HOMILÍA – SAN FRANCISCO DE ASÍS
800 años de su Tránsito (1226-2026)
1. Queridos hermanos y hermanas: hoy domingo celebramos con profunda alegría a san Francisco de Asís, y lo hacemos en este año especial en que recordamos los 800 años de su Tránsito, de su partida al cielo en 1226. Ocho siglos han pasado y, sin embargo, Francisco continúa hablando al corazón de la Iglesia y del mundo.
2. La Palabra de Dios nos presenta hoy una imagen muy hermosa: la viña. El profeta Isaías nos dice que el Señor plantó su viña en tierra fértil, removió la tierra, quitó las piedras, escogió buenas cepas, construyó una torre y preparó el lagar. Hizo todo lo necesario y esperaba buenos frutos (Is 5,1-7). El salmo de hoy retoma la misma imagen: «La viña del Señor es la casa de Israel» (Sal 79 [80],9.12-16.19-20). Podríamos mirar la vida de Francisco desde esta imagen. Dios también cultivó la viña de su corazón.
3. Francisco, en su juventud, llevaba una vida bastante superficial. Le gustaban las fiestas, la buena vida, el reconocimiento, y soñaba con grandes aventuras y con alcanzar gloria. Pero Dios fue entrando poco a poco en su historia. Su conversión no ocurrió de golpe. Hubo fracasos, enfermedad, silencio, búsqueda, oración y encuentros que fueron cambiando su corazón. A medida que avanzaba ese camino, Francisco sentía cada vez con más fuerza que Dios le pedía algo. En la pequeña iglesia de San Damián, estando en oración ante el Crucifijo, escuchó aquella llamada: «Francisco, ve y repara mi casa». Al principio la entendió de manera concreta: aquel edificio estaba en ruinas y había que reconstruirlo. Y se puso a trabajar con sus propias manos. Con el tiempo comprendió que aquella llamada llegaba mucho más lejos: Dios quería servirse de su vida para renovar a su pueblo desde la sencillez y la fuerza del Evangelio. Pero había algo que ya estaba sucediendo: mientras Francisco levantaba aquellas paredes, Dios estaba reconstruyendo su corazón.
4. Uno de los encuentros que transformaron su vida fue con los leprosos. Francisco mismo recordaría después que aquello que antes le resultaba amargo se convirtió para él en dulzura. Comenzó a mirar de otra manera al pobre, al enfermo, al que estaba al costado del camino. Dios le estaba enseñando a mirar con los ojos de Jesús. Y aquí encontramos una de las grandes enseñanzas de Francisco: la verdadera renovación comienza por dentro. Antes de pretender transformar a los demás, debemos permitir que Dios nos transforme a nosotros. Francisco comenzó dejándose encontrar y cambiar por Cristo, y desde esa experiencia nació toda la fecundidad de su vida.
5. Francisco vivió en un tiempo en que la Iglesia necesitaba renovación. Había riquezas, poder y formas de vida que podían oscurecer la sencillez del Evangelio. Pero él no se colocó fuera de la Iglesia para juzgarla, ni hizo de la denuncia el centro de su misión. Su respuesta fue vivir el Evangelio con radicalidad. La pobreza, la fraternidad, la cercanía a los últimos y la paz se convirtieron en su manera concreta de anunciar a Jesucristo.
6. No todo fue comprendido inmediatamente. Su manera de vivir, su pobreza y aquella nueva fraternidad que comenzaba a crecer podían resultar extrañas y despertar desconfianza. Francisco tuvo que presentar ante la autoridad eclesiástica aquella forma de vida que sentía inspirada por Dios y someterla a su discernimiento. Aquí encontramos una hermosa relación con la parábola de los viñadores homicidas del Evangelio según san Mateo (Mt 21,33-43). Dios sigue enviando trabajadores y servidores a su viña y, algunas veces, esos enviados incomodan porque con su propia vida nos recuerdan aquello que habíamos olvidado. Francisco fue uno de esos hombres enviados providencialmente por Dios para recordar a la Iglesia la frescura del Evangelio.
7. Y quiso realizar su misión dentro de la Iglesia católica y en comunión con el Papa. No respondió a las incomprensiones rompiendo la comunión ni creando una Iglesia a su medida. Amó a la Iglesia, respetó a sus pastores y acudió al Papa para presentar aquella forma de vida que había nacido de su encuentro con Cristo. Francisco nos enseña así que el amor a la Iglesia incluye también el deseo de verla cada día más fiel a Jesucristo y a su Evangelio.
8. Se conserva aquella hermosa tradición según la cual el papa Inocencio III vio en sueños la basílica de San Juan de Letrán inclinándose como si fuera a caer, mientras un hombre pobre y pequeño la sostenía sobre sus hombros. Reconocería después en Francisco a aquel hombre. Es una imagen que resume muy bien su misión: un hombre pequeño, pobre y despojado que, con la fuerza de su testimonio, ayudaba a sostener a la Iglesia.
9. Francisco fue, sobre todo, un testigo de Cristo. Hizo vida aquello que san Pablo decía: «Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1 Co 11,1). Francisco no quiso solamente hablar de Jesús. Quiso vivir como Él, amar como Él, servir como Él y compartir también sus sufrimientos. El Evangelio dejó de ser solamente un libro para convertirse en su manera de vivir. Muchas veces Francisco no necesitaba grandes discursos: su propia vida hablaba de Cristo.
10. También descubrió la presencia de Dios en la creación. El sol y la luna, el agua y el fuego, la tierra, las flores y los animales se convirtieron para él en hermanos y hermanas porque todos procedían del mismo Creador. Su amor a la naturaleza no era simplemente admiración por su belleza: era una mirada de fe que descubría en la creación la huella y la bondad de Dios.
