Hermanas y hermanos:
Hoy la Iglesia nos invita a celebrar la memoria litúrgica de la Beata María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga.
El evangelio de Lucas, que nos propone hoy la liturgia, retrata con sentido de profecía la vida y la vocación de la Beata Chiquitunga: apostolado activo como laica y apostolado de la oración y contemplación en su vocación de vida consagrada en el Carmelo.
Santa Marta representa el apostolado activo, trabajo intenso, dedicación y servicio para el bienestar de Jesús, que las visita.
No es que Jesús desestima ni rechaza el esfuerzo de Marta para atenderlo. El servicio y la atención al otro, al prójimo, es central en nuestra vida de fe. El apostolado activo, la vida misionera, es un mandato del Señor: Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos y bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Es más, la promesa de vida eterna, nuestra salvación, depende de cómo hemos tratado y hemos servido al Señor en el prójimo: tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y en la cárcel y me visitaste, fui migrante y forastero y me acogiste… Vengan a mi derecha benditos de mi Padre, porque cada vez que hicieron eso con mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron (cfr. Mt 25, 31-40).
El apostolado laical de Chiquitunga asume esta dimensión fundamental de nuestra fe que es amar a Dios en el prójimo más necesitado. Chiquitunga asumió su compromiso laical desde niña, adolescente de Acción Católica, de las pequeñas, su apostolado, su formación catequética, su acercamiento a la Juventud Obrera Católica, su formación docente y lucha gremial, la defensa de la libertad de educación católica, la unión de los partidos políticos enfrentados, su sensibilidad política y social, su evangelización en barrio obrero con Saua, sus visitas a los hospitales y a la cárcel, así como a la gente sufriente por todo tipo de necesidades, el exilio de su padre, su espíritu de presencia en el mundo… su apostolado estaba basado en el método ver-juzgar-actuar, tan propio de nuestra Iglesia en América Latina.
El ejemplo Chiquitunga es una invitación a todos al compromiso social y político con el bien común del país. A trabajar con decisión y coraje por los cambios que se necesitan para construir una sociedad más justa, más humana y más cristiana.
Chiquitunga nos da ejemplo de que es posible -y hoy necesario- con la fuerza de Dios, vivir la vocación bautismal y apostólica, en medio de las mayores dificultades y contradicciones, difundiendo alegría, esperanza y paz.
Y esa misma Chiquitunga, la del apostolado activo y callejero, la de la acción católica, la del compromiso social y político, vio y sintió la necesidad de sentarse a los pies del Señor, escuchar su Palabra, y adorarlo en el silencio y en la contemplación, como María.
La Iglesia nos ha entregado el testimonio de vida de tantos santos que, desde el encierro en una vida de oración, también se contribuye, y grandemente, a cumplir la misión de anunciar el Reino de Dios. He ahí el ejemplo de otra carmelita, Santa Teresita del Niño Jesús, quien decidió que, en el corazón de la Iglesia, su madre, ella sería el amor. Y sin salir de los muros del convento, en comunión de oración con los que estaban anunciando el Reino de Dios en tierras de misión, fue proclamada por la Iglesia como Patrona Universal de las Misiones y de los Misioneros.
Así como Santa Teresita, Chiquitunga asumió su vocación contemplativa: Yo, por otra parte, estoy ya decidida a mi vocación: no veo mi felicidad fuera de una entrega total de abnegación y sacrificio y de inmolación constante de mi vida por la gloria de Dios y salvación de las almas ¡y santificación de los sacerdotes! Y eligió la mejor parte, la que no le será quitada por nadie (Lc 10,42).
Como el Apóstol Pablo, Chiquitunga decide dejarlo todo para estar a los pies del Señor, escuchar su Palabra, adorarlo en el Santísimo Sacramento del altar, hacer de su vida una oblación al servicio del Reino de Dios. En efecto, san Pablo dice que nada vale la pena si se compara con el conocimiento del Señor, Cristo Jesús; hacer el sacrificio de dejarlo todo, con tal de ganar a Cristo y vivir unido a Él, conocerlo y experimentar el poder de la resurrección y compartir sus padecimientos, hasta asemejarse a él en su muerte y en su resurrección de entre los muertos (cfr. Flp 3, 8-14).
Cuando una vida como la de Chiquitunga ha buscado ardientemente ganar a Cristo, dejarlo todo y asemejarse a Él en sus padecimientos y en su muerte, también se asemejará a Él en su resurrección de entre los muertos.
Teniendo en cuenta las palabras del Apóstol, nuestra fe en Cristo nos enseña que, el día de la muerte corporal, los cristianos nacemos a la vida eterna. Por eso este es un día de fiesta para la Iglesia Universal y, en especial, para la Iglesia en el Paraguay: es el día del Natalicio de Chiquitunga a la vida celestial.
Era la madrugada de aquel 28 de abril… Chiquitunga exhaló un suspiro hondo, parecía que ya murió, pero no: alzó levemente la cabeza y dijo: Papá qué hermoso es el encuentro con el Señor… Chiquitunga había encontrado gloriosamente el sitio y el amor de su destino… Alguien, a la hora en que ella murió (nació a la vida eterna), dijo haber percibido extrañamente un fuerte aroma a lirios. Sin dudas, era un aroma de santidad… Y luego fue el silencio. Y luego fue la luz… (cfr. Gil de Muro, 2010, pp. 353-355).
Nuestra Beata María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga, en su persona y en su vida asumió el papel de Marta y de María, pero nunca se apartó del Señor. Lo sirvió en el prójimo en su apostolado laical y luego se sentó a los pies de Cristo Jesús para amarlo y adorarlo en el Santísimo Sacramento del altar, en comunión de oración y de amor con la Iglesia en su misión de hacer realidad el Reino de Dios en medio de nuestro pueblo.
La vida en Cristo, por Cristo y para Cristo exige autenticidad, así como la vivió Chiquitunga; exige nadar contra corriente con una sabiduría de vida que ha de ser acogida en la unión con Dios y ejercitada continuamente en los actos y actitudes de cada día.
La vida de Chiquitunga, de testimonio de amor a Cristo y al prójimo, es un ideal y una propuesta para nosotros hoy. Ella nos invita a aventurarnos por este camino de la entrega total a Dios a través del amor al prójimo, manifestado en el servicio cristiano.
Chiquitunga está viva y presente entre nosotros; ella nos acompaña e intercede, junto con Nuestra Señora del Carmen, por la Iglesia y por el Paraguay.
Pidamos al Señor, por la intercesión de Chiquitunga, que nos conceda la gracia de asumir nuestra vocación bautismal a la santidad y a ser discípulos misioneros y a anunciar el Reino de Dios con nuestras vidas.
+Mons. Adalberto Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
Asunción, 28 de abril de 2022
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