HOMILÍA – MISA DE CLAUSURA

VII Jornada Nacional de Formación por una Cultura del Cuidado

«Una Iglesia que cuida: Tejiendo Redes por el Bien Común»

Sábado 3 de octubre de 2026

1. Queridos hermanos y hermanas: Llegamos a la celebración de esta Eucaristía al concluir dos días intensos de encuentro, formación, escucha y fraternidad. Y la Palabra de Dios parece acompañar providencialmente lo que hemos vivido. Job, después de atravesar tantas preguntas y sufrimientos, llega a decir al Señor: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5).

2. Hay cosas que podemos conocer de oídas, estudiar en documentos o escuchar en una conferencia. Pero hay otras que necesitamos ver con los ojos y escuchar con el corazón. En estos días hemos hablado de la cultura del cuidado, de la prevención de los abusos, de los riesgos en los entornos digitales, del abuso de poder, espiritual y de conciencia, de la reparación y de las orientaciones pastorales para nuestras comunidades. Pero, sobre todo, hemos compartido experiencias y hemos aprendido unos de otros.

3. En las mesas redondas y en los trabajos grupales hemos podido compartir lo que vivimos en nuestras diócesis, comunidades e instituciones: nuestras experiencias, nuestros avances, nuestras preocupaciones y también aquello que todavía necesitamos mejorar. Nos hemos edificado mutuamente. Eso es precisamente tejer redes. Nadie construye solo una cultura del cuidado. Necesitamos mirarnos, escucharnos, ayudarnos y caminar juntos.

4. Y aparece una hermosa coincidencia, providencia, con el Evangelio de hoy. San Lucas nos cuenta que los setenta y dos discípulos volvieron con alegría después de haber sido enviados por Jesús (Lc 10,17). Nosotros hemos sido aquí más de setenta y dos personas, llegadas de distintos lugares y ámbitos de nuestra Iglesia. También nosotros estamos llegando al final de una experiencia y, como aquellos discípulos, volvemos con alegría.

5. Ellos regresaron para contar a Jesús lo que habían vivido. Nosotros también regresaremos a nuestras diócesis, parroquias, comunidades, instituciones y movimientos para transmitir lo que aquí hemos visto y oído. La Jornada termina, pero la misión continúa. Lo aprendido y compartido no puede quedar solamente en nuestros apuntes o en nuestra memoria. Tiene que convertirse en actitudes, decisiones y acciones concretas de prevención y cuidado.

6. Esto nos recuerda también las palabras del apóstol Juan: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros» (1 Jn 1,3). Y en el último capítulo de su Evangelio, Juan afirma que el discípulo da testimonio de lo vivido y que «su testimonio es verdadero» (Jn 21,24). Ver, escuchar y dar testimonio van juntos.

7. Jesús mismo dice hoy a sus discípulos: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!» (Lc 10,23). Job decía: «Ahora te han visto mis ojos». Jesús habla de unos ojos capaces de ver. Y nosotros podemos preguntarnos al terminar esta Jornada: ¿qué hemos aprendido a mirar de una manera nueva? ¿A quiénes necesitamos mirar mejor?

8. La cultura del cuidado comienza también por la mirada. Y aquí podemos recordar al buen samaritano (Lc 10,25-37). El sacerdote vio al hombre herido y pasó de largo; también el levita lo vio y siguió su camino. El samaritano también lo vio, pero su mirada fue diferente: «al verlo, se compadeció» (Lc 10,33). Los tres vieron, pero no todos supieron mirar. El samaritano se acercó, curó las heridas y se hizo cargo. Esa es también la cultura del cuidado que queremos construir: ver, conmovernos, acercarnos y cuidar. Especialmente cuando se trata de niños, niñas, adolescentes y adultos en situación de vulnerabilidad, no podemos pasar de largo.

9. Durante esta Jornada hemos hablado también de los valores, del inmenso valor y de la dignidad de cada persona. La Sagrada Escritura dice que Dios nos guarda «como a la niña de sus ojos» (cf. Dt 32,10; Sal 17[16],8). Podemos decir que somos la pupila de los ojos de Dios. ¡Así nos mira y así nos valora Dios! Y esa es también la mirada que nos debemos unos a otros. Estamos llamados a mirarnos con respeto, a reconocernos valiosos, a cuidarnos y a cuidar especialmente a los más vulnerables. Si somos la pupila de los ojos de Dios, nadie puede ser indiferente ante la dignidad y el sufrimiento del otro.

10. Jesús hace, además, una corrección importante a los setenta y dos. Ellos están contentos porque hasta los demonios se les someten. Pero el Señor les dice: «No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo» (Lc 10,20). Es una enseñanza muy oportuna después de haber reflexionado sobre el abuso de poder. En la Iglesia, la autoridad nunca debe convertirse en dominio. La autoridad que viene de Jesús se hace servicio, protección, cercanía y cuidado.

11. Por eso, al concluir, queremos expresar nuestro agradecimiento a todos los que han participado en esta Jornada: a las Comisiones Diocesanas de Protección y Cuidado, a la CONFERPAR, a la Universidad Católica, al Seminario Mayor Nacional, a los movimientos apostólicos y a las distintas instituciones, comunidades y personas que se han hecho presentes. Gracias también a quienes han trabajado en la organización y han hecho posible estos dos días de encuentro.

