HOMILÍA

Novenario de Nuestra Señora de la Merced – Lambaré
a 4: Construir la fraternidad
«Ámense los unos a los otros como yo los he amado»
Hch 2,42-47; Sal 111; Jn 15,12-17

Queridos hermanos y hermanas: nos reunimos esta tarde en esta querida comunidad de Lambaré, en el cuarto día del novenario de Nuestra Señora de la Merced. El tema que nos convoca es hermoso y exigente: construir la fraternidad. Y Jesús nos entrega la palabra que debe sostener toda verdadera fraternidad: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado». No se trata solamente de sentir afecto por los demás; se trata de aprender a mirarnos y tratarnos verdaderamente como hermanos.

Jesús no presenta el amor como una simple recomendación. Dice claramente: «Este es mi mandamiento», y agrega: «como yo los he amado». Esa es la medida. Él amó acercándose al que sufría, escuchando al que nadie escuchaba, acogiendo al pecador, defendiendo la dignidad de las personas, perdonando y entregando su propia vida. Por eso nos dice: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos».

Dar la vida no significa solamente morir por alguien. Podemos darla cada día: dedicando tiempo a quien necesita ser escuchado, cuidando a un enfermo, acompañando a un anciano, educando con paciencia a nuestros hijos, ayudando a una familia necesitada, perdonando una ofensa o compartiendo nuestro pan. Amar es no pasar de largo ante el hermano que nos necesita.

La primera lectura nos presenta una hermosa imagen de la primera comunidad cristiana. Los creyentes perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en la oración. Se mantenían unidos y compartían lo que tenían según las necesidades de cada uno. Comprendieron algo esencial: no se puede seguir a Cristo cada uno por su cuenta. La fe, la Eucaristía y el amor nos hacen comunidad.

Esta Palabra nos interpela también hoy. Podemos vivir muy cerca y, sin embargo, estar muy lejos unos de otros. Podemos conocer inmediatamente lo que sucede a miles de kilómetros y desconocer el sufrimiento de quien vive a nuestro lado. ¿Cómo está mi vecino? ¿Hay un enfermo que necesita una visita, un anciano que está solo, una familia que atraviesa dificultades, un joven que necesita ser escuchado? La fraternidad comienza cuando dejamos de pasar de largo.

También aquí, en nuestra querida ciudad de Lambaré, estamos llamados a construir una comunidad donde nadie permanezca indiferente ante la necesidad del otro. El bien común comienza en nuestra casa, en nuestra vereda, en el barrio, en la escuela, en el trabajo y en la parroquia. Se construye respetando al vecino, cuidando lo que pertenece a todos y siendo solidarios. El problema del otro también nos importa.

La fraternidad se pone especialmente a prueba cuando aparecen diferencias y heridas. Es fácil amar a quien piensa como nosotros y a quien nos trata bien. Jesús nos lleva más lejos. La fraternidad no significa pensar todos de la misma manera, sino que, aun en medio de nuestras diferencias, nunca dejemos de reconocer en el otro a un hermano o una hermana. Podemos disentir sin agredir, corregir sin humillar, dialogar sin destruir y buscar la verdad sin convertir al otro en enemigo.

Aquí adquiere una fuerza especial Nuestra Señora de la Merced, patrona de los cautivos y de las personas privadas de libertad. La tradición mercedaria está profundamente unida a la liberación de los cautivos. Por eso, en muchas de sus imágenes encontramos cadenas o grilletes, signos de aquello que aprisiona al ser humano y también de la libertad que Dios quiere para todos sus hijos.

Nuestra oración abraza esta tarde a quienes están privados de libertad y a sus familias; a quienes permanecen secuestrados; a las víctimas de la trata de personas y de toda forma de explotación y sometimiento. Todavía hoy hay seres humanos tratados como mercancía, utilizados, explotados y descartados. Cuando se comercia con la vida y la dignidad de una persona, se rompe radicalmente la fraternidad y se contradice el mandamiento de Jesús: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado».

Pensamos también en tantas familias que lloran y esperan a sus seres queridos desaparecidos. Familias que viven la dolorosa incertidumbre de no saber dónde está un hijo, un padre, una madre, un hermano. Cuánto sufrimiento hay detrás de cada ausencia. Nuestra Madre permanece junto a esas familias como consuelo y fortaleza. María conoce las lágrimas de una madre. Ella permaneció de pie junto a la Cruz de su Hijo y continúa estando maternalmente cerca de quienes lloran, esperan y sufren.

Pero no todas las cadenas son de hierro. Hay cadenas que no se ven y cárceles que llevamos por dentro. Podemos quedar cautivos del miedo, del odio, del resentimiento, de la venganza, de las adicciones, de la violencia, de la ambición o de la incapacidad de perdonar. Podemos encerrarnos tanto en una herida que terminamos viviendo desde ella y haciendo sufrir también a quienes están a nuestro alrededor.

Frente al mandamiento del amor está el desamor. Cuando el desamor crece puede convertirse en indiferencia, desprecio, resentimiento, odio y venganza: me hiciste daño, te hago daño; me ofendiste, te ofendo; me heriste, busco herirte. Es la antigua lógica del «ojo por ojo, diente por diente». Pero si respondemos siempre al mal con otro mal, la cadena nunca se rompe.

Jesús nos propone otro camino: no devolver mal por mal, sino detener la cadena del mal mediante el amor, la misericordia, la justicia y el perdón. Esto no significa aprobar la injusticia ni renunciar a la verdad. Significa impedir que el mal que hemos recibido se convierta en un nuevo mal que nosotros hacemos a los demás. El amor cristiano rompe la cadena del mal.

Y aquí aparece el papel preponderante de la familia, primera escuela de fraternidad. En ella aprendemos a amar, compartir, escuchar, pedir perdón y reconciliarnos. Allí aprendemos aquellas palabras sencillas que tanto bien hacen: gracias, perdón, por favor, te quiero. Cuando la familia se fortalece en el amor, toda la sociedad se fortalece; cuando la familia se hiere y se divide, también la sociedad sufre sus consecuencias.

También debemos preguntarnos cuáles son las cadenas que hoy aprisionan a nuestras familias. Pueden ser las incomprensiones, los silencios prolongados, los resentimientos acumulados, las infidelidades, las adicciones, la violencia o la falta de diálogo. El anillo de la alianza matrimonial está llamado a ser signo de un amor fiel, de una promesa y de una vida compartida. Qué doloroso cuando esa alianza se va debilitando y sus eslabones parecen romperse porque dejamos de hablarnos, de escucharnos, de perdonarnos y también de rezar juntos.

Necesitamos recuperar la oración en familia. No hace falta comenzar con grandes cosas. Una oración antes de dormir, bendecir juntos los alimentos, rezar por alguien que está enfermo, dar gracias por lo vivido durante el día, pedir juntos la gracia de saber perdonarnos. Una familia que reza reconoce que no puede resolverlo todo por sus propias fuerzas y abre sus puertas para que Dios también pueda entrar en sus heridas.

Ninguna familia es perfecta. En todas existen fragilidades, diferencias y momentos difíciles. Pero siempre podemos pedir al Señor la gracia de recomenzar. A veces alguien tiene que dar el primer paso y decir: perdóname. Otras veces debemos tener la grandeza de responder: te perdono. La reconciliación no borra mágicamente las heridas, pero permite comenzar a sanarlas. El perdón rompe cadenas que durante años pueden mantener prisionera a toda una familia.

Tal vez esta noche podamos preguntarnos: ¿qué cadena necesito que Cristo rompa en mí? ¿Un resentimiento que llevo desde hace años? ¿Una persona a quien todavía no puedo perdonar? ¿Un miedo que me paraliza? ¿Una dependencia que me domina? ¿Una herida que sigue gobernando mis decisiones? Podemos caminar libremente por las calles y, sin embargo, llevar el corazón encarcelado.

Cristo quiere hacernos verdaderamente libres. Libres no para hacer cualquier cosa, sino libres para amar, libres para perdonar, libres para servir y libres para comenzar de nuevo. Por eso es tan hermosa la palabra que Jesús nos dirige esta tarde: «Ya no los llamo servidores… yo los llamo amigos». Somos amigos de Jesús y, en Él, estamos llamados a reconocernos como hermanos.

De allí nace una verdadera cultura del cuidado: cuidarnos unos a otros; cuidar a nuestros niños y adolescentes, a nuestros mayores, a las personas vulnerables; cuidar nuestros matrimonios y nuestras familias; cuidar también nuestra casa común. Una sociedad fraterna no utiliza a las personas, no comercia con ellas ni las descarta. Las reconoce, las escucha, las respeta, las protege y las cuida.

Jesús termina diciendo: «Yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero». No hemos venido solamente a participar de un día más del novenario. Venimos para ser enviados. Que cada uno lleve esta noche una decisión concreta: reconciliarse con alguien, visitar a un enfermo, acercarse a quien está solo, ayudar a una familia necesitada, escuchar con paciencia, pedir perdón o dar el primer paso para sanar una relación.

Querida Nuestra Señora de la Merced, Madre de los cautivos, ponemos bajo tu manto a todos aquellos cuya libertad ha sido arrebatada: los privados de libertad, los secuestrados, las víctimas de la trata y de toda forma de explotación. Te confiamos especialmente a las familias que lloran y esperan, a las madres que lloran por sus hijos, a los padres, esposos, esposas, hijos y hermanos que viven el dolor de una ausencia. Como permaneciste junto a la Cruz, permanece junto a ellos como Madre del consuelo, fortaleza en el dolor y compañera de la esperanza.

Ponemos también ante ti nuestras propias cadenas y las cadenas de nuestras familias. Ayúdanos a romper las cadenas del odio, del miedo, del resentimiento y de la venganza. Protege a nuestros matrimonios; fortalece sus alianzas; devuelve el diálogo donde se instaló el silencio; abre caminos de reconciliación donde existen heridas; y enséñanos nuevamente a rezar juntos, perdonarnos y cuidarnos unos a otros.

Que nuestras familias sean escuelas de fraternidad; que nuestra parroquia sea una casa de puertas abiertas; y que nuestra ciudad sea una comunidad donde aprendamos a cuidarnos. Que se haga realidad entre nosotros aquella hermosa palabra que hoy proclamamos: «¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!».

Y que permanezca grabado en nuestro corazón el mandato de Jesús: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado».

Nuestra Señora de la Merced, ayúdanos a romper las cadenas que nos separan, para ser libres para amar, libres para perdonar, libres para reconciliarnos y libres para construir fraternidad.

 

17 de septiembre de 2026.

Card. Adalberto Martinez Flores

Arzobispo Metropolitano