Homilía para la Confirmación parroquia San Rafael
Vigilia de la solemnidad de Todos los Santos — 31 de octubre de 2026
Lecturas: Apocalipsis 7,2-4.9-14; Salmo 23(24),1-2.3-4ab.5-6; 1 Juan 3,1-3; Mateo 5,1-12a
- Al ver a estos jóvenes con sus mejores atuendos, vestidos y trajes, alguno podría pensar que estamos en una fiesta de gala. Y algo de eso hay, y mucho más todavía: celebramos la Eucaristía y la Confirmación; es también la fiesta de la familia, es vuestra fiesta, porque hoy el Señor los recibe con los brazos abiertos. Estamos en la vigilia de Todos los Santos y ustedes vienen también a comprometerse con el Señor en este sacramento, dejándose guiar por el Espíritu Santo y llamados a ser testigos de Jesús. Hoy quieren mostrar su mejor pinta y su mejor rostro; que también puedan mostrarlo con la vida que llevan.
- El papa Francisco dijo que «la santidad es el rostro más bello de la Iglesia» (Gaudete et exsultate, n. 9). Ese rostro se ve en personas concretas: en quien escucha y acompaña, en quien perdona, sirve y se acerca a quien sufre. Lo vemos en los santos y también en tantos hombres y mujeres que, con sencillez, procuran vivir el Evangelio cada día. Y ustedes también hoy quieren mostrar ese rostro, que se irá iluminando con los dones del Espíritu Santo que reciben en la Confirmación.
- Pero también vemos rostros heridos y ensombrecidos: por la violencia, el egoísmo, la mentira y la indiferencia; rostros con lágrimas, como los de tantos jóvenes que sufren y están marcados por las adicciones; rostros oscurecidos por las penas y las dificultades. Son también rostros en los que podemos reconocer al Cristo crucificado: en quienes sufren las guerras y los conflictos del mundo, y en quienes, abrumados por el dolor, llegan a quitarse la vida. Ante tanto sufrimiento, no debemos juzgar ni dar la espalda. Necesitamos escuchar, acompañar y tender la mano. La adicción y el dolor no quitan a nadie su dignidad ni el amor que Dios le tiene.
- La primera lectura nos presenta una muchedumbre inmensa, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante de Dios y del Cordero (Apocalipsis 7,2-4.9-14). Antes de esa visión, Juan escucha que los servidores de Dios son marcados con su sello. Hoy, en la Confirmación, ustedes recibirán el sello del Espíritu Santo. No es una marca visible en la piel: nos recuerda que pertenecemos a Dios y que estamos llamados a vivir con verdad, cuidar la dignidad de los demás y elegir el bien.
- San Juan nos recuerda que somos hijos de Dios y que el Padre nos ama (1 Juan 3,1-3). El valor de cada uno no depende de las apariencias, de las opiniones ajenas ni de cuántos «me gusta» recibe. Carlo Acutis decía: «Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias». Ser auténticos es reconocer que Dios nos creó únicos y vivir con verdad, sin fingir ni construir un personaje solo para conseguir aprobación.
- En las redes se habla de farmear aura: hacer o mostrar algo para ganar prestigio o causar admiración. La pregunta es si compartimos algo con sencillez y verdad o si aparentamos ser alguien que no somos. También debemos usar con responsabilidad la inteligencia artificial y verificar lo que vemos y compartimos, para no manipular imágenes o voces ni engañar a los demás. El sello del Espíritu nos llama a ser coherentes: que lo que mostramos se parezca a lo que vivimos.
- En el Evangelio, Jesús nos muestra el camino de la santidad en las bienaventuranzas (Mateo 5,1-12a). Dichosos los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los limpios de corazón, los que tienen hambre y sed de justicia. Las bienaventuranzas nos muestran cómo vivir; los dones del Espíritu Santo nos ayudan a hacerlo.
- La Confirmación se celebra dentro de la Eucaristía. Jesús no solo nos dice que nos ama: se nos da en su Cuerpo y en su Sangre, y alimenta nuestra vida. San Carlo Acutis decía que la Eucaristía era su «autopista hacia el cielo». En medio de tantas propuestas y caminos que pueden hacernos perder el rumbo, Jesús nos señala el camino que da sentido a la vida. El Espíritu Santo nos fortalece para seguirlo.
- La alegría también es un fruto del Espíritu Santo. No significa que todo será fácil, sino que sabemos que Dios está con nosotros y nos sostiene. La vemos en jóvenes como Chiquitunga, que desde pequeña se entregó al servicio de los pobres y los enfermos; en san Pier Giorgio Frassati, que compartía con los necesitados; y en san Carlo Acutis, que destinaba parte de sus ahorros a ayudar a personas sin hogar. En ellos, la alegría de saberse amados por Dios se convirtió en amor concreto al prójimo.
- Hay sufrimientos que a veces no se ven. Cuando alguien pide atención o busca abrir su corazón, no lo desoigamos ni restemos importancia a lo que vive. Escuchar con paciencia y cariño puede ayudar a que nadie tenga que cargar solo con sus preocupaciones. San Pablo nos invita a alegrarnos con quienes están alegres y a llorar con quienes lloran; así el Espíritu nos enseña a mirar y acompañar (Romanos 12,15).
- Mañana celebraremos a Todos los Santos. Ellos nos muestran que la santidad se vive en las circunstancias de cada día: en la familia, en el colegio, con los amigos y también en las redes. Queridos confirmandos, reciban con fe el sello del Espíritu Santo. Que Él los ayude a mostrar, cada día, el rostro de Jesús: un rostro que acoge, escucha, perdona y ama. Que María los acompañe y los ayude a vivir con alegría y generosidad la misión que hoy reciben. Amén.
Asunción, 31 de octubre de 2026
Card. Adalberto Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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