11. Pero el centro de Francisco siempre fue Cristo. El Evangelio de hoy, Mateo 21,33-43, nos recuerda: «La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular» (Mt 21,42; cf. Sal 117 [118],22-23). Esa piedra es Jesucristo. Y Francisco quiso colocar toda su existencia sobre esa piedra. Cristo fue el fundamento de su vida.
12. Cuando Francisco llegó al monte Alvernia, La Verna, en 1224, atravesaba también uno de los momentos más oscuros y dolorosos de su vida. Su salud estaba cada vez más quebrantada. Había dejado el gobierno directo de la fraternidad que él mismo había iniciado y sufría por las tensiones que habían aparecido entre sus hermanos acerca de la manera de vivir el Evangelio. Aquel proyecto que había nacido con tanta alegría también le producía sufrimiento. Francisco llegó a La Verna llevando heridas que no se veían en su cuerpo: cansancio, incomprensiones, preocupaciones y preguntas profundas.
13. Y precisamente en ese momento oscuro buscó nuevamente el silencio y la oración. Se retiró para hacer un tiempo de ayuno y encuentro con Dios. No huyó de sus heridas: las llevó delante del Señor. Allí, mientras meditaba la Pasión de Cristo, tuvo la visión del Crucificado bajo la figura de un serafín y recibió en su cuerpo los estigmas, las señales de las llagas de Jesús en las manos, los pies y el costado. Francisco llegó a La Verna con sus propias heridas y salió llevando las heridas de Cristo. Sus sufrimientos no desaparecieron, pero quedaron unidos al sufrimiento de Jesús. Podemos recordar aquí las palabras de san Pablo: «Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús» (Ga 6,17). Francisco llevaba esas marcas en su cuerpo, pero mucho antes las había llevado en su corazón y en su manera de vivir. La oscuridad no tuvo la última palabra: en medio de aquel momento difícil volvió a encontrar su centro en Jesucristo crucificado.
14. También la Porciúncula, aquella pequeña iglesia dedicada a Santa María de los Ángeles, ocupa un lugar entrañable en su historia. Francisco la reparó con sus propias manos. Allí fue creciendo la fraternidad de los primeros hermanos y allí quiso regresar cuando sintió cercana su muerte. En aquel lugar pobre y sencillo terminó su camino terreno quien había elegido la pobreza y la sencillez como camino para seguir a Jesús. Y así volvemos a la imagen de la viña: Francisco fue una viña cultivada por Dios y, al mismo tiempo, un trabajador de la viña del Señor. Donde encontraba pobreza, sembraba fraternidad; donde encontraba violencia, llevaba paz; donde encontraba personas heridas, se acercaba; donde encontraba divisiones, buscaba reconciliación; y en toda la creación descubría la obra maravillosa del Padre.
15. Por eso podemos decir que Francisco produjo aquellos buenos frutos que Dios esperaba de su viña. Y aquí parecen escritas también para él las palabras que escuchamos hoy en la carta de san Pablo a los Filipenses (Flp 4,6-9): «Aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio. Pongan por obra cuanto han aprendido y recibido de mí, todo lo que yo he dicho y me han visto hacer; y el Dios de la paz estará con ustedes» (Flp 4,8-9). Francisco no solamente escuchó el Evangelio: lo puso por obra. Buscó lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro y lo amable; y por eso llegó a ser también un hombre de paz.
16. Y después de ochocientos años, su vida nos deja una pregunta: ¿qué frutos estamos dando nosotros en la viña que Dios nos ha confiado? También nosotros hemos sido cuidados por Dios y hemos recibido dones, oportunidades, personas, una comunidad, una Iglesia y una misión. Resuena aquí también la aclamación del Evangelio: «Yo los he elegido del mundo para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca» (cf. Jn 15,16). Francisco nos señala un camino sencillo: dejemos primero que Dios transforme nuestro corazón. Volvamos a Cristo y al Evangelio. Miremos nuevamente al pobre, al enfermo, al que sufre, al que necesita reconciliación y esperanza. Y preguntémonos no solamente qué deberían hacer los demás, sino qué fruto espera hoy Dios de mí.
17. Pongamos nuestra vida sobre la única piedra que puede sostener verdaderamente la construcción: Jesucristo, la piedra angular (Mt 21,42). San Francisco sigue diciéndonos después de ocho siglos que es posible vivir el Evangelio con sencillez y alegría; que es posible vencer el mal haciendo el bien; que es posible llevar paz donde existen enfrentamientos; y que una vida verdaderamente convertida puede convertirse también en una bendición para los demás. Que el Señor, por intercesión de san Francisco de Asís, transforme nuestro corazón, nos haga buenos trabajadores de su viña y nos conceda producir frutos de justicia, fraternidad, reconciliación y paz.
18. Y que podamos hacer nuestra aquella sencilla oración que expresa tan bien el espíritu franciscano:
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, que yo lleve amor;
donde haya ofensa, perdón;
donde haya discordia, unión;
donde haya desesperación, esperanza;
donde haya tinieblas, luz.
19. Y hoy, en esta jornada cívica de elecciones de intendentes y concejales en nuestras respectivas jurisdicciones, animamos a todos los ciudadanos que están habilitados para votar a que ejerzan su derecho y cumplan con este deber cívico. Que lo hagan con libertad, responsabilidad y respeto, pensando no solamente en intereses particulares, sino en el bien común de nuestras comunidades y de nuestro querido Paraguay.
San Francisco de Asís, ruega por nosotros. Amén.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo de Asunción
4 de octubre de 2026
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