HOMILÍA EN LAS VÍSPERAS DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL

Parroquia San Miguel Arcángel – San Lorenzo

Lunes 28 de septiembre de 2026

Lecturas: Ez 16,1-14; Sal 32,4-5.12-13.18-20.22; Lc 10,25-37.

Queridos hermanos y hermanas: hoy estamos de fiesta con nuestro patrono, San Miguel Arcángel. Mirando su imagen, nos damos cuenta de que siempre está muy ocupado: las alas desplegadas, la espada, la balanza y hasta un dragón debajo de los pies. Imagínense que la PASCOM quisiera sacarse una selfie con él y le dijera: «San Miguel, ¿podrías tranquilizarte un rato y nos sacamos una selfie?» Pero San Miguel no se queda quieto ni tranquilo, porque el mal sigue avanzando y Miguel continúa luchando contra él.

Y ahí entendemos por qué San Miguel no puede quedarse tranquilo: está en plena batalla contra el mal. Miramos al dragón debajo de sus pies y pensamos: «Bueno, por lo menos eso no tenemos por qué preocuparnos por aquí cerca». Ni en San Lorenzo, ni en Fernando de la Mora, ni en Luque hemos visto un dragón echando fuego por la calle. ¡Y esperemos no encontrarnos con uno al salir de la Misa! Pero sabemos que el diablo tiene la cola larga: el mal se mete por muchos lados. Por eso, la batalla de San Miguel continúa.

Y hablando de batallas, mañana celebramos el Día de la Batalla de Boquerón. Pero tranquilos: eso fue hace 94 años, durante la Guerra del Chaco. Gracias a Dios, hoy paraguayos y bolivianos ya no estamos frente a frente con las armas, sino que somos pueblos hermanos.

La Batalla de Boquerón comenzó el 9 de septiembre de 1932 y se prolongó durante veinte días, hasta el 29 de septiembre de 1932. Paraguayos y bolivianos combatieron en condiciones extremas, especialmente por la falta de agua. Hubo artillería, ametralladoras, morteros, aviones, bombardeos, heridos y muertos. Finalmente, el 29 de septiembre concluyó la batalla con la toma del fortín por las fuerzas paraguayas.

Una conocida polca épica, «Batalla de Boquerón», (con letra de Tito Cabrera Giménez y música de Florentín Giménez), nos hace escuchar aquel estruendo: «Año 32 pe cuarajhi reikere, ñaimo’ã poniente oguîguî osunú». Es decir: «En el año 32, al ponerse el sol, parecía que el poniente relampagueaba».

Aquella imagen del fuego de los cañones y morteros nos hace pensar en el dragón que aparece bajo los pies de San Miguel, echando fuego y sembrando destrucción. Representa el poder destructor del mal. Frente a él se levanta San Miguel, no para glorificar la guerra, sino para recordarnos que Dios está siempre del lado de la vida.

En medio de aquella batalla encontramos una historia muy particular. José Asunción Flores, creador de la guarania, estaba en Boquerón como combatiente y pertenecía a una unidad de ametralladoras pesadas. Pero sus superiores conocían también su condición de músico. Por eso, en medio de la guerra, fue llamado desde la línea de combate para una misión completamente distinta: ayudar a formar la orquesta de su División.

¡Qué contraste! De una unidad de ametralladoras a una orquesta; del estruendo de las armas a la música. En medio de una guerra que producía heridas y muerte, aparece también la música como expresión de humanidad. Flores había escuchado aquellos rugidos de la guerra y después los transformaría en melodías de vida y de belleza. Las metrallas de muerte se convirtieron en inspiradas partituras musicales, guaranias, de belleza y serenidad autóctona. Pero las batallas de José Asunción Flores no terminaron en Boquerón.

José Asunción Flores también conoció otras luchas y otras batallas. Vivió el exilio lejos de su patria y sufrió lo que se llegó a llamar un doble exilio: el exilio de su persona y el exilio de su expresión musical. Sin embargo, hubo algo que ningún exilio pudo conseguir: su música jamás pudo ser desterrada de nuestros corazones ni de nuestro terruño. La guarania llevaría, y lleva, por el mundo el alma vibrante del Paraguay.

Que estos episodios de guerras, enfrentamientos y exilios no nos lleven a repetir las heridas del pasado. Que, por el contrario, nos ayuden a ser sembradores de paz y de concordia entre hermanos y en nuestras relaciones. Detrás de cada uniforme siempre hay una persona: un hijo, un padre, un hermano. Que aprendamos a encontrarnos como hermanos y nunca como enemigos.

En las luchas de nuestra vida, San Miguel Arcángel nos enseña con su propio nombre: «¿Quién como Dios? — Máva piko Ñandejáraicha?» Él nos enseña que debemos profesar nuestra fe en aquel que es el único Dios y Señor de nuestra vida. A Dios no podemos exiliarlo de nuestra existencia, es decir, apartarlo y vivir como si Él no estuviera. Porque cuando exiliamos a Dios de nuestra vida, el mal encuentra espacio para dominarnos. Por eso, también en nuestras propias batallas, volvamos a proclamar con San Miguel: «¿Quién como Dios? — Máva piko Ñandejáraicha?»

El Apocalipsis presenta al dragón esperando para devorar al hijo de la mujer (cf. Ap 12,4). Es el mal que quiere devorar la vida, apagar la luz, destruir aquello que Dios ama. Frente a él aparece Miguel y proclama: «Máva piko Ñandejáraicha? — ¿Quién como Dios?»

San Miguel aparece con la espada. Pero esa espada no es una invitación a la violencia. Es el signo de la lucha contra todo aquello que se opone al proyecto de vida de Dios. No está para destruir personas, sino para defender el bien.

