HOMILÍA – BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA DEL ROSARIO
7 de octubre de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
- ¡Qué gusto estar nuevamente en Luque! Dicen que cuando un luqueño se va de Luque, sea adonde sea que vaya, lleva siempre a Luque en el corazón. Y no tarda mucho en contar de dónde viene: con orgullo dice que es luqueño. Y si nadie le pregunta… ¡igual encuentra la ocasión para decirlo! Porque el luqueño quiere a su ciudad, a su gente, a sus tradiciones y también a su Madre. Por eso hoy nos encontramos como una gran familia alrededor de Nuestra Señora del Rosario, para decirle con cariño: ¡Feliz día, Madre! Aquí estamos tus hijos.
- La primera lectura (Hechos 1,12-14) nos cuenta y nos regala una bella imagen de la Iglesia naciente: los apóstoles están reunidos, íntimamente unidos, dedicados a la oración, y María, la Madre de Jesús, está con ellos. Jesús había ascendido al cielo. Los discípulos podían sentirse solos y desconcertados, sin saber muy bien qué vendría después. Pero allí estaba María, acompañándolos y rezando con ellos. Así comienza su camino la Iglesia: reunida en oración, con María en medio de sus hijos.
- Y esta escena de los apóstoles reunidos con María se hace presente también hoy en este Santuario. Nosotros somos ahora esos hijos que se reúnen alrededor de la Madre para orar y, con ella, volver la mirada hacia Jesús. Pero esta experiencia no puede quedar solamente aquí: estamos llamados a hacer también de nuestros hogares pequeños santuarios, lugares donde la familia se reúne para orar, donde se invoca a María, se escucha la Palabra de Dios y se aprende a vivir en paz. Que en nuestras casas haya un lugar y, sobre todo, un tiempo para Dios y para la oración en familia. Porque María nunca se queda con nuestra mirada: siempre nos conduce a su Hijo. Y eso hacemos al rezar el Rosario: tomados de la mano de María, contemplamos los misterios de la vida de Jesús y aprendemos de Él a vivir nuestra propia vida.
- El Evangelio de hoy (Lucas 1,26-38) nos hace entrar en la casa de Nazaret. Allí comienza algo nuevo: Dios se acerca a María y le confía una misión que cambiará la historia. El ángel Gabriel la saluda: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». María se sorprende, pregunta, escucha y abre su corazón. No comprende todavía todo lo que vendrá, pero confía en Dios y pronuncia aquel «sí» que acompañará toda su vida: «Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra». En ese «sí» comienza también el camino de María junto a Jesús: desde Nazaret hasta la cruz, y desde la cruz hasta la alegría de la Resurrección.
- Qué hermoso sería que cada Ave María que rezamos nos ayudara también a decir nuestro propio «sí» a Dios. Porque no basta llevar el Rosario en el bolsillo, colgarlo en el automóvil o tenerlo junto a nuestra cama. El Rosario tiene que pasar de las manos al corazón y del corazón a la vida. El cántico de María, que hoy proclamamos como salmo (Lucas 1,46-55), nos muestra que su oración no estaba separada de la realidad. Quien reza de verdad no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de sus hermanos.
- En este mes de octubre, mes del Rosario, queremos unirnos también a la oración del Santo Padre por la paz. Hace pocos días conocimos la dolorosa muerte de Maysa y Mary, madre e hija, cristianas palestinas de la comunidad de Gaza. Ellas eran civiles y estaban durmiendo en su hogar cuando ocurrió el ataque que les quitó la vida. Junto con ellas murieron también otras personas. No estaban combatiendo: eran personas que querían vivir, como tantas familias que, en medio de una guerra, solamente desean sobrevivir y alcanzar la paz.
- Al conocer esta dolorosa noticia, el papa León XIV escribió al padre Gabriel Romanelli, párroco de la Sagrada Familia de Gaza: «Buenos días, padre Gabriel. Desde que me enteré de la dolorosa noticia de la muerte de Maysa y Mary, rezo a Dios por ellas, por sus familias y por toda la comunidad de Gaza. ¿Hasta cuándo, Señor? Gracias por acompañar a la parroquia y a tantas personas que desean vivir en paz. Bendiciones, un abrazo afectuoso».