12. Pero hay algo que desde nuestra Comisión deseamos especialmente: que esta cultura del cuidado se vaya organizando y fortaleciendo en todos los lugares donde estamos presentes. Que nuestras diócesis cuenten con sus comisiones; que también nuestras parroquias, movimientos apostólicos, instituciones y comunidades vayan formando equipos responsables de la prevención y del cuidado. Que la Universidad Católica, en sus distintos campus y sedes, pueda contar también con estos espacios, y que sigamos trabajando junto con la CONFERPAR y las comunidades religiosas.

Aquí me viene a la memoria una escena muy hermosa de los Hechos de los Apóstoles (Hch 10,9-16). San Pedro se encontraba en Jafa, una antigua ciudad portuaria a orillas del Mediterráneo, en el territorio del actual Israel. Mientras oraba, tuvo una visión: vio el cielo abierto y algo semejante a un gran lienzo, como una sábana grande, que descendía hacia la tierra sujeto por sus cuatro puntas. El texto no nos dice quién lo sostenía; simplemente nos presenta este gran lienzo que viene de lo alto. Dentro había toda clase de animales. Pedro se resistió inicialmente, pero Dios estaba preparando su corazón para comprender algo mucho más grande. Poco después, al encontrarse con Cornelio y entrar en su casa, Pedro comprenderá el sentido de aquella experiencia y dirá: «Dios no hace acepción de personas» (Hch 10,34). Aquella visión le ayudó a ensanchar su mirada y su corazón: Dios no excluye a nadie.

También nosotros podemos contemplar ese gran lienzo sujeto por sus cuatro puntas como una imagen que nos ayuda en nuestra misión. Podemos imaginar esas cuatro puntas extendiéndose hacia el norte, el sur, el este y el oeste de nuestro Paraguay. Que nuestra red del cuidado llegue a todos los rincones del país: a cada diócesis, parroquia, comunidad religiosa, movimiento, institución educativa, campus y sede. Que nadie quede fuera de este gran tejido del cuidado.

Y hablando de aquel gran lienzo y de nuestro lema, «Tejiendo Redes», recuerdo una visita a Tejidos Pilar. Allí he podido ver enormes máquinas tejedoras trabajando con una cantidad impresionante de hilos al mismo tiempo. Es hermoso observar cómo tantos hilos diferentes se van cruzando y entrelazando hasta formar una sola tela. Uno quizás no se fija en cada hilo por separado, pero cada hilo es importante. Si uno se corta o se suelta, hay que atenderlo, porque puede afectar al tejido entero.

Así también somos nosotros en esta red del cuidado. Cada uno de nosotros es como un hilo. Cada diócesis, cada parroquia, cada comunidad religiosa, cada movimiento y cada institución aporta su hilo. Un hilo solo no hace una tela. Necesitamos entrelazarnos, sostenernos y estar atentos también al hilo que se debilita o se rompe. Si uno sufre, no podemos dejarlo suelto. Si uno necesita ayuda, tenemos que acercarnos. Así podremos formar un tejido cada vez más fuerte y amplio, capaz de cobijar y proteger especialmente a quienes más necesitan nuestro cuidado.

13. No se trata simplemente de crear más estructuras o de cumplir un requisito. Queremos que haya personas concretas y preparadas a quienes acudir, capaces de escuchar, orientar, prevenir y actuar responsablemente cuando sea necesario. Que nadie pueda decir: «No sabía a quién recurrir». Una verdadera red del cuidado necesita llegar hasta nuestras comunidades y hacerse parte de nuestra manera cotidiana de vivir la misión de la Iglesia.

14. De manera especial, agradecemos a la Hna. Verónica Santillán, ecj, que ha venido nuevamente a acompañarnos, compartir su experiencia y animarnos. Con su rica experiencia en Chile y también en el ámbito latinoamericano, a través del CELAM, nos ayuda a comprender que esta red puede y debe agrandarse todavía más. Podemos aprender de las experiencias de otras Iglesias, compartir también lo que nosotros vamos haciendo en Paraguay y seguir entrelazando nuestros esfuerzos. Su presencia y sus aportes nos ayudan a volver a encender y hacer crecer la llama de nuestro compromiso, para no cansarnos ni bajar los brazos y seguir formándonos como verdaderos agentes de prevención y del cuidado. Nuestra red no termina en nuestras diócesis ni en las fronteras de nuestro país: podemos seguir tejiéndola con toda la Iglesia de América Latina y el Caribe.

15. Esa llama no puede quedar encendida solamente aquí. Cada uno debe llevarla consigo a su diócesis, parroquia, comunidad, seminario, institución educativa, movimiento y familia. Que podamos transmitir lo que hemos visto y oído, no solamente con palabras, sino con nuestra manera de tratar, escuchar, acompañar y cuidar a los demás.

16. El salmo de hoy nos hace pedir: «Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo» (Sal 118[119],135). Que el rostro del Señor brille también a través de una Iglesia que sabe cuidar: donde quien sufre encuentre escucha; quien pide ayuda encuentre acogida; los pequeños encuentren protección; y las heridas sean atendidas con verdad, justicia, cercanía y misericordia.

17. Volvemos entonces como aquellos setenta y dos: con alegría y enviados nuevamente. Que podamos decir, como Job: «Ahora te han visto mis ojos»; y escuchar de Jesús: «Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis». Que el Señor nos conceda ojos para ver, oídos para escuchar y un corazón dispuesto a cuidar. Y que aquello que hemos visto y oído durante estos días sepamos transmitirlo y hacerlo vida. Así seguiremos tejiendo redes por el bien común, para ser cada día más una Iglesia que cuida.

Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo de Asunción

3 de octubre de 2026