Y a San Miguel Arcángel le pedimos que nos ayude también en la lucha contra los males que vemos y reconocemos en nuestras propias vidas y en nuestros entornos: el orgullo, el egoísmo, la mentira, la corrupción, la envidia, el rencor, la indiferencia y todo aquello que nos aleja de Dios y de los hermanos. Porque la primera lucha contra el mal no comienza afuera; comienza en nuestro propio corazón.

Próximamente recibiremos en Paraguay el símbolo de la espada vinculada a la devoción de San Miguel. Que esa espada nos recuerde nuestra propia conversión. No es una espada para herir al hermano, sino para cortar aquello que nos separa de Dios y de los demás. Por eso nos dice San Pablo: «No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal haciendo el bien» (Rom 12,21).

La primera lectura de esta noche, tomada del profeta Ezequiel (Ez 16,1-14), nos presenta un pasaje muy fuerte: Jerusalén aparece como una criatura recién nacida, abandonada en pleno campo. Nadie tuvo compasión de ella ni se ocupó de cuidarla. Entonces Dios pasa junto a aquella vida abandonada, la mira y le dice: «Vive y crece como un retoño del campo». Después la lava, la cubre, la alimenta y la reviste de dignidad. Es Dios que encuentra una vida abandonada y, en lugar de pasar de largo, se acerca, la recoge y la hace vivir.

En el pasaje del Evangelio según san Lucas que acabamos de escuchar (Lc 10,25-37), la parábola del buen samaritano, Jesús nos presenta a un hombre que está entre la vida y la muerte. Bajaba de Jerusalén a Jericó cuando cayó en manos de unos ladrones. Lo despojaron, lo golpearon y lo dejaron medio muerto al borde del camino. Pasó un sacerdote, lo vio y siguió de largo. Pasó un levita, también lo vio y continuó su camino.

Finalmente pasó un samaritano. «Lo vio y se conmovió». Se acercó, vendó sus heridas con aceite y vino, lo colocó sobre su propia montura, lo llevó a un albergue y se ocupó de él. También aquí hay una lucha: entre la indiferencia y la compasión; entre pasar de largo y detenerse; entre abandonar al herido y acercarse a él. Jesús es el buen samaritano, el que ha venido a ayudarnos y auxiliarnos en nuestras necesidades. No vino por los sanos, sino por los enfermos. No vino por los justos, sino por los pecadores, para levantarnos y sanarnos.

El buen samaritano nos enseña a saber conmovernos ante las llagas del sufrimiento y ante las heridas causadas por otros. Pidamos al Señor la gracia de saber conmovernos ante las heridas y las llagas sociales que encontramos tantas veces en nuestra vida cotidiana. No podemos eliminar de nuestra mirada el sufrimiento social ni acostumbrarnos a pasar de largo. Conmovernos debe llevarnos a movernos: a detenernos, acercarnos y hacernos cargo.

Una protección social efectiva significa que nadie quede abandonado al borde del camino: niños sin protección, ancianos solos, enfermos sin atención, familias sin vivienda digna, personas sin trabajo y jóvenes sin oportunidades.

El Salmo 32, que hoy hemos proclamado, nos recuerda que el Señor «ama la justicia y el derecho», y esto nos hace mirar la balanza que lleva San Miguel. Nuestras acciones tienen un peso y no podemos ser indiferentes ante la suerte del prójimo. El salmo también nos dice que los ojos del Señor están puestos en quienes esperan en su misericordia, para librarlos de la muerte y sostenerlos en la indigencia.

Una sociedad verdaderamente humana no abandona a los heridos al borde del camino ni deja solos a quienes padecen injusticias. Como el buen samaritano, estamos llamados a acercarnos a quienes sufren, defender su dignidad y procurar el cuidado que necesitan. Aquellos dragones no han desaparecido; han cambiado de rostro. Hoy los vemos en la violencia, el narcotráfico, el crimen organizado, la trata de personas, el abuso de niños y adolescentes y toda forma de desprecio por la dignidad humana.

Mañana, al recordar los 94 años de Boquerón y celebrar a San Miguel Arcángel, recordemos la profecía bíblica de convertir las espadas en arados (cf. Is 2,4). Que aquello que podía herir sirva ahora para abrir surcos, sembrar la buena semilla del Evangelio y hacer fructificar los frutos del Espíritu Santo.

Respondamos a la violencia construyendo la paz; a la mentira con la verdad; a la corrupción con la honestidad; a la indiferencia con la solidaridad; al odio con el perdón; y a nuestros pecados con la conversión. Que sembremos amor, alegría, paz, paciencia, bondad y fraternidad.

Miremos nuevamente a nuestro patrono. La espada nos recuerda la lucha contra el pecado y el mal. La balanza, la justicia y nuestra responsabilidad delante de Dios. Y el dragón bajo sus pies nos recuerda que, por poderoso que parezca, el mal no tiene la última palabra. La última palabra pertenece a Dios, que nos dice: «Vive».

Que San Miguel Arcángel proteja a nuestras familias, a nuestros niños y jóvenes, a nuestros ancianos y enfermos. Que nos ayude a vencer nuestros propios pecados y a no pasar de largo ante quien está herido al borde del camino. Y que los pueblos que alguna vez se encontraron enfrentados puedan encontrarse siempre como pueblos hermanos, sembrando juntos la paz y cuidando la vida.

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Ayúdanos a vencer el mal haciendo el bien. Y que permanezca en nuestro corazón el mandato de Jesús: «Ve, y procede tú de la misma manera» (Lc 10,37).

Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano de Asunción

28 de septiembre de 2026