Asunción, 29 de octubre del 2021

Homilía en la Clausura del Año Eucarístico en la Arquidiócesis de la Santísima Asunción

Queridos hermanos y hermanas

Hoy estamos concluyendo como Arquidiócesis, en unión a toda la Conferencia Episcopal, el año de la Eucaristía. Quiero comentar el evangelio proclamado acompañando sus tres momentos. De desorientación, de encuentro con Cristo y de anuncio a otros de la presencia del Resucitado, Jesucristo Nuestro Señor.

Con el lema “Lo reconocieron al partir el pan” la Iglesia en Paraguay celebró durante la pandemia, el Congreso Eucarístico Nacional. En esta celebración tomamos conciencia de la enorme gracia que Dios ha derramado en las comunidades cristianas, en nuestras parroquias, instituciones educativas, movimientos laicales.

La situación durante la pandemia. Nuestras preguntas llenas de angustia

También nosotros, como los discípulos de Emaús hemos hecho un largo camino durante la pandemia, conversando sobre todo lo ocurrido. Nuevas palabras hemos usado: Coronavirus, pandemia, confinamiento, cuarentena, contagio, mascarillas o tapabocas, distancia de seguridad, lavarse las manos, teletrabajo, virtual, hisopado, ivermectina, remdesivir, entubado, “vencí el coronavirus” “Quédate en casa”, entierro exprés…

¿Qué nos fuimos preguntando durante el camino? Sobre muchos temas hemos conversado, discutido, no entendíamos muy bien lo que pasaba, por qué nos sucedía, y como siempre, la pregunta religiosa “¿por qué Dios se enojó con la humanidad, y nos envió esta plaga?, ¿Para qué?… También nosotros, como los discípulos de Emaús no supimos reconocer a Jesús, quien también caminaba con nosotros. Pensábamos que la ciencia soluciona todo; con todo, seguíamos apreciando a los médicos como nuestros héroes. El gobierno tenía su plan de millones de dólares para la salud pública, que se usaría con transparencia y no habría, como suele suceder, desvíos de los fondos públicos. La falta de medicamentos, de hospitales, de terapias intensivas, exigían paciencia al pueblo con sus internados, desesperados en los pasillos de los hospitales… Pensábamos que duraría poco tiempo, que nadie moriría… Tantas cosas dispares hemos pensado durante el camino de la pandemia. Cómo es que nos suceden estas cosas, tan desagradables, tantos enfermos y miles de muertos… Ciertamente hemos vivido un tiempo de gran sufrimiento y de desconsuelo. Muchos se refugiaron en sus cosas, asustados por lo que sucedía.  Hubo depresión, suicidios, rupturas matrimoniales, enfermedades relacionadas a la salud mental. El dios dinero no servía, el virus aquejaba a ricos y pobres, a sanos y enfermos.

Durante el año de la Eucaristía la fe estuvo muy activa en el encuentro con Cristo

Sí, Jesucristo caminaba con nosotros… Nos habló en nuestras familias, en los encuentros formativos, en la escucha de la Palabra, en la meditación de los temas eucarísticos en los congresos parroquiales y arquidiocesano, y ahora, en el nacional.

¡Cuántas procesiones eucarísticas realizadas, por todo el territorio de cada parroquia, y también desde los helicópteros, la bendición del Señor y de María Santísima de la Asunción! Lo fuimos “reconociendo” en el Pan Eucarístico. Los sacerdotes y los diáconos salieron con el Santísimo Sacramento llevando por nuestras calles y casas la salud y la esperanza. Jesús se acercó a cada uno de nosotros. Nos animó, nos habló diciéndonos: “¡Qué poco entienden ustedes y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?”  

¿Qué aprendimos de tanto sufrimiento y precariedad? La respuesta, la da cada uno y cada familia. Como Iglesia, nos asimos a la oración, a los novenarios, a las procesiones eucarísticas, al rezo del santo rosario, a las misas virtuales, al uso de las redes sociales. Nos dedicamos a ayudar a quienes perdieron el trabajo.

La Pastoral de la Salud organizó la visita a enfermos, la procesión con el Santísimo Sacramento y celebración de la Misa en los hospitales, especialmente en IPS e INERAM.

Mientras que la Pastoral Social ofreció asistencia a enfermos del COVID, ollas populares en albergues, entrega de kits de alimentos y medicamentos.

Desde la Pastoral de Vida y Familia hemos organizado la misa de RÉQUIEM en memoria de todas las familias que no han podido hacer los ritos fúnebres para despedir a sus seres queridos en este tiempo de confinamiento, esto ha sido sin dudas, un gran consuelo para todos. La iniciativa fue replicada en todas las parroquias.

A nivel de iniciativas pastorales el pre congreso parroquial tuvo la participación de 48 Parroquias, en el marco de la solemnidad de Corpus Christi, con 1.500 personas aproximadamente. El Congreso Eucarístico Diocesano, realizado del 27 al 29 de agosto, con la celebración Eucarística de apertura en la Catedral Metropolitana, tuvo la participación de más de 1.500 personas en las 13 sedes (11 decanatos – los decanatos 9 y 10 hicieron en dos municipios cada uno).

En ambos congresos, se compartió momentos de oración, reflexión y celebración. Las catequesis eucarísticas, en ambos casos, se hicieron a partir de los documentos de la Iglesia. Hubo varios momentos de oración: rezo de la liturgia de las horas en comunidad; hora santa; celebración de la Santa Misa de apertura y clausura. Procesión con el Santísimo Sacramento por las calles de cada comunidad durante el pre congreso parroquial.

También es digno de mención lo que el Gobierno gestionó en tiempo de pandemia, como la construcción de nuevos pabellones en los hospitales, se duplicaron las camas de terapia intensiva, se consiguieron más medicamentos costosos para la lucha contra el COVID, aun así, todo eso no fue suficiente…Los contagios aumentaron, las muertes crearon luto y desconsuelo en miles de familias.

Como país, quisimos aprender a solucionar la reforma del Estado, de la educación, de la salud, de la economía. Existían grandes problemas morales, abusos y desvíos de los bienes del estado. Además, la brecha entre ricos y pobres era cada vez mayor. La economía estaba en crisis, la política estatal aseguró el salario de sus trabajadores, mientras que las empresas privadas y las escuelas católicas, entraron en crisis total, despidiendo a muchos de sus funcionarios e incluso dispuestas a cerrar. En el conjunto como país, hubo sí ayuda y subsidio a grupos vulnerables, pero como política de estado, aún no aprendimos los caminos de la justicia social. Cada uno se afrontó solo con sus problemas sociales y económicos. Estábamos a la deriva, sin trabajo, con problemas de tierra y de falta de techo, con creciente violencia y el narcotráfico que más aún creó estragos en la salud de la población de todos los niveles de vida.

En medio del sufrimiento, clamamos “quédate con nosotros Señor”

Aprendimos a tomar la cruz del sufrimiento, no con resignación, sino con propuestas positivas de bien, de alegría y de fraternidad. Así, en todo este tiempo, brilló la Eucaristía. Aparecieron muchos voluntarios y personas generosas dispuestas a ayudar. El Pan vivo bajado del cielo nos alimentó espiritualmente, nos dio la esperanza de una vida solidaria con quienes sufrían y morían. Las homilías interpretaban la situación, con la Palabra de Dios, la comunión a los enfermos y toda solidaridad entre la gente.

Las palabras de los discípulos de Emaús fueron también las nuestras: “Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día”. En el año de la Eucaristía, Jesús entró en todos los rincones de nuestras ciudades y municipios, pasó por nuestras plazas, nos visitó, nos alegró y nos alimentó. Se quedó con nosotros.

Cuántos sacerdotes repitieron el mandato de Jesús de la última cena, cuando instituyó la Eucaristía y el sacramento del sacerdocio. En el altar, tomaron el pan, pronunciaron la bendición, lo partieron a sus hermanos y hermanas. Han sido millones las familias que participaron a través de trasmisiones de la santa misa, se les abrieron los ojos, y reconocieron a Jesús eucarístico, “al partir el pan”, con la comunión espiritual.

Durante la pandemia, también a nosotros, se nos abrieron los ojos, por la presencia de Jesucristo en medio nuestro, expresada con tanta solidaridad en la oración y en las celebraciones. Las mismas palabras de los discípulos de Emaús hemos pronunciado: “¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”.

El año de la Eucaristía nos presenta tres desafíos pastorales de primera línea

El Sínodo de los Obispos, cuya apertura hemos comenzado el pasado 17 de octubre y seguiremos hasta fines de marzo del próximo año, con la “escucha, la cercanía y el discernimiento” organizando encuentros a nivel interno de la Iglesia como también abriendo el diálogo con la sociedad civil: el mundo de la política, la economía, la cultura y los medios de comunicación. Es un desafío que lo llevamos movidos por el Espíritu Santo, ubicando a la Iglesia como servidora de la sociedad, así como Jesucristo lo hizo en su tiempo con el pueblo de Israel. Queremos caminar juntos con la historia de nuestro pueblo paraguayo.

Hoy hemos iniciado el largo proceso de la causa de canonización del primer arzobispo, Mons. Juan Sinforiano Bogarín, paladín misionero de la reconstrucción moral del país después de la guerra grande y de las innumerables revoluciones de inicio del siglo pasado y la guerra del Chaco. Sobresale en sus virtudes heroicas de pastor, dando su vida por su gente humilde y pobre. Supo acompañar con sabiduría a su pueblo en todas las circunstancias, sobre todo, en las tragedias de violencias y odios entre hermanos, formando el clero y celebrando el sacramento del matrimonio, fomentando la familia y la educación, en todos los rincones visitados por él del Paraguay.

Ya disponemos del promotor, el Presbítero Padre Oscar Hermosilla, de la diócesis de Villarrica y experto en causas de los santos. Desde hoy, podremos llamar a Mons. Juan Sinforiano Bogarín con el título de “Siervo de Dios”. Sabemos que ya hay un presunto milagro realizado entre las dos parroquias de Ñandejara Guazú y San Blas. Una familia testimonia la asombrosa curación de su hija, por intercesión del Siervo de Dios, rezando la oración por su pronta beatificación.

Otro gran desafío es el laicado a quien se dedica el próximo año 2022. Los laicos están en el corazón de la Iglesia y en el corazón de la sociedad civil. Son portadores, por el bautismo, de la Buena Noticia que implanta el Reinado de Dios. Promotores, pues, de la verdad, el amor, la justicia, la paz y la santidad en el mundo de la familia y de las instituciones civiles.

Conclusión

Damos gracias, pues, a Dios por el cierre que hacemos del año de la Eucaristía y por todo lo bueno que hemos vivido en este tiempo de pandemia, a pesar de tantos sufrimientos y pruebas por las que como país hemos pasado.

Los desafíos pastorales, los ponemos bajo la iluminación del Espíritu Santo para que nos guíe y logremos los mejores frutos de evangelización para nuestro país. El Sínodo de Obispos nos invita a caminar juntos logrando fraternidad en la solidaridad y en las soluciones adecuadas para nuestra Iglesia y el país.

Rogamos que los bautizados que viven en la sociedad, llamados los laicos, sean firmes en la fe y la esperanza y el año que se les ofrece, desde la Conferencia Episcopal, les llene de innovaciones pastorales que, a su vez, combatan la pobreza, las injusticias sociales, la corrupción moral de la nación, con el evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, presente en su Iglesia católica, en los sacramentos y el mandato de la caridad.

Al iniciar el proceso de canonización, invoquemos la intercesión del Siervo de Dios, Mons. Juan Sinforiano Bogarín. Con su espíritu misionero y a ejemplo de su santidad sencilla y pastoral, construyamos un país más solidario, más justo, más abierto a Dios y a las necesidades de los pobres y excluidos. Esta es la oración que vamos dirigir a Nuestro Padre Dios, en el Espíritu Santo, por Jesucristo Nuestro Señor:

Oración de Petición

Por la canonización de Mons. Juan Sinforiano Bogarín

Dios Padre misericordioso, fuente de toda santidad. Que has enviado al Espíritu Santo a los discípulos y misioneros de Jesucristo. Concédenos que tu Siervo Juan Sinforiano Bogarín alcance la gracia de los Altares. Permítenos vivir conforme a la fuerza de sus enseñanzas, con la suavidad de su caridad pastoral. Por intercesión de Nuestra Señora de la Asunción, y por los méritos de Jesucristo Nuestro Señor.

 

+ Edmundo Valenzuela, sdb

Arzobispo metropolitano de la Santísima Asunción