El padre Gabriel, misionero argentino que acompaña a aquella comunidad, expresó cuánto los había conmovido la cercanía del Santo Padre y especialmente su sensibilidad pastoral: el Papa no habló simplemente de víctimas; las llamó por sus nombres, rezó por ellas, por sus familias y por toda la comunidad. Y el padre Gabriel recordó una realidad que duele profundamente: todos eran civiles que dormían en sus hogares.
- Aquí hay algo que no podemos olvidar: las víctimas tienen rostro. El dolor tiene rostro de personas. Tienen nombre, familia, afectos, sueños y una historia. No podemos acostumbrarnos a hablar de seres humanos simplemente como cifras o como «daños colaterales». Una madre que muere no es un daño colateral. Un niño que queda huérfano no es un daño colateral. Una familia destruida no es un daño colateral. Son seres humanos. Son nuestros hermanos.
Y esto no vale solamente para Medio Oriente. Vale para cada guerra, para cada pueblo y para cada lugar donde la violencia destruye vidas humanas. La guerra puede comenzar y después crecer como un monstruo cada vez más grande, alimentándose del odio, de la venganza y de nuevas muertes. Por eso hacemos nuestra aquella oración del Papa: «¿Hasta cuándo, Señor?»
- Y ese «¿hasta cuándo?», tantas las heridas de nuestra humanidad y tantas las espinas que siguen clavándose en la corona de Cristo. ¿Hasta cuándo el tráfico de niños y la trata de personas? ¿Hasta cuándo el microtráfico y el macrotráfico de drogas que destruyen a nuestros jóvenes y a sus familias? ¿Hasta cuándo los asesinatos, los homicidios y los feminicidios que arrebatan la vida de tantas mujeres? ¿Hasta cuándo la muerte de vidas inocentes en el vientre de sus madres? ¿Hasta cuándo los atentados contra la vida y la dignidad humana? ¿Hasta cuándo, Señor?
- Uno de los misterios dolorosos del Rosario nos hace contemplar a Jesús coronado de espinas, humillado y golpeado: «Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza… y le daban bofetadas» (Juan 19,2-3).
También hoy son muchas las espinas que siguen clavándose. La desfiguración del rostro de Cristo la vemos en los dolores que causamos o que otros causan con el pecado. Ocurre en las discordias dentro de nuestras familias, en nuestros grupos y también dentro de la misma Iglesia. Están los celos punzantes, la envidia, las habladurías, las difamaciones y las palabras que hieren.
También podemos convertir las redes sociales en verdaderas redes de muerte, cuando detrás de una pantalla se descalifica, se humilla o se destruye el buen nombre de una persona simplemente porque piensa distinto o no coincide con nuestro modo de pensar. El pecado desfigura; el amor restaura el rostro del hermano.
- Y entonces miramos a María y le preguntamos: ¿Hasta cuándo, Madre, estaremos contigo al pie de la cruz, viendo desfigurado el rostro de tu Hijo por tantos golpes y por nuestros pecados?
María conoce las lágrimas de las madres. Conoce lo que significa permanecer de pie cuando parece que todo se derrumba. El Evangelio nos dice que estaba junto a la cruz de Jesús (Juan 19,25-27). Por eso esta pregunta también debe volverse hacia nosotros: ¿qué espinas estoy clavando yo? ¿Qué heridas estoy causando con mis palabras, mis actitudes, mis indiferencias o mis pecados?
- Pero María tenía los ojos empapados de lágrimas y, sin embargo, en esos mismos ojos permanecía una luz de esperanza. El dolor no apagó su fe. La cruz no consiguió borrar de su corazón las palabras que había escuchado tantos años antes en Nazaret: «No hay nada imposible para Dios» (Lucas 1,37).
Y aquí pasamos de los misterios dolorosos a los misterios gozosos. El primero nos lleva justamente al Evangelio que hemos escuchado hoy: la Anunciación (Lucas 1,26-38). María no sabía todo lo que vendría; no conocía todavía todos los caminos que tendría que recorrer, pero se puso enteramente en las manos de Dios y respondió: «Que se haga en mí según tu Palabra».
- Esa es la esperanza que debe movernos en todas las situaciones de nuestra vida. Esperanza no significa cerrar los ojos ante los problemas. María no cerró los ojos ante la cruz. Esperar cristianamente es mirar de frente la realidad, incluso cuando duele, y seguir creyendo que Dios puede abrir caminos nuevos donde nosotros solamente vemos dificultades.
- Esa esperanza debe acompañar también a esta querida porción del Pueblo de Dios y a toda nuestra Arquidiócesis, una gran familia de cerca de dos millones de habitantes, que ponemos bajo el cuidado maternal de María. Próximamente contaremos con una presencia pastoral más cercana a través del nuevo obispo auxiliar de Asunción, Mons. Gabriel Escobar. Él ha mostrado una gran disponibilidad para trabajar y acompañar especialmente a las comunidades de este sector de nuestra Arquidiócesis. Su presencia será una ayuda para caminar más cerca de nuestro pueblo, fortalecer la comunión y seguir construyendo una Iglesia que escucha, acompaña y sirve.
- Y esta esperanza debe llevarnos también a ser constructores de una sociedad más justa, fraterna y equitativa. Recordamos especialmente a los intendentes y concejales de nuestras ciudades, recientemente electos, que están llamados a trabajar por el bien común, atendiendo con particular cuidado las necesidades de los sectores más vulnerables. Fueron elegidos para ser servidores del bien común. Hay muchas familias que esperan respuestas concretas, especialmente en nuestros territorios sociales, donde existen legajos y trámites que necesitan ser agilizados para avanzar hacia la titulación de las tierras, el acceso a los servicios básicos y una mejor calidad de vida. ¡Manos a la obra! Que nuestra Ciudad luqueña, como los otros municipios sean santuarios de justicia y equidad social. Que autoridades, instituciones y ciudadanía podamos trabajar juntos, dejando de lado intereses particulares, para promover siempre el desarrollo humano integral de nuestra sociedad, poniendo en el centro la dignidad de cada persona, de nuestros barrios y de cada familia.
- Y hay todavía otro misterio del Rosario que hoy se hace realidad delante de nosotros. Entre los misterios luminosos, el quinto nos lleva a la institución de la Eucaristía. Jesús tomó el pan y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes» (Lucas 22,19). María nos ha acompañado contemplando a su Hijo en el gozo y en el dolor, y ahora nos conduce nuevamente hacia Él, presente en la Eucaristía.
- Dentro de unos momentos, cuando nos acerquemos a recibir la Eucaristía, llevemos con nosotros nuestros dolores y esperanzas, nuestras familias, nuestros jóvenes, las víctimas de la violencia y quienes sufren las guerras. Recibimos a Cristo para parecernos más a Cristo. Y quien recibe el Cuerpo del Señor está llamado también a reconocer y cuidar su cuerpo herido en cada hermano.
- Y hoy, en esta primavera, queremos ofrecerte también algo, Madre. Frente a aquella corona de espinas que desfiguró el rostro de tu Hijo, nosotros queremos ofrecerte otra corona: una corona de hijos que viven en concordia. Hijos que saben encontrarse, perdonarse, respetarse aun cuando piensan distinto; hijos que no se difaman ni se destruyen unos a otros; hijos que construyen fraternidad y paz.
- Que esa sea nuestra mejor ofrenda en esta primavera de vida y primavera de esperanza. Cada uno de nosotros puede ser como una cuenta de ese Rosario vivo que queremos ofrecerte. Que nuestra corona no sea de espinas, Madre, sino una corona de hijos unidos. Una corona hecha de nuestras familias reconciliadas, de nuestros jóvenes llenos de esperanza, de nuestras comunidades unidas y de una Iglesia que sabe caminar en comunión.
- Nuestra Señora del Rosario, hoy queremos coronarte con nuestra propia vida. Haz de nosotros un Rosario vivo: muchos hijos, distintos unos de otros, pero unidos por la misma fe, por el mismo amor a tu Hijo y por el deseo de vivir como hermanos. Que esa sea la corona más hermosa que podamos ofrecerte.
Nuestra Señora del Rosario, Madre de la esperanza y Reina de la Paz, ruega por nosotros. Amén.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo de Asunción
7 de octubre de 2026
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