder, desde nuestras posibilidades, a necesidades muy concretas de salud, cuidado y dignidad. No pretendemos sustituir la responsabilidad del Estado ni de las instituciones sanitarias, sino colaborar subsidiariamente allí donde podemos aportar y donde la gente más lo necesita.
Por eso, este encuentro con ustedes tiene para nosotros mucho sentido. Hemos seguido con atención el desarrollo de esta huelga y conocemos los principales reclamos que ustedes han venido expresando públicamente. Este Seminario tiene además una particular resonancia en estos días, porque desde aquí comenzó, el lunes pasado, la movilización que vienen llevando adelante.
Hoy queremos continuar esta conversación y conocer más a fondo sus reclamos, sus razones y las situaciones concretas que los sustentan. Queremos escucharles directamente, comprender mejor cómo están viviendo este momento y acoger también como nuestras aquellas preocupaciones que tienen que ver con el cuidado de los profesionales, de los pacientes, de sus familias y, en definitiva, con el bien de la salud pública de nuestro país.
Sabemos que el tiempo de este encuentro es limitado y que seguramente no podremos profundizar hoy en todo. Pero también queremos dejar abierta la posibilidad de continuar este diálogo más adelante, en la medida en que sea útil, para seguir escuchando, comprendiendo y acompañando.
Venimos, sobre todo, con disposición de escucha. Queremos que este encuentro pueda desarrollarse con libertad, respeto y confianza. Y pedimos a Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, que nos conceda sabiduría, serenidad y un corazón abierto para escucharnos y para cuidar siempre la dignidad de cada persona y el bien común. Bienvenidos.
3 de septiembre de 2026
Card. Adalberto Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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