1. Hermanas y hermanos: en una misa, un pa’i preguntó a los feligreses: «A ver, levante la mano todo el que quiera ir al cielo». Casi todos levantaron la mano. El sacerdote vio que una señora no lo había hecho y le preguntó: «¿Y usted por qué no quiere ir al cielo?». Ella respondió: «Sí, Padre, yo me quiero ir; pero este viaje ya está muy lleno. Me voy en el próximo». Nos hace sonreír, pero también pensar en el cielo y en quienes ya llegaron.
  2. Los santos no fueron perfectos desde el comienzo. También tuvieron defectos, dificultades y momentos de lucha. Los acompañó la gracia de Dios, que los ayudó a levantarse y a seguir adelante. Esa misma gracia nos acompaña a nosotros, porque todos estamos llamados a la santidad. Jesús nos dice: «Sean perfectos, como es perfecto el Padre que está en el cielo» (Mt 5,48). No es una invitación a creernos impecables, sino a dejarnos transformar por el amor de Dios y a vivir cada día más cerca de Él.
  3. Hoy estamos vestidos de gala en esta parroquia San Pedro y San Pablo. Sus santos patronos son dos grandes columnas de la Iglesia, pero también fueron hombres de carne y hueso, con miedos y momentos de debilidad. Pedro negó a Jesús, pero, después de la Resurrección, el Señor le confió el cuidado de sus ovejas (Jn 21,15-19). Una antigua tradición cuenta que, mientras huía de Roma durante la persecución, Pedro se encontró con Jesús y le preguntó: «Domine, quo vadis?» («Señor, ¿adónde vas?»). Jesús le respondió que iba a Roma para ser crucificado de nuevo. Entonces Pedro comprendió que debía regresar y afrontar el martirio. Pablo también conoció sus propias limitaciones: habló de una «espina clavada en la carne» y pidió al Señor que se la quitara. Pero el Señor le respondió: «Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad» (2 Cor 12,7-9). Pablo confió en esa gracia y entregó su vida por anunciar a Cristo. En sus cartas proclamó la esperanza en la resurrección: «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe» (1 Cor 15,14). Pedro y Pablo vivieron las bienaventuranzas confiando en el Señor, incluso en medio del miedo, la persecución y la muerte.
  4. Cuando Jesús repite «dichosos», no se limita a describir a los santos: también nos llama a vivir como ellos, siguiendo el camino de las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). María Felicia de Jesús Sacramentado, nuestra querida Chiquitunga, vivió con profunda confianza en Dios y una entrega generosa a los demás. San Roque González de Santa Cruz puso su vida al servicio del Evangelio y de los pueblos indígenas. Santo Tomás Moro procuró vivir con rectitud y fidelidad a su conciencia, aun en circunstancias difíciles. San Juan Pablo II fue un incansable defensor de la paz y de la dignidad humana. Con sus palabras y su apoyo a la solidaridad y a los cambios pacíficos, contribuyó a abrir caminos de libertad y a derribar divisiones en Europa, entre ellas el Muro de Berlín. Sus vidas, tan distintas, nos ayudan a comprender que las bienaventuranzas se viven en la misericordia, la justicia, la paz y la fidelidad a Dios.
  5. San Juan nos recuerda: «Ahora somos hijos de Dios» y, cuando Cristo se manifieste, «seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). La santidad comienza ya en esta vida. Dios nos hace sus hijos e hijas y nos invita a parecernos cada vez más a Jesús.
  6. San Luis IX, rey de Francia, procuró vivir esa vocación. Se cuenta que, al hablar de su Bautismo en Poissy y de su coronación en Reims, valoraba más haber sido hecho hijo de Dios que haber recibido la corona de un reino temporal. Vivió en la época de san Francisco y admiró su camino de sencillez y entrega. Como rey, entendió que el poder debía estar al servicio de su pueblo: quiso servir a sus súbditos, no servirse del poder. Se preocupó por los pobres, procuró administrar justicia y atender las necesidades de su reino. Su ejemplo nos ayuda a comprender que ser hijos de Dios se expresa también en el servicio y en el cuidado de los demás.
  7. El Bautismo nos da una dignidad que no depende de los cargos ni de los honores: nos hace hijos e hijas de Dios y herederos de su gracia. ¡Qué motivo para vivir agradecidos y orgullosos de ser bautizados y de pertenecer a la Iglesia de Cristo! No como motivo de superioridad, sino como una responsabilidad: cuidar este don, vivir unidos a Jesús y dar testimonio de su Evangelio. Esta tarde también tendremos la alegría de celebrar el Bautismo de algunas personas. Me alegra mucho que podamos administrar este sacramento tan importante e incorporarlas a la Iglesia. En esta celebración invocaremos a todos los santos y les pediremos que rueguen por quienes reciben el Bautismo, por sus familias y por toda nuestra comunidad.
  8. San Pablo compara la vida cristiana con una carrera y nos anima a perseverar (1 Cor 9,24-25). No corremos solos. La gracia de Dios nos acompaña, y la comunidad nos sostiene. Los santos también conocieron cansancios y caídas, pero confiaron en el Señor y siguieron caminando.
  9. En la primera lectura contemplamos una muchedumbre inmensa, de todas las naciones, pueblos y lenguas, de pie ante el trono de Dios y del Cordero (Ap 7,9). Esa imagen nos enseña que la santidad no tiene un solo rostro ni una sola historia. Dios llama a personas distintas, y cada una puede responder desde su vida concreta.
  10. La solemnidad de Todos los Santos nos invita a mirar a quienes ya llegaron a la casa del Padre y a recordar que nosotros también estamos en camino hacia esa casa. Los santos nos muestran que es posible avanzar con la gracia de Dios, aun con nuestras dificultades. Cada uno puede dar pasos concretos: pedir perdón, reconciliarse, escuchar con paciencia, ayudar a quien lo necesita y cuidar la dignidad de los demás. Así seguimos a Cristo en el camino que conduce a la vida eterna.
  11. En este día, qué gracia tan grande es poder encomendarnos a todos los santos. En momentos importantes de la vida de la Iglesia cantamos las letanías, esa larga lista de hombres y mujeres de Dios a quienes pedimos: «Ruega por nosotros». Hoy los invocamos con confianza: que intercedan por nosotros y nos ayuden a seguir a Jesús en el camino de las bienaventuranzas.
  12. Queridos confirmandos: la primera lectura del Apocalipsis nos habla de los servidores de Dios marcados con su sello (Ap 7,2-4). Hoy, al recibir la Confirmación, ustedes también serán sellados con el don del Espíritu Santo. Ese sello los confirma en la gracia del Bautismo y les recuerda que son amados inmensamente por Dios. Son llamados a vivir como hijos e hijas suyos y a dar testimonio de ese amor con su vida.
  13. Pidamos que María, madre de Jesús y madre nuestra, acompañe a los confirmandos, a quienes reciben el Bautismo y a toda esta comunidad. Que san Pedro, san Pablo, san Roque González de Santa Cruz, María Felicia de Jesús Sacramentado, san Luis IX y todos los santos intercedan por nosotros y nos ayuden a caminar con Cristo, viviendo las bienaventuranzas, hasta llegar un día a la alegría del cielo.

1 de noviembre del 2026

Card. Adalberto Martínez Flores 

Arzobispo Metropolitano