HOMILÍA | Divina Misericordia
En este Domingo de la Divina Misericordia celebramos un día profundamente significativo para la vida de la Iglesia. Recordamos a santa Faustina Kowalska, quien recibió del Señor la misión de anunciar al mundo su infinita misericordia y el deseo de que el primer domingo después de Pascua fuera dedicado a esta gracia. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, reconoció en este mensaje un verdadero don para nuestro tiempo.
Fue san Juan Pablo II quien, en el año 2000 (hace 26 años), estableció que en toda la Iglesia el segundo domingo de Pascua se celebrara como el Domingo de la Divina Misericordia. Este día nos revela el corazón mismo de Dios, porque, como nos enseña el apóstol san Juan, Dios es amor, y ese amor se manifiesta como misericordia hacia nosotros.
La resurrección de Jesucristo, desde su corazón herido y glorificado, nos hace renacer a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, que no se mancha ni se marchita, y que permanece para siempre.
De ese corazón —como lo expresó santa Faustina en sus revelaciones— brota una luz: dos rayos, uno rojo y otro pálido. El rojo representa la sangre, que es la vida de las almas; el pálido representa el agua, que las purifica. Ambos rayos nacen de lo más profundo de la misericordia de Jesús y se derraman sobre el mundo como fuente de vida y salvación.
Como enseñaba san Juan Pablo II en Dives in misericordia (1980): “La misericordia es el amor que se inclina sobre la miseria”.
¿Cómo no dar gracias al Padre, que en su infinita misericordia nos ha entregado a su Hijo y, por el Espíritu Santo, nos hace renacer a una esperanza viva?
En el Evangelio (cf. Jn 20,19), Jesús resucitado se hace presente en medio de los discípulos, aun cuando las puertas estaban cerradas por miedo. Cristo, el Resucitado, como un brote de luz gloriosa, entra en la oscuridad del cenáculo y les dice: “La paz con ustedes”.
No hay puertas cerradas, ni cerrojos ni trancas tan pesadas que impidan que su misericordia nos alcance. Su presencia misericordiosa irrumpe y serena el corazón, aplacando nuestros miedos.
Las puertas cerradas del cenáculo son también imagen de los corazones cerrados. A veces el corazón se endurece, la mente se nubla por el temor y quedamos espiritualmente paralizados. Es precisamente allí donde Jesús irrumpe como luz y esperanza, trayendo la paz.
Así comprendemos que Jesús mismo es la puerta: la puerta abierta del corazón de Dios. Por eso decimos con fe: “Jesús, en Ti confío”. Y descubrimos algo aún más profundo: Él también confía en nosotros. Confió en sus apóstoles, frágiles y temerosos, y los envió al mundo a sembrar la semilla del Evangelio.
Recordamos también el testimonio de san Juan Pablo II, quien instituyó esta fiesta para toda la Iglesia y que, marcado por la enfermedad y la fragilidad, permaneció fiel hasta el final, bendiciendo al mundo incluso cuando su voz apenas se oía. Su vida fue un testimonio de que la misericordia también se hace carne en la debilidad ofrecida con amor.
En un mundo que ha conocido muros que dividen —como aquel levantado en 1961 durante la Guerra Fría, símbolo de la ruptura entre pueblos hermanos—, y que gracias, en gran parte, al pontificado de san Juan Pablo II comenzaron a derrumbarse, hoy vemos cómo se levantan nuevos muros a causa de las guerras. No solo muros, sino también sistemas de defensa y armas que perpetúan la destrucción. La anti-misericordia es el odio que aniquila al otro. Frente a esto, Cristo abre su corazón y nos muestra el camino del amor que reconcilia.
Ayer sábado, el papa León XIV nos ha llamado a orar por la paz, recordándonos que, ante la locura de la guerra y la violencia que destruye pueblos enteros, solo en la oración podemos acudir a Dios para que toque las conciencias y transforme los corazones.
Frente a los muros que el hombre levanta, Cristo no levanta barreras, sino que abre su costado. Su corazón traspasado no separa, sino que une; no excluye, sino que acoge; no destruye, sino que da vida. La misericordia es el verdadero puente que derriba los muros del corazón humano y nos permite volver a Dios y reencontrarnos como hermanos.
De su costado abierto brotaron sangre y agua, como una corriente viva que alcanza a toda la humanidad. El agua nos recuerda el Bautismo, por el cual renacemos a una vida nueva; la sangre es el precio de nuestra redención, el amor llevado hasta el extremo, que nos reconcilia con el Padre.
De ese costado nace una corriente de vida que no se detiene, que sigue fluyendo hoy en la Iglesia, en los sacramentos, en la misericordia ofrecida a cada uno de nosotros. Es un puente entre el cielo y la tierra, que une lo que el pecado había separado.
“El amor que se inclina sobre la miseria”. ¿Cómo no pensar en la Última Cena? Allí, el discípulo amado, san Juan, inclina su cabeza sobre el pecho de Jesús para escuchar los latidos de su corazón:
“Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba reclinado junto a Jesús… Entonces, inclinándose sobre el pecho de Jesús, le dijo: ‘Señor, ¿quién es el que te va a entregar?’”.
¿Qué decían esos latidos? Eran latidos de amor hasta el extremo; amor atravesado por la tristeza, por la traición, la negación, el abandono y la dureza del corazón humano.
También hoy ese corazón se inclina hacia nosotros, invitándonos a escuchar sus latidos y a confiar.
En este Domingo de la Divina Misericordia, contemplando el corazón abierto de Cristo, comprendemos que la verdadera paz nace de la misericordia. Solo un corazón tocado por el amor de Dios puede vencer el miedo, derribar el odio y convertirse en sembrador de paz.
Como Tomás, estamos llamados a acercarnos a las llagas de Cristo, a tocar su amor, a pasar de la duda a la fe y a proclamar con toda nuestra vida:
“¡Señor mío y Dios mío!”.
Y desde esa fe, salir al mundo no a levantar muros, sino a construir puentes, siendo testigos vivos de la misericordia que hemos recibido.
12 de Abril de 2026
